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¿Por qué un reality japonés de Netflix está entre lo más visto de la plataforma? Así es ‘The Boyfriend’

Un puñado de veinteañeros gays pasan dos meses conviviendo, trabajando y buscando el amor en una casita idílica de las montañas nevadas de Hokkaido y, en este proceso, nos recuerdan que otra forma de relacionarse y de hacer televisión son posibles

Comunidad Juan Naranjo
'The boyfriend', el 'dating show' japonés que triunfa en Netflix.
Comunidad Juan Naranjo

Creo que todos los amantes de la telerrealidad somos conscientes de la deriva desquiciada que esta forma de hacer televisión ha tomado en los últimos tiempos. La violencia sobrecogedora de ‘La casa de los gemelos’, el culto indecente al neoliberalismo económico de los ‘Beast games’, la sobreactuación inverosímil de los participantes de ‘La isla de las tentaciones’… hacen que los amantes de los ‘reality shows’ ya no encuentren en esos programas lo que, cuando surgieron, los hacía especiales: la sensación de estar viendo en televisión algo real, cotidiano, creíble.

En un mundo en el que los estímulos se han multiplicado por mil, este tipo de televisión se ha subido al carro del exceso para ser capaz de mantener la atención de una audiencia que ya se ha acostumbrado a consumir contenido que se renueva cada pocos segundos. Por eso es tan impactante que un programa como ‘The boyfriend’ haya conquistado a telespectadores de todo el mundo y de todas las generaciones.

A lo largo de ¡quince! episodios de ¡cincuenta! minutazos, conocemos a una decena de chicos que chocan de frente con el estereotipo de los participantes en programas de citas de la televisión occidental. Sí, son jóvenes y guapos, claro, pero también son cosas que a los participantes de ‘Jugando con fuego’ o ‘Falso amor’ les sonaría, efectivamente, a japonés: son educados, formales, tienen estudios, desarrollan oficios serios… y se respetan los unos a los otros. En la casa en la que todo transcurre, nadie se interrumpe, nadie discute, nadie toma ninguna decisión sin consultarla con los demás, nadie impone su criterio al resto. En esa casa sucede algo que para los medios audiovisuales occidentales es un pecado mortal que se rehúye a toda costa: ¡hay silencios!, ¡hay huecos en los que no pasa nada!, ¡hay minutos en los que los protagonistas, simplemente, se miran, asienten o sonríen!

La mecánica es sencilla: hasta diez solteros gays (que van sumándose por tandas) llegan desde diversos puntos de Japón a un casa en la que conviven durante dos meses con el objetivo de conocerse entre sí y, con suerte, enamorarse. Al contrario que la mayoría de las casas de los ‘reality shows’, esta no es una vivienda ajena a la vida de los protagonistas. Los chicos no están aislados: llevan encima sus móviles, trabajan algunas horas desde sus habitaciones e, incluso, abandonan el programa sin ningún problema durante varios días cuando sus obligaciones personales así lo requieren. Para fomentar la intimidad y mostrarnos el entorno idílico en el que todo sucede, los participantes de este programa se encargan de una ‘food truck’ convertida en cafetería de especialidad que cada día se sitúa en un emplazamiento diferente y que, en cada jornada, está capitaneada por un concursante que es el encargado, a su vez, de seleccionar quién será su acompañante. Es así como estos muchachos empiezan a pasar tiempo a solas, a mostrar sus intereses y también, por supuesto, a marcar territorio.

Las estrictas formalidades de la cultura japonesa y la propia naturaleza prudente de estos chicos hacen que este programa se cocine a fuego lento. En los cinco primeros programas, el único fluido corporal que adereza el show son las lágrimas de un chico rechazado (sutil, educadísimamente) por otro; lo más sexual que sucede durante las primeras seis horas de metraje es el momento en el que uno de ellos le coloca bien la bufanda a otro; una de las parejas que se forma en esta segunda temporada se va del programa habiéndose jurado amor eterno sin siquiera haberse dado un beso, solo después de acariciarse las orejas heladas en la cubiertas de un barquito.

Pero… ¿cómo puede esto funcionar en una televisión tan desatada e hipersexualizada como la que tenemos en la actualidad? Pues, justamente, funciona por eso: porque la Green Room se regodea de ser lo opuesto a Villa Playa. Y es que, de alguna forma, la carