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Semana Santa y colectivo LGTBIQ+: cuando la devoción se tiñe de rosa

Ilustración: Antonio Copete (@antoniocopete www.antoniocopete.com)

Hay que tener en cuenta que esta doble dimensión, la de ser creyente y homosexual, no deja de resultar un tanto conflictiva para algunas personas

Comunidad Carlos Barea

«¿Quién maquilla a las estrellas? Los maricones. ¿Quién las peina? Los maricones. ¿Quién las viste? Los maricones. ¿Quién viste a las vírgenes? los maricones». Estas elocuentes palabras fueron pronunciadas por la cantante María Jiménez en una entrevista en televisión hace casi dos décadas con las que pretendía evidenciar el papel imprescindible que desempeñaban las personas LGTBIQ+ en la sociedad, así como su plena inclusión en aquellos tempranos años dos mil. De hecho, esta alocución la remataba con un consejo a su exmarido Pepe Sancho, que, según se señalaba en esta misma entrevista, era profundamente homófobo: «Si no te gustan los maricones a estas alturas te vas a tener que ir a una isla solo».

De entre todas las labores que María Jiménez menciona, llama poderosamente la atención el último punto de su lista, el del papel del maricón a la hora de vestir a las vírgenes. Y es que, como buena sevillana, ella ya se había dado cuenta de que existía una numerosa base de hombres homosexuales que sostenía el rito de la imaginería religiosa a través de su dedicación, su trabajo y su devoción. Y digo que llama la atención porque hay que tener en cuenta que esta doble dimensión, la de ser creyente y homosexual, no deja de resultar un tanto conflictiva para algunas personas. Entre otras cosas porque, a nivel institucional, la Iglesia ha perseguido a lo largo de los siglos la homosexualidad, reprimiéndola fuertemente y usando incluso órganos como la Santa Inquisión para castigar con la propia muerte el famoso pecado nefando. Por tanto, no deja de ser curioso, cuanto menos, la adhesión a una religión que, ya no solo nos mataba en siglos pasados, sino que a día de hoy todavía sigue sin aceptar de forma oficial la homosexualidad o que es capaz de negar la comunión a parejas del mismo sexo.

No obstante, el ser humano es contradictorio, al igual que su sentimiento de pertenencia, que, al mismo tiempo, es muy personal. Sería demasiado pretencioso por parte del que aquí escribe hacer un estudio sociológico o intentar encontrar una explicación al fenómeno que supone ser creyente y homosexual. Tampoco es la intención. En estos casos es suficiente con apelar a la libertad individual del ser humano, siempre y cuando no cause prejuicio alguno a sus semejantes. Y eso es lo que hacen las personas disidentes que participan en el rito católico, quienes encuentran su espacio seguro entre la devoción, la religiosidad y lo colectivo. Por tanto, la finalidad de este texto no es juzgar, ni muchos menos, sino comprender un poco más una realidad que existe dentro del colectivo LGTBIQ+, así como encontrar sus motivaciones.

Quizá uno de los documentos que mejor ha explorado estas motivaciones y que han dado voz a personas disidentes que han hecho del fervor religioso y la pasión por la imaginería su forma de vida es ‘Dolores, guapa’, un documental dirigido por Jesús Pascual y producido por Antonio Bonilla, ambos sevillanos. En esta pieza audiovisual se cuenta, a través de testimonios en primera persona, la pasión que sienten diferentes personas del colectivo LGTBIQ+ por la Semana Santa y por todo lo que le rodea. «La idea del documental surge a raíz de un vídeo famoso del que toma el título el documental», nos cuenta su director. «En este vídeo, unos chavales le gritaban a su virgen, la Virgen de los Dolores: ‘Dolores, guapa’, ‘Reina del Martes Santo’, ‘El barrio entero pa ti’… Ese vídeo corrió como la pólvora por las redes, causó mucho impacto y la gente se rio mucho de estos chavales». No obstante, esta risa no solo tenía que ver con lo cómico de la exacerbación, sino también con la homofobia y la plumofobia: «Las críticas se lanzan cuando lo hacen las de siempre, las maricas o las personas que trasgreden la norma de alguna manera». Encima, resultaba más que evidente que esa gente no tenía ni idea de lo que estaba viendo: «Cuando yo vi esa reacción en redes me pareció tan exagerada, tan fuera de lugar, tan brutal… Toda esa gente que estaba criticando a los chavales no llegaban a entender los códigos que jugaban en ese vídeo». Unos códigos que Pascual se propuso descifrar al gran público y que, a juzgar por los resultados, llegó a conseguir. Y es que la película le ha llevado, entre otras cosas, a viajar por toda España, a ser nominado a los Feroz e, incluso, a estar incluido en el temario de una asignatura de español en la Universidad de Virginia. Durante el proceso de promoción y difusión del documental, ha tenido la oportunidad de darse cuenta de que es posible que esta devoción tenga también algo que ver con la forma en que la religión atraviesa multitud de infancias maricas. «No te imaginas la de gente que, a raíz de la película, me ha escrito o se me ha acercado para decirme que de pequeño le encantaba ir a ver a la virgen de su pueblo, que jugaba a las procesiones o que salía de monaguillo», cuenta.

Cartel del documental de ‘Dolores, guapa’.

Otra persona que sufrió la crueldad de las redes sociales fue Jorge Pulgar, quien a finales del año pasado comparó la mala restauración de la Virgen de la Macarena con los peores momentos del cáncer de su padre. Esta comparativa fue la excusa perfecta para que se lanzara un nuevo aluvión de críticas hacia el fervor religioso, aunque él reconoce que todo lo hace por la virgen y las consecuencias no le importan nada en absoluto. «Para mí la Virgen de la Esperanza es una parte indispensable de mi vida. Es mi madre en el cielo, es lo que a mí me revuelve y uno de los puntales de mi fe», afirma orgulloso. Incluso va un paso más allá en su adoración, reconociéndola como un miembro más de su familia: «En casa tengo de ella las mismas fotos colgadas que tengo con mi padre, con mi madre, con mi sobrina, con mi marido o con mi familia política».

Ante la pregunta de si considera contradictorio ser creyente y homosexual, Jorge se muestra categórico: «No. No creo que sea para nada contradictorio. Creo que Dios nos ha hecho a cada una de las personas perfectas». Reconoce que tampoco ha tenido en su día a día ningún problema con la Iglesia como institución ni con el resto de fieles: «Por lo menos delante de mí nunca he encontrado ningún tipo de rechazo por como soy. Además, se da la alegre circunstancia de que mi pareja, con la que llevo ya camino de nueve años, es también una persona creyente. Vamos juntos a misa todas las semanas y nunca hemos sentido ningún tipo de problema ni de rechazo». Por otro lado, Jesús Pascual considera que sí hay cierta contradicción una vez que el niño marica que va de procesiones se hace mayor: «La marica luego crece, se vuelve la más moderna, se politiza en el mejor de los casos, y entiende que hay un conflicto importante con la cuestión de la Iglesia». Que esta postura contradictoria se mantenga viva en el adulto la achaca, en ocasiones, a algo que tiene que ver con la memoria sentimental, con los recuerdos de infancia y, sobre todo, con lo popular.

Jorge Pulgar ante la Virgen de la Macarena.

Y si hablamos de la fina línea que separa lo popular de lo religioso, no tenemos más remedio que detenernos en la figura de José Pérez Ocaña, el artista transgresor de los años setenta que hizo de lo religioso su lugar de expresión artística. En su caso, su principal objetivo era desacralizar el arte católico y convertirlo en un elemento popular. En el documental de culto ‘Ocaña, retrato intermitente’ (Ventura Pons, 1978), el pintor, actor, ‘performer’ y travesti ocasional reflexiona de esta manera acerca de la temática de su pintura: «Yo digo: ‘Bueno, ¿cómo yo puedo hacer santos? Esto es una contradicción’. Pero no, no es una contradicción porque todos estos santos y todos estos fetiches son el pueblo». Por tanto, aquí nos encontramos con una forma muy distinta de mirar la Semana Santa y la imaginería, tan alejada de lo religioso en el sentido estricto de la palabra y más cercano al folclore y a las tradiciones: «Cuando adoro a un santo de estos, verdaderamente no adoro al santo, verdaderamente a quien adoro es al escultor que lo ha hecho. Las vírgenes igual. A mí me parecen preciosas, me parecen de un colorido increíble y me parece horrible que quiten, por ejemplo, la Semana Santa, que hay tanto color y tanta belleza y esas calles llenas de azahar, de olor a incienso… Eso tiene una belleza incalculable». Ocaña fue un pionero de la libertad sexual —en el mismo documental reconoce que le encanta «chupar penes» y se declara pasoliniano por su afición a los urinarios— y su caso adquiere una nueva dimensión a la hora de hablar del interés por lo religioso como forma de expresión artística. Aun siendo profundamente crítico con la Iglesia y la postura que esta mantiene ante la homosexualidad, él consigue desprenderse del encorsetamiento institucional y quedarse con lo verdaderamente popular del catolicismo.

