¿Cuántas veces has escuchado el término disforia de género? Es tan popular que hasta aparece en los manuales de diagnóstico de trastornos mentales. Espacios donde, por cierto, lo incluyeron porque sonaba menos feo que trastorno de identidad de género. Pero la realidad es que tiene el mismo origen: patologizar quienes somos. Con más o menos eufemismos dependiendo de la época, con el mismo trasfondo.
La disforia, según la RAE, es un «estado de ánimo de tristeza, ansiedad o irritabilidad». Mientras que esta misma define la disforia de género como «angustia o malestar persistente causados por la falta de correspondencia entre su sexo biológico y su identidad de género». El colectivo trans lo tiende a definir como ese rechazo a determinadas partes del cuerpo, habitualmente relacionadas con caracteres sexuales (pero no necesariamente), que se asocian a la apariencia común de hombres y mujeres cis.
Cuando se dice que no necesariamente, entran ejemplos como sentir disforia por el tamaño de los pies. Los pies no dan marcas de género habitualmente, pero las mujeres cis suelen tener tallas de pie más pequeñas que los hombres cis. Así que muchos hombres y mujeres trans tienen disforia del tamaño de sus pies, por ejemplo.
Lo cierto es que, aunque estemos muy deconstruides, la palabra ‘disforia’ está en nuestra boca demasiado tiempo. Por supuesto, negar el peso de la norma sería un error. Cuando una sociedad te presiona constantemente para entrar en un canon, lo raro sería que este no te afectase.
¿Pero tenemos que rendirnos ante ese canon? ¿Qué podemos hacer con tanta disforia? Nos han enseñado a definir nuestra identidad en base a lo que rechazamos de nosotres mismes, cuando no tendría por qué ser así. El momento en pude ver con claridad mi identidad fue cuando me trataron en masculino y sentí que eso era lo correcto. ¿Por qué debería llamarse disforia?
Cargamos con el peso de una medicalización de nuestras identidades. Si te repiten constantemente que eres quien eres porque te rechazas, te lo acabas creyendo. Cuando la realidad es que, pues sí, muchas personas trans experimentan rechazo hacia determinadas partes de su cuerpo. Pero otras no. Y muchas personas cis también tienen ese rechazo.
Nos miden en base a ese rechazo, aunque no somos les úniques. La faloplastia, operación genital disponible para hombres trans que consiste en la construcción de un pene a partir de distintos tejidos propios, es una operación que se diseñó para hombres cis. Originalmente, no era para nosotros. La hormonación cruzada tampoco se diseñó para personas trans, sino para personas cis.
¿Con esas personas no se habla de disforia? Si es una persona cis, ¿no le definimos en base al rechazo?
Porque hay que reconocer que hay un trasfondo bastante desolador en que quieran definirnos en base a una supuesta relación negativa con nuestro cuerpo. Es obligarnos a asumir que, en un cuerpo como el nuestro, uno no puede experimentar la alegría, la euforia, la aceptación. Cuando realmente sí. En nuestras realidades hay espacio para todo eso.
Ahí es donde entra la euforia de género. Es un término que surge de los activismos trans, de nombrarnos desde lo positivo y no lo negativo. Según Julián Rivera Jiménez, «euforia resignifica la manera en que las personas reconocen su identidad y su cuerpo».
Por suerte, cada vez es un concepto más popular y va ganando terreno a la disforia, aunque no suficiente todavía. Cuando la realidad es que vivimos muchos momentos de euforia, solo que parece que ‘vende’ más hablar de disforia.
Por eso quería enfocarme en algunos de esos momentos. ¿De qué hablamos cuando hablamos de euforia? Porque todas las personas trans tenemos momentos de auténtica euforia de género, a veces incluso antes de salir del armario.
Quizá uno de los más comunes es cuando aún no has hecho pública tu identidad trans y una persona desconocida, en teoría, se equivoca y se dirige a ti con un género supuestamente incorrecto. Pero no es incorrecto, es correcto. A ti se te ilumina la cara como a un niño pequeño cuando le lanzan caramelos en la Cabalgata de Reyes. Una persona desconocida no lo sabe, pero te ha hecho la persona más feliz del mundo.
Mis primeros momentos de euforia de género todavía llevaban el pelo largo, cuando aún apenas un par de personas sabían que yo era un hombre trans. Pero la primera vez que me probé ropa de la sección de ‘hombre’ sentí un subidón inigualable. No, la ropa no tiene género y las personas deberían ponerse la ropa que prefieran sin importar nada más. Es innegable que en una sociedad tan generizada a veces es complicado transgredir. Y yo, por ejemplo, era incapaz de comprar ropa de la sección de ‘hombre’ porque sentía que no debía, que era lo prohibido. Cuando por fin me animé a hacerlo, con un amigo, estábamos eufóricos. Era el mejor día del mundo. No compramos nada de ropa, solo nos dedicamos a salir y entrar de los probadores enseñándonos lo que nos estábamos poniendo.
Por supuesto, haberme sentido feliz probándome esa ropa no es lo que me hace ser un hombre trans. Pero poder hacer algo que sientes que la sociedad te ha negado mucho tiempo, da una felicidad inmensa. Ahí no había salido del armario, no tenía passing, me seguían tratando en femenino. Había una persona con quien me estaba probando ropa, él me estaba tratando en masculino y estábamos experimentando con cómo se vestían nuestros cuerpos, y eso era más que suficiente.
Cuando me llamaron por teléfono del Registro Civil para decirme que me habían concedido el cambio de nombre sí que sentí euforia de género. Eso sí, después de llorar de alegría durante por lo menos cinco minutos. Era la euforia de sentirme reconocido oficialmente por fin. Que la F de mi DNI se había transformado en una M.
Quizá deberíamos definirnos menos por lo que rechazamos y más por lo que celebramos. Yo antes pensaba mucho más en la disforia, lo cierto es que cada vez menos. O por lo menos, eso intento. Creo que celebrar nuestros cuerpos es algo muy bonito que deberíamos fomentar siempre que podamos.
Cuando definen nuestra existencia en base al rechazo, intentan condenarnos a una vida donde ese sea el eje. Pero, cuando nos definimos desde la euforia, desde el orgullo, la celebración, estamos rompiendo con esa norma. Estamos rompiendo y dándonos una segunda oportunidad para conseguir vidas mucho más alegres. Aunque tengamos siempre muchas cosas por las que pelear, la conquista de un discurso positivo es quizá una de las más importantes.




