Quizá hablar del trabajo de Alberto Conejero, Premio Nacional de Literatura Dramática 2019, nos haga creer, a priori, que nos vamos a meter de lleno en la alta cultura, en el sentido más elitista de la palabra. Al fin y al cabo, la práctica del teatro, la dramaturgia o la poesía, disciplina que también cultiva con muy bien tino, nos puede llevar a pensar en lugares donde la cultura popular, aquella que consigue construir un imaginario propio alejado de las jerarquías y las élites intelectuales, no tiene lugar. Nada más lejos de la realidad. Si algo tiene en común el trabajo de Conejero es, precisamente, la capacidad de dar forma y poner palabras a todas aquellas emociones, actitudes e impulsos que pertenecen al pueblo y que incluso, en ciertas ocasiones, han quedado sepultados bajo sus propios mecanismos. Su concepción del teatro, de hecho, se encuentra más cercana a la actitud que prodigaba La Barraca, aquella compañía ambulante de la que Federico García Lorca era cabeza visible. Y es que Conejero sabe convertir lo privado en público, colectivizarlo y dotarlo de un poder que nada tiene que ver con la fuerza, sino más bien con la voluntad: un espacio en el que el mero hecho de la existencia ya se convierte en una gran hazaña, como la de cualquier héroe griego que se precie. O, dicho en otras palabras, acercarse a la obra de Alberto Conejero es entrar en un lugar donde resuenan los ecos de justicia y reparación. Un universo en el que los olvidados, los desprotegidos, los marginados y los silenciados encuentran su lugar, se colocan en el centro y celebran el gran acto de resistencia que es la memoria. Una liturgia que recompone, alivia y teje las mimbres de la empatía.
Todo apunta a que esta solidaridad nace de su propia experiencia, la de un hijo de migrantes andaluces que llegaron a Madrid, como tantas otras familias españolas, en busca de nuevas oportunidades. No obstante, esta nueva vida se vio atravesada, como también suele ser habitual, por la clase y la falta de privilegio. «Yo me crie en el extrarradio de Madrid, donde no había ningún teatro. Prácticamente no había oportunidades de acceso a la cultura, con lo cual la cultura que estaba a mi alrededor y que empezó a fraguar mi vocación fue la literatura antes que el teatro. Primero la narrativa, luego la poesía y ya de la poesía llegué al teatro». Esto Alberto nos lo cuenta delante de un café en un restaurante al costado de su más que familiar teatro Valle- Inclán, en el ya casi invivible barrio madrileño de Lavapiés. Nos hemos citado para asistir al esperado estreno de la nueva obra del actor y ahora también director Oriol Pla tras el Emmy Internacional por su papel protagonista en ‘Yo, adicto’ (una experiencia que prometía ser inolvidable y que, si se me permite el inciso, así resultó ser). Pero antes hemos querido hacer un alto en el camino y repasar sus inicios y su fructífera trayectoria artística. «Lo que hizo detonar mi vocación fue la dislexia. Mis padres me llevaron a un logopeda y el logopeda les aconsejo que leyera en voz alta y que tratara de escribir», cuenta Alberto con una inmutable serenidad que no se ve perturbada por la algarabía que, dos mesas más allá de la nuestra, se ha generado por un inesperado reencuentro entre unos amigos. Ni siquiera este escándalo le impide buscar la tensión teatral necesaria para sentenciar con un inesperado casi aforismo: «Me medicaron con la escritura, me medicaron la literatura».

Y, al parecer, esa receta ha tenido un efecto muy prolongado. Tras licenciarse en Dirección de Escena y Dramaturgia por la RESAD, se convirtió en un asiduo a los escenarios alternativos madrileños, antes de alzarse como uno de los máximos exponentes de una generación de dramaturgos, entre los que destacan María Velasco, Pablo Messiez o Alfredo Sanzol, quienes han hecho del interés por los temas sociales contemporáneos su seña de identidad. En 2014 estrena ‘Cliff (Acantilado)’ en La pensión de las Pulgas, aquel antiguo piso de cupletista reconvertido en espacio de experimentación teatral, una acertada carta de presentación de sus intereses narrativos, pese a ser esta, en realidad, su segunda obra. En ella habla de los fantasmas que acosaron a Montgomery Clift, aquel galán de Hollywood que tuvo que esconder su homosexualidad junto a las cicatrices que le dejó en su bello rostro un inoportuno accidente de tráfico.
