Paula Iglesias fue nombrada presidenta de la FELGTBI+ hace apenas año y medio. Con la mitad de la legislatura por delante, la responsable de la asociación que aglutina a la mayoría de entidades LGTBI de España tiene por delante la gestión de tiempos complicados. Por un lado, aún dura la resaca de la ruptura entre el colectivo y una parte del movimiento feminista tras la aprobación de la ley trans. Por otra parte, el incremento de los discursos de odio es ya una realidad en aumento, en muchos casos incluso con el beneplácito y el patrocinio de gobiernos de todas partes del mundo. A pesar de ello, Iglesias se centra en lo positivo y en la esperanza que le da ver a mucha gente joven con visiones mucho más avanzadas de lo que parece.
¿Qué idea tenías cuando te presentaste y cómo ha cambiado en este año y medio? ¿Qué te esperabas encontrar y qué has visto que es más complicado?
Sí. No iba a ciegas, porque ya llevaba unos años en la Federación y al lado de Uge (Sangil, anterior presidenta) en los últimos años, así que más o menos sabía cómo funcionaba y no me lanzaba al vacío. Pero es verdad que una asume la presidencia con ganas de hacer muchas cosas, de ir muy rápido y avanzar, y luego te encuentras con la realidad: los plazos de la administración, el contexto social y político, y un momento en el que estamos viviendo un auge de discursos de odio. Además, hay muchas plataformas nuevas que nos dan voz, pero eso también conlleva que se generen otras plataformas y redes sociales que dan voz a los discursos contrarios. Ahora mismo estamos en una etapa de muro de contención e intentando caminar hacia delante a pesar de esa mochila.
Cuanto más pasan los meses, más complicado parece el contexto en general y también para la población LGTBI. Sin embargo, la anterior legislatura quizá fue la más complicada para la FELGTBI y para el movimiento social por todo lo que implicó el proceso de aprobar la Ley LGTBI/Trans. Aunque el resultado fue positivo, hubo fracturas con parte de los que se consideraban aliados históricos. Después de todo lo ocurrido, ¿creéis que eso se ha enderezado o la fractura permanece?
Es un momento agridulce. Si echas la vista atrás, estamos en el momento de mayores avances: la aprobación de la ley y también del Real Decreto para la igualdad en el ámbito laboral, donde hemos sido pioneras. Ese es el contexto dulce. No ha sido fácil y ha habido posturas contrarias, pero a nuestro parecer son pocas y hacen mucho ruido, como ocurre con los discursos en redes. El movimiento sigue unido y también unido a otros movimientos: al feminista y a otros colectivos en situación de vulnerabilidad. Estamos trabajando un pacto de Estado junto a colectivos que también sufren odio, como personas gitanas, personas que viven con VIH o personas con discapacidad. El contexto es de auge de posturas contrarias, sí, pero eso ha hecho que nos unamos y sigamos avanzando.
¿Qué balance hacéis del funcionamiento de la ley en estos casi dos años desde su aprobación? ¿Habría que tocar o mejorar algo, o el balance es absolutamente positivo?
Como en cualquier ley, no termina con su aprobación. Parece que aprobarla acaba con cualquier discriminación o situación de vulnerabilidad, y no es así: queda la implementación y el desarrollo de cosas que aún no se han hecho y que se deben hacer. Por ejemplo, la ley recoge el desarrollo de protocolos de asistencia a personas trans y personas intersex, porque sabemos que, sobre todo en el contexto sanitario, viven situaciones muy violentas. La ley contempla un protocolo específico de atención que estamos trabajando con la administración correspondiente, pero aún no ha visto la luz, y ya va a hacer tres años de su aprobación. Y como eso, otras cuestiones: por ejemplo, las personas trans migrantes que vienen de países donde no está reconocida su identidad de género. Aquí, según la ley, tienen derecho a que su documentación se adecúe, pero eso no se ha desarrollado y conlleva un montón de trabas administrativas. No basta con aprobar la ley: hay que desarrollarla, implementarla, darla a conocer al funcionariado que debe aplicarla y hacer seguimiento de que se aplica bien.
¿Crees que hay asimetría por territorios en la implementación? ¿O, al ser una ley estatal, la falta de desarrollo es común a todas las comunidades?
La ley es estatal y establece un marco en lo que puede establecerlo, pero luego hay competencias transferidas a las comunidades autónomas, como algunos temas sanitarios o educativos, y eso hace que el territorio sea muy desigual. Hay comunidades donde la diversidad no se trata en educación y otras donde incluso la UNESCO ha premiado programas educativos por tratar la diversidad como algo que enriquece al alumnado. Ahí está la fortaleza de la Federación: contamos con entidades en los territorios y actuamos para que no dependa de dónde nazcas. Es triste que, por una cuestión aleatoria, tengas más derechos reconocidos o vivas más discriminación.
¿Estas diferencias dependen sobre todo de la voluntad política (ideología) o del presupuesto?
