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El drag king: romper el género desde dentro

La Muestra de Cine Lésbico de Madrid celebra un taller para reivindicar este arte como una expresión que va más allá del espectáculo

Comunidad Rocío Saiz
Un momento del taller drag king de la Muestra de Cine Lésbico. hysteria.photo/Vanessa Mejía
Comunidad Rocío Saiz

Viernes. Por fin un día que estoy en Madrid, un descanso para el cuerpo, la mente y disfrutar de una ciudad que por mucho que digan cada vez es mas divertida. Corro, no llego, salgo de clase de bádminton lo mas pronto posible para no llegar tarde. Llego al espacio de Proyecto Chueco, me encuentro con Abraham una persona maravillosa que conocí en el taller ‘Bailar sin drogas’ que recomiendo encarecidamente. Bueno, ya de paso recomiendo todos sus talleres así como sus cinefórums. Si te apetece un sitio del colectivo donde poder cultivar la mente y hacer grandes amigues, este es tu sitio.

Son las seis de la tarde. La sala está a rebosar. El taller de drag king de la Muestra de Cine Lésbico arranca con una premisa clara: el drag no es solo espectáculo, es identidad, exploración y resistencia. Sobre el escenario, las voces que guían la sesión —Azul Celeste, Marco Yote y Julio (Levadura de Cerveza)— comparten experiencias atravesadas por el género, la migración y la construcción del yo desde lo disidente.

hysteria.photo/Vanessa Mejía

Azul Celeste, migrante mexicana, pone el foco en cómo el drag se convierte en una herramienta artística y política. Marco Yote habla desde su experiencia como persona trans no binaria y de su propio recorrido de migración interna, de Extremadura a Madrid. Julio, por su parte, explica cómo llegó al drag desde una herida emocional: «Empezó cuando me rompieron el corazón», dice, y desde entonces lo entiende como un proceso sanador y una vía para salir del armario como hombre trans.

A elles se suma Abraham, coordinador de Proyecto Chueco, un espacio de acompañamiento especialmente enfocado en personas que atraviesan situaciones complejas, desde problemas de adicciones hasta conflictos con la imagen corporal o trastornos de la conducta alimentaria. Desde su alter ego drag, reivindica también el carácter comunitario y de cuidado.

El pistoletazo de salida teórico llega con la etimología del término ‘drag’, que algunos sitúan en figuras como William Dorsey Swann, considerado una de las primeras personas en organizar fiestas drag, según recogen informes policiales de la época. A partir de ahí, el taller introduce una distinción clave: mientras el drag king suele percibirse como una performance artística de origen occidental, el término ‘travesti’ está ligado a una historia de marginalidad, pero también a una identidad política de resistencia y supervivencia.

Las ponentes insisten en desmontar ideas preconcebidas. El drag king, explican, no depende del género de quien lo performa: es una práctica transinclusiva donde cada persona se apropia del género y lo reinterpreta. «Hay quien trabaja desde la parodia, quien lo hace desde la expresión corporal o el baile. Hay drags para todo», señalan. Y añaden: «La visión paródica que vemos en televisión es solo una parte», refiriéndose a un conocido concurso de televisión.

El debate gira pronto hacia las desigualdades dentro del propio mundo drag. «A las drag kings se nos exige el doble, como si tuviéramos que hacer un drag más elevado», explican. «El drag no se libra de la misoginia», apunta Celeste. También denuncian la transfobia y la infantilización que han sufrido en los escenarios.

La cuestión del lenguaje tampoco pasa desapercibida. «A una drag queen nadie se le ocurriría tratarla en masculino. Sin embargo, a nosotres nos llaman en femenino incluso cuando estamos performando la masculinidad», señalan.

La llegada del drag king al ‘mainstream’ ha sido tardía y desigual. Se menciona como ejemplo la aparición de figuras en programas como Drag Race Canada, donde, según Abraham, no han recibido el mismo trato que otres concursantes.

Nos enseñaron una gran lista de referentes del drag, haciendo hincapié en que es importante no caer en un juicio físico, todo se abraza, todo se mima, como Manca de Castilla la Mancha, una compañera drag a la que le falta uno de sus brazos.

Ese es uno de los ejes más importantes del taller: la ruptura con los estándares de belleza. «Existe una idea hegemónica de belleza y todo lo que se sale de ahí se percibe como raro», explica Celeste. A esto se suma el rechazo persistente hacia las identidades no binarias, tal y como apunta Marco Yote.

Pero si hay una idea que atraviesa toda la sesión es esta: no existe el «mal drag». Una diapositiva lo deja claro en mayúsculas: «NO PUEDES HACER MAL DRAG: EL DRAG ES TUYO». Puede empezar en un escenario o en la intimidad de una habitación. Lo importante es la exploración.

hysteria.photo/Vanessa Mejía

Para ello, proponen una serie de preguntas: ¿qué le gusta a tu drag? ¿Qué odia? ¿Cómo seduce? ¿Qué música escucha? ¿Qué gestos le definen? La construcción del personaje pasa también por lo cotidiano: cómo fuma, cómo bebe, cómo se mueve.

La conversación deriva hacia la relación entre drag, sexualidad y capitalismo. «Se ha vinculado mucho al ocio nocturno y al consumo, y estamos cansades de que se reduzca a eso o a quedarse en tanga», explican. Aunque matizan: «No es necesario desnudarse, pero sí reivindicamos el deseo y la sexualidad desde el drag».

También emerge con fuerza la dimensión comunitaria. Las llamadas «casas drag» funcionan como familias elegidas: comparten pelucas, consejos y apoyo emocional. Una tradición con raíces en la escena ‘ballroom’ del Nueva York de los años 70, aunque —como señalan— es posible hacer drag fuera de estas estructuras, aunque resulte solo un poco más difícil.

El objetivo del taller, explica Celeste, es precisamente ese: ofrecer un espacio donde jugar, experimentar y dar forma a ese personaje que muchas personas ya llevan dentro.

Y entonces llega el momento práctico. Empieza el maquillaje. Hay nervios, expectación y muchas ganas. Marco Yote introduce el lenguaje de los colores; Julio, más directo, lanza la consigna: «Empezamos por la base».

Poco a poco, las participantes se acercan a las mesas, se miran en los espejos y comienzan a transformar sus rostros. Se habla de luces y sombras, de cómo marcar la mandíbula para masculinizar los rasgos. Alguien pregunta si están usando el claroscuro del siglo XIV. «Sí», responden entre risas, «lo que ahora llamamos ‘contouring’».

El ambiente se relaja. Se comparten brochas, se cruzan miradas cómplices, se multiplican las preguntas. Les chiques se maquillan unes a otras mientras la curiosidad y el buen rollo llenan la sala. Pinturas, pelucas, lentillas de colores, como si nuestros pequeños niños y niñas a los que han machacado en el colegio por ser como son hubiesen vuelto a su kilómetro cero. Pero aquí no hay juicios, ni insultos, ni persecuciones, ni burlas. Aquí vale todo y cuanto más exagerado mejor. No hay imposiciones, todas tus decisiones son buenas.

El drag, al final, no es solo lo que se ve en escena. Es todo lo que ocurre antes: la pregunta, el juego, la duda y la posibilidad de ser, aunque sea por un rato, otra versión de une misme.

Las risas y el amor inundan el ambiente. Se nota que el mundo ha cambiado, que las personas más jóvenes tienen ganas de cambiar las cosas y de decir bien alto qué quieren, que se les note.

La tarde acabó en la Rosa, una casa okupada donde asistimos a un taller de salsa todas vestidas de drag kings, porque «si no podemos bailar, no es nuestra revolución».

Desde aquí esta humilde escritora, a la que siempre le dio vergüenza ponerse maquillaje, disfrutó como una pequeña bollerita de este espacio lleno de personas diversas de género, identidad sexual, migración y acentos. Quizás debería ser una actividad obligatoria cada semana y no tanta mancuerna y bicicleta estática.

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