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Adrián Chico, psicólogo: «El orgullo no es ser gay, es haber sobrevivido»

Adrián Chico, psicólogo e influencer.

Con motivo de la presentación de su nuevo libro, ‘Sobreviviendo en el mundo gay’, el influencer analiza las consecuencias emocionales de crecer sin referentes, el peso del rechazo y los retos actuales del colectivo LGTBI

Comunidad Alejandro Castro

Este 29 de enero, coincidiendo con la presentación de su nuevo libro ‘Sobreviviendo en el mundo gay: una guía para quererse y querer con orgullo’, hablamos con Adrián Chico, psicólogo, sexólogo y terapeuta de parejas, especializado en rupturas, infidelidad, desarrollo personal, vinculación y acompañamiento al colectivo LGTBI.

El también influencer -acumula más de 200.000 seguidores solo en Instagram- reflexiona sobre las heridas emocionales que arrastran muchos hombres gays desde la infancia, la falta de referentes, el impacto del rechazo familiar y las formas actuales -más sutiles- de homofobia. Desde su experiencia clínica, pone el foco en cómo estas vivencias influyen en la autoestima, la sexualidad y las relaciones afectivas, y propone una mirada más compasiva y consciente hacia el amor propio y los vínculos.

Un diálogo honesto y necesario que acompaña el lanzamiento de un libro pensado no solo para entender el pasado, sino para aprender a quererse y a querer con orgullo en el presente.

2026. Contexto actual, ¿con qué realidades conviven hoy los hombres gay y a qué seguimos teniendo que ‘sobrevivir’?

Puede parecer, sobre todo en España, que ya no tenemos ninguna supervivencia, que todo se ha vuelto sencillo, que lo que ocurría antes ya no ocurre, que ya no somos víctimas y que podemos expresarnos desde los 16 años, tener pareja y referentes… Pero la triste realidad —y no me gusta victimizar al colectivo— es que hay que ser realistas: muchos chicos siguen siendo repudiados por sus familias, y lo veo en consulta. Siguen siendo echados de sus casas por expresar que son gays, siguen siendo llevados a curas para «curarles del demonio de la homosexualidad». Esto no lo veo una vez al año, lo veo todas las semanas. Sigue habiendo bullying en el colegio simplemente por ser distintos o expresar la masculinidad de otra manera. Los padres siguen tratando sus relaciones de forma diferente a las de sus hermanos heterosexuales, relegándolas a un segundo plano, como si su amor fuera menos real. Se sigue debatiendo si somos aptos para ser padres, si deberíamos adoptar. Todo esto nos recuerda a diario que no somos «normales», aunque sí lo seamos.

Cada vez que veo estos debates o comentarios en redes, o a chicos sufrir así, el mensaje que me llega es: aunque hayas conseguido una vida normal en tu entorno, si sales de ahí, algo te va a recordar que no lo eres.

Hemos avanzado y hay menos casos, pero muchas cosas de los años 90 siguen ocurriendo en 2026, solo que en menor cantidad.

Hablas de la infancia y adolescencia como etapas marcadas por el silencio y la ausencia de referentes. ¿Qué impacto tiene crecer sin modelos positivos de lo que significa ser un hombre gay?

Mucho. Cuando nos desarrollamos, tenemos referentes por todas partes: padres, abuelos, tíos, profesores, películas, series, Disney. Hay muchas maneras de imaginar cómo podría ser tu relación o tu futuro.

Cuando eres gay, eso no existe. Quien tiene la suerte de tener un familiar cercano que viva abiertamente su orientación quizá ha tenido un referente, pero dadas las circunstancias de hace unos años, tampoco había muchas parejas estables visibles.

Cuando todos esos referentes fallan, la única manera que teníamos —y en muchos casos seguimos teniendo— de aprender sobre relaciones entre hombres era el porno. Para muchos chicos de 14 o 15 años, el porno fue la primera vez que vieron algo parecido a una relación entre dos hombres. Eso acaba generando la idea de que la relación con un hombre es solo sexual, mientras que con una mujer es romántica, estable y familiar.

¿Por qué? Porque nunca nos enseñaron que podía haber una relación bonita, sana y duradera entre hombres.

Portada del libro.

¿Qué mensajes interiorizan muchos chicos gay antes incluso de saber ponerle nombre a lo que sienten?

El primero es la mirada de rechazo de la familia, muchas veces sutil. Un gesto del padre cuando ve un comportamiento más femenino, cuando no te gusta el fútbol, cuando pides una muñeca… Eso genera la idea de que algo no va bien. En consulta lo veo más en el padre.

Luego llega el colegio: ‘eres gay’, ‘eres una niñata’. Al principio son palabras más suaves, pero a los 10, 11, 12 años aparece ‘maricón’. Esa palabra se escucha en casa, en la tele, de forma despectiva. Aprendes que todo lo relacionado con eso no es positivo.