Va de la mano. La voluntad política hace que haya presupuesto para determinadas cosas o no. Desde la Federación hacemos incidencia en la responsabilidad de los agentes políticos, pero también es una responsabilidad social: la LGTBIfobia, igual que el machismo, es estructural y está impregnada en la educación que recibimos. La implicación de sociedad, agentes políticos y administraciones es clave para cambiar las cosas.
Sobre la Ley Trans: en algunos medios se ha dado voz a la idea de que es un «coladero» y se habla de mal uso, por ejemplo, hombres maltratadores que cambian su sexo registral para aprovecharse. Se dijo que eso se perseguiría como fraude de ley. ¿Tenéis la sensación de que la justicia está colaborando en perseguir esos fraudes? Nosotros hemos intentado pedir datos y no conseguimos que nos los den. ¿Cuál es vuestra percepción? ¿Se está actuando?
Ha habido una intención por parte de ciertos sectores de desprestigiar la ley con este tipo de argumentos. Lo primero: el fraude de ley existe en cualquier ley, no nace con esta. Y lo segundo: como en cualquier ley, está previsto cuándo se comete un fraude de ley, cómo se detecta y cómo se persigue con las acciones correspondientes. Nosotras hemos establecido los contactos necesarios y estamos a disposición de los agentes encargados, pero también es importante detectar cuándo estos mensajes son intencionados, porque el colectivo más atacado con todo esto es el colectivo trans, que lo único que quiere es vivir con dignidad y tranquilidad, sin exponerse a más violencias.
Por eso es importante que se persigan esos fraudes. ¿Creéis que la justicia está colaborando o se está poniendo de perfil?
Con nosotras sí hay colaboración, precisamente porque esto repercute en violencia hacia las personas trans. Por nuestra parte, ha habido esa colaboración.
¿Crees que hay que buscar nuevos aliados donde antes no los teníamos? ¿Hay que cambiar estrategias teniendo en cuenta cómo está cambiando el mundo?
Es algo que pensamos constantemente. Es positivo repensar si la estrategia es la adecuada, porque el mundo cambia muy rápido. Para nosotras, aliadas siempre van a ser las iniciativas —de medios, legislativas, ciudadanía y sociedad— encaminadas a la igualdad y los derechos para todas. Sí que hay mucha desesperanza. Nuestra estrategia es poner encima de la mesa la violencia y el odio que sufrimos, pero también hacemos la reflexión: si alguien joven nos escuchara hablar todo el rato del odio y del contexto, quizá perdería esperanza. Sin dejar de señalar la situación complicada, quizá hay que visibilizar más que somos más de los que creemos en la igualdad: que vamos de la mano con el movimiento feminista y otros colectivos, que no estamos solas. Ahora somos un muro de contención, pero vamos a seguir avanzando porque queda mucho y porque hay mucha gente trabajando detrás. También para quien no tiene un contexto amable en casa o en el colegio: somos muchas intentando cambiar las cosas.
Lo decía porque quizá hace unos años una persona muy liberal, antirregulación, etc., no se vería como aliada. Pero ahora me pregunto si en este momento debemos buscar aliados en sitios donde antes no los encontrábamos. ¿Se puede separar estar en desacuerdo en unas cosas y construir en lo común? ¿O los derechos van unidos a otros?
Es complejo, porque el colectivo LGTBI+ no es una burbuja: accede al mercado laboral, al sistema sanitario, está en la educación… nos atraviesa todo. Hay cosas en las que se puede discrepar y otras que van de la mano. Por ejemplo, sabemos por investigaciones que el colectivo está en situación muy precaria y expuesto al sinhogarismo con cifras tremendas: somos expulsadas del hogar. Por eso reivindicamos vivienda digna y acceso al empleo sin discriminación. Si nos echan de casa y además nos discriminan al buscar trabajo, necesitamos empleo digno con salarios que permitan vidas autónomas, porque muchas no tenemos respaldo familiar. Hay debates en los que discrepamos, pero hay otros que nos atraviesan directamente.
Volviendo a las asimetrías territoriales: ¿dirías que hay sitios de España más seguros que otros para la comunidad LGTBI?
No sé si ‘seguro’ es la palabra, pero sí: hay lugares donde tenemos más derechos reconocidos o sufrimos menos discriminación o violencia. Hay sitios que reman a favor y otros que están recortando o derogando leyes que nos protegen. Si un territorio se carga una parte legislativa que protege al colectivo, lo expone más a la violencia respecto a otro que aprueba medidas de protección.
Cada año la FELGTBI+ marca una línea temática. ¿Cuál es la de 2026?