Otro personaje, este más actual, que ha tenido una conversión es Bea Cepeda, más conocida como Perra de Satán. En los últimos años ha tenido una fuerte presencia mediática —tampoco ajena al vapuleo digital— gracias a, entre otras cosas, ser conductora junto a Enrique Aparicio del pódcast sobre salud mental y disidencia sexual ‘¿Puedo hablar!’. Fue en este espacio, de hecho, donde decidió salir del armario como mujer bisexual, algo que sumó a su ya estrecha relación con el colectivo LGTBIQ+. No obstante, tras enamorarse de la Semana Santa sevillana, tomó la radical decisión de dejar el piso madrileño que compartía con la estrella del travestismo nacional La Caneli y marcharse a la ciudad hispalense a vivir su devoción de forma plena. Cuando iniciamos nuestra conversación, lo primero que se apresura a aclarar es que ella sí es creyente, que no es lo mismo que ser cristiana o católica: «Yo le rezo a la Macarena y al Gran Poder, con lo cual de alguna manera mágico-mística creo en ellos». Para reforzar esto, nos explica que la Semana Santa ha estado presente en su vida desde pequeña, allá en su Zamora natal: «No tengo recuerdo de mi vida sin Semana Santa. Cuando eres pequeña te llevan tus padres o tus abuelos, pero luego de adolescente también me gustaba. Yo elegía ir a la Semana Santa, cuando podría haber elegido quedarme en casa o irme de vacaciones con mis padres, que no son nada cofrades». Lo que Cepeda también mantiene con fuerza es que la Semana Santa, al menos la de Sevilla, no es mayoritariamente conservadora: «Cuando vas a un festival de música, ahí hay gente de todas las características: conservadoras, religiosas, progresistas, ateas, de todas las orientaciones sexuales… Pues en la Semana Santa pasa igual, solo que, en vez de 60 000 personas, en una ciudad como Sevilla se mueve un millón. Imagínate lo que se da ahí. ¿Que hay un sector de ese millón que es conservador y católico? Por supuesto, eso en innegable, pero no es lo único». Es más, le parece que alimentar el estereotipo de que la Semana Santa es conservadora y ultracatólica, solo beneficia a los conservadores y ultracatólicos: «Ellos dicen, sí, sí, esto sigue siendo mío y tú no puedes estar aquí». La idea de las cofradías como espacio diverso y lugar seguro para la disidencia lo refuerza Jorge Pulgar al afirmar que a lo largo del siglo XX «las hermandades han sido un punto de encuentro, un refugio para los disidentes, para las personas transexuales y para las personas homosexuales».

Bea Cepeda con su hermandad zamorana.

Es posible que este artículo no haya sido capaz de arrojar demasiada luz sobre los motivos por los que hay personas LGTBIQ+ católicas y practicantes, algunas de ellas encerradas en un armario por miedo a confesarlo de forma pública. No obstante, el que avisa no es traidor y, como adelanté al principio, esta no era mi intención. Eso sí, si algo nos ha quedado claro es que la creencia religiosa y la orientación sexual están estrechamente ligadas a la identidad personal, algo que, en muchos casos, también resulta indivisible de la vivencia de la Semana Santa. «Soy católico porque me gusta la Semana Santa y me gusta la Semana Santa porque soy católico», afirma Jorge. Así pues, y a modo de conclusión, es necesario señalar algo que, quizá, resulta evidente: que la vivencia de la fe y de la Semana Santa pueden tener muchas motivaciones, y que todas son válidas. Algunas conscientes y otras inconscientes. Algunas por tradición y otras por convicción. Algunas salen del tuétano y otros se acomodan en el recuerdo de los buenos momentos vividos con las personas que ya no están. Sin embargo, sea cual sea el motivo por el que una persona LGTBIQ+ se declara creyente, fervorosa y practicante, debería servirnos para callarnos la boca y no meter las narices en una convicción tan personal. Aunque no la compartamos. Incluso aunque no la entendamos. Al fin y al cabo, si para gustos no hay nada escrito, ¿por qué debería haberlo para la devoción?

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