En el haber de Conejero se encuentran innumerables adaptaciones, dramaturgias y reescrituras, pero, sin duda alguna, la obra que le catapultó a la fama fue ‘La piedra oscura’, estrenada en el teatro María Guerrero a principios de 2015. «Me han ocurrido otras cosas maravillosas, pero es verdad que La piedra oscura es de esos fenómenos que suceden cada tanto y es una obra que creo que me va a acompañar siempre». No obstante, también reconoce que el precio a pagar por este tipo de fenómenos, a veces, pueda resultar un poco alto: «Una periodista con muy mala intención y muy poca ética me dijo una vez: ‘¿Sabes que nunca te va a pasar nada como lo de ‘La piedra oscura’?’. Y digo, mira, que te recuerden ya es mucho. Y que sea por ‘La piedra oscura’ es estupendo». Tales son las reverberaciones de su éxito que, más de una década después de su estreno, la obra sigue más viva que nunca. El año pasado los Javis acudieron a ella para armar ‘La bola negra’, la nueva película que estrenarán en el mes de octubre y en la que el propio Conejero ha trabajado como guionista. «Por un lado, está la trama de ‘La bola negra’, a partir de la idea de García Lorca del 32, de la que hay cuatro cuartillas conservadas; luego, la de la propia ‘La piedra oscura’, que transcurre en el 37; y, por último, una trama más reciente. Pero tal y como yo lo veo, el centro de la película, el centro temporal, es ‘La piedra oscura’».
A partir del fulgor teatral que supuso ‘La piedra oscura’, la carrera de Alberto Conejero no dejó de crecer hasta que encontró otro fuerte espaldarazo con ‘La geometría del trigo’, una historia de memoria, secretos y disidencia sexual en un entorno rural, y su correspondiente Premio Nacional en el año 2019. «Fíjate, para mí mi obra más importante ha sido ‘La geometría del trigo’, con mucha diferencia», admite Conejero para, acto seguido, justificar la relevancia en su trayectoria vital y profesional. «Yo quizá hubiera dejado el teatro con ‘La geometría del trigo’, pero me reencontré con el teatro, me reencontré con la tierra, con mi tierra, con Jaén, con Vilches. Además, me reencontré con los recuerdos de mi familia y sobre todo con una generación. Porque es una obra que se ocupa, entre otros muchos asuntos, de la educación emocional en el franquismo y cómo era leída la diversidad sexual, en este caso la bisexualidad».
El interés de Conejero por representar la disidencia sexual no quedó aquí, ni mucho menos. En 2023 estrenó ‘En mitad de tanto fuego’, un monólogo en el que el increíble Rubén de Eguía se mete en la piel de Patroclo, el guerrero «más amado» por Aquiles, uno de los protagonistas de la Ilíada. El dramaturgo vilcheño, una vez más, puso sobre el escenario una historia de amor homosexual accesible para todos los públicos. «De las alegrías que me ha dado el teatro es ver precisamente esa heterogeneidad del público. Ver cómo ‘La piedra oscura’, ‘¿Cómo no puedo ser Montgomery Clift?’, ‘En mitad de tanto fuego’ o ‘La geometría del trigo’, es decir, las cuatro que se ocupan directamente de la disidencia sexual han tenido un público, digamos, transversal». Quizá esa forma expansiva de concebir la creación artística y, sobre todo, la creación disidente, es lo que lo ha convertido en un autor versátil al que nunca han encasillado con la a veces limitante etiqueta de «autor LGTB». No obstante, su voluntad siempre será acercar estas historias a todo tipo de públicos. «Yo no comprendo la ficción como una cuestión solo autorreferencial. Yo entiendo que la ficción te permite precisamente un ejercicio de imaginación moral y de empatía, de ponerte en los zapatos de otras vidas, ¿no? Ser capaces de emocionarnos. Emocionarnos con quien no somos nosotros».
Ante la pregunta acerca de sus próximos proyectos, a Conejero se le ilumina la mirada. Aunque es un creador que trabaja con la memoria, la vista parece tenerla puesta en el futuro y en todo lo bueno que está por venir. «’Tres noches en Ítaca’ se estrena en febrero, una tragicomedia y un canto de amor a Grecia. ‘La bola negra’ se estrena el 2 de octubre. ‘Leonora’ está girando y va a seguir. Y esto es la primera vez que lo cuento: voy a preparar un espectáculo para el año que viene con Xavi [Bobés], el segundo que hacemos juntos después de ‘El mar: visión de unos niños que no lo han visto nunca’. Porque habrá que celebrar el 27 y, para ello, estamos preparando juntos una obra sobre la generación del 27».
Tras esta obligada pregunta acerca del futuro laboral, apuramos rápidamente nuestro café porque Oriol Pla y su ‘Gula/Gola’ nos esperan en el CDN. En la plaza del teatro, entre la multitud, también nos aguarda la siempre sonriente Machús Osinaga, a la que tanto queremos, para unirse a la liturgia que supone un estreno teatral. En un momento dado, la figura de Alberto se disuelve entre caras conocidas, profesionales del teatro y críticos expectantes. Él es una persona que, pese a una reconocida timidez que nunca demuestra, se mueve como pez en el agua en este mundo suyo que es el teatro. Será, quizá, porque junto a él camina el presente, pero también el pasado: Lorca, Clift, Carrington o Patroclo respiran a través de sus poros, y él lo sabe. Mientras lo veo alejarse, y antes de seguirle el paso, me viene a la cabeza una frase que me ha lanzado en plena entrevista en relación con estas figuras del pasado. Tan poética, tan profunda, tan Conejero: «Ellos me dieron mucho y, a cambio, yo he procurado darles el agua pura del presente». Creo que, dicho esto, poco más se puede añadir.