Este año lo dedicamos a las personas intersex, porque ven vulnerados sus derechos en muchos ámbitos, sobre todo en el sanitario, y hay muchísimo desconocimiento. Es la gran desconocida dentro de las siglas LGTBI+. Las personas intersex son personas con diversidad a nivel corporal, ya sea cromosómica, hormonal o por otras características. Durante muchos años —y aún hoy— se ha tratado como una patología, porque genera incertidumbre que nazca una criatura y no encaje en el cajón rosa o azul. Eso genera miedo, y durante años se han violentado los cuerpos de esas personas para encajarlas en una sociedad supernormativa. El objetivo es dar a conocer que es una variación natural de la diversidad humana, y que estas personas tienen derechos: crecer sin intervenciones médicas o quirúrgicas innecesarias y conocer su historia, porque muchas veces llegan a la adolescencia o a la edad adulta sin información o descubriendo tarde su realidad.
¿No te da la sensación de que hay una parte del colectivo, sobre todo gente joven, que ha crecido con el matrimonio igualitario y con avances legales, y que vive las reivindicaciones como algo que no va con ellos? ¿Tenemos ese problema dentro del propio colectivo?
Sí, creo que hay una parte que no es consciente porque no lo ha vivido y lo ve muy lejano. Por eso es necesario saber de dónde venimos: no solo a nivel identitario, sino como movimiento y también como deuda. Yo estoy aquí porque otras me allanaron el camino, y muchas pasaron lo que pasaron y perdieron vidas. No ven la posibilidad de dar un paso atrás, cuando sí la hay. Y también hay otra parte: una juventud muy comprometida —nuestro grupo joven, por ejemplo— con discursos muy deconstruidos y con realidades que quizá ahora son más visibles, aunque siempre han estado. Eso también es esperanzador.
Creo que somos de una generación parecida. Nuestra época era más cerrada: el gay era gay, la lesbiana, lesbiana, y lo trans se presentaba con una idea muy rígida. Eso ya no es así, afortunadamente.
Totalmente. A veces lo miro con envidia sana, porque muchas no tuvimos la adolescencia que ahora están teniendo. Descubríamos otras identidades y realidades y yo, por ejemplo, tuve que acercarme físicamente a un colectivo para conocer a gente como yo. Ahora pueden conectarse por redes y tener comunidad. Eso facilita crear red, pero quizá también les aleja de las entidades y hay que repensar cómo nos acercamos desde las entidades a esta nueva generación que no necesita acudir físicamente a una sede para conectar.
También tengo la sensación de que antes estaba más castigada la diversidad de cuerpos dentro del colectivo. Ahora, pese a la presión de redes, veo avances y que lo normativo se está derribando. ¿Tú cómo lo ves?
Yo tampoco tengo la sensación de que vayamos a peor. Falta mucho por hacer, pero creo que se está derribando.
Por ejemplo, en el mundo gay, el colectivo oso antes estaba muy invisibilizado, muy en los márgenes, y ahora está mucho más visible.
Yo también lo veo así. Queda mucho por hacer, y sigue habiendo mucha plumofobia, pero sí ha habido avance. Y los medios han contribuido porque ha cambiado la forma en la que se nos refleja. Antes, en pelis y series, básicamente solo aparecían ‘la lesbiana’ y ‘el gay’, y no hablemos de personas bi o trans, porque ni aparecían. Cada vez se muestra más diversidad: haya pluma o no, cuerpos distintos… y eso es un avance.
Para terminar: en vuestra encuesta sobre identificación dentro del colectivo me llamó muchísimo la atención que una amplísima mayoría se identificara como bisexual. En nuestra época, ser bisexual se veía como un paso previo a ser gay o lesbiana. Ahora hay una identificación masiva con la bisexualidad. Entiendo que sobre todo en gente joven.
Sí. Este va a ser el cuarto año que hacemos la encuesta ‘Estado LGTBI+’ que pone una radiografía del colectivo en nuestro país. Y efectivamente, más de la mitad, según nuestros datos, es bisexual. Entonces llegaron preguntas de medios tipo ‘está surgiendo la bisexualidad como setas’, y no: igual que las personas trans no ‘surgieron’ de repente con la aprobación de la ley. Es un colectivo históricamente invisibilizado, que ha combatido estereotipos y quizá no se sentía seguro para visibilizarse; ahora los datos reflejan una realidad antes invisibilizada, no es que no existiera. Han tenido que combatir ideas como ‘no te has decidido’, y también la invisibilidad: si estás con una pareja de distinto género, automáticamente te sitúan en hetero; si estás con alguien de tu mismo género, te sitúan en gay o lesbiana. Ha sido trabajo del colectivo bi visibilizarse y reivindicar para que la gente pueda decir sin tapujos ‘soy bi’; y los datos lo reflejan.
Me parece un buen cierre: estar preocupados y ocupados ante lo que viene, pero también lanzar el mensaje de que hay cosas que han ido a mejor. A veces se comenta más lo que va a peor que lo que va a mejor.
Sí, o lo que va más lento, pero estoy convencida de que la igualdad es un camino que quizá va más lento de lo que nos gustaría, pero que tiene un solo recorrido. Estos discursos que intentan volver al pasado van a acabar quedando en el pasado, porque no hay otra que seguir avanzando como sociedad.