Empiezas a interiorizar que hay algo en ti que no es suficiente, que tienes que compensar: estudiando más, siendo mejor, teniendo mejor cuerpo, ligando más… se genera una herida de validación que luego se intenta llenar con sexo compulsivo, consumo de cuerpos o sustancias, en algunos casos.

«Crecer sin referentes deja marcas que arrastramos toda la vida»

Desde tu consulta, ¿qué ‘heridas’ de esa etapa ves repetirse con más frecuencia en la vida adulta?

La principal es la herida de insuficiencia. La sensación de ser un ciudadano de segunda y de tener que compensarlo todo. Veo a personas súper exitosas que aun así dicen: “Gano más que mi hermano, tengo mejor trabajo, ¿por qué mi padre no me quiere?”.

Aunque haya familias maravillosas, en muchas otras hay un silencio constante: no se pregunta por la vida amorosa, por si eres feliz. Ese tema siempre es una mancha. Eso nos lleva a buscar llenar vacíos en relaciones de dependencia emocional o abuso.

¿Crees que las generaciones más jóvenes lo tienen más fácil, se siguen enfrentando a los mismos problemas de otras generaciones o simplemente tienen que lidiar con otros conflictos distintos?

Ambas cosas. Lo tienen más fácil que hace 20 o 60 años. Salen antes del armario, ven referentes, pueden tener pareja siendo adolescentes.

Pero ahora existe una homofobia más sutil. No es un insulto directo, es el trato distinto, el silencio, el estancamiento laboral. Lo peor es que si denuncias eso, te dicen que te estás victimizando. Y es muy difícil de combatir porque no es explícito.

Además, estoy viendo una radicalización preocupante en menores. En una charla reciente que di, muchos chicos dijeron que una relación sana era solo entre un hombre y una mujer, mientras recibían una ovación por parte de la audiencia masculina.

En el libro hablas de que no hay una única forma ni un único momento para salir del armario. ¿Por qué seguimos viviendo ese proceso como una especie de ‘obligación moral’?

Porque la sociedad sigue siendo heteronormativa. Se espera algo de ti, y muchas veces no queda otra que aclararlo, sobre todo con las personas importantes.

Los padres tienen que rehacer la vida que habían proyectado para ti. No es nuestro problema, pero si queremos mantener una relación, muchas veces hay que hacer ese reajuste. Ojalá no hiciera falta, pero mientras se sigan dando por hechas tantas cosas, seguirá siendo necesario.

¿Qué le dirías a quienes sienten culpa por no haber salido del armario o por hacerlo tarde?

Que no hay una fecha correcta. Saliste cuando pudiste, con las herramientas que tenías.

Salir antes sin estar preparado puede ser destructivo si el entorno no acompaña. No te compares con quien tuvo un entorno distinto. No es cobardía, son circunstancias.

Arrepentirte no sirve de nada. Lo importante es construir desde donde estás ahora.

¿Y cómo influye la reacción del entorno (familia, trabajo, amigos) en la forma en la que luego nos vinculamos emocionalmente?

Mucho. Depende del vínculo con la familia.

Si hay un rechazo fuerte, se busca desesperadamente validación fuera: sexo compulsivo, relaciones tóxicas. Buscamos el hogar que no tuvimos. Y si nunca aprendiste cómo es el amor sano, no sabes reconocerlo.

Desde tu experiencia como terapeuta de parejas, ¿cuáles son los conflictos más comunes en las relaciones entre hombres?

La compulsión sexual y la adicción a aplicaciones, la relación con los padres, la autoestima y el cuerpo, el miedo a envejecer y dejar de ser deseable, y el más recurrente: ‘¿Por qué no encuentro pareja?’.

En el libro dedicas un espacio al porno. ¿Qué papel crees que está jugando en la construcción del deseo y de las expectativas sexuales en el mundo gay?

Es el primer referente para muchos. Genera comparaciones corporales, expectativas irreales y una presión de rendimiento. Deteriora la imaginación erótica y la capacidad de excitarse en la vida real.

«Nunca nos enseñaron que podía haber una relación bonita, sana y duradera entre hombres»

¿Cómo se puede reaprender una sexualidad más consciente y menos basada en el rendimiento o en esa comparación de la que hablas?

Dejando de consumir porno y escuchándote: qué te gusta, qué quieres, desde dónde estás teniendo sexo. Reflexionar antes y después, salir del piloto automático y conectar contigo y, si es posible, con la otra persona.

Haces un análisis honesto de Grindr y las apps. ¿Qué nos han dado y qué nos han quitado como colectivo?

Nos han dado libertad, conexión, sensación de no estar solos. Nos han quitado energía, paciencia, seguridad emocional cuando se usan desde la herida. No es la app, es desde dónde la usas.

Si tuvieras que resumir en una idea central el aprendizaje emocional más importante del libro, ¿cuál sería?

Que aunque fuera haya tormenta, si dentro hay sol, todo es más fácil.
Si te aceptas y te cuidas, solo te rodeas de personas que hagan lo mismo.

El orgullo no es ser gay, es haber sobrevivido, haber crecido antes de tiempo y estar hoy donde estás. Eso es lo que importa.

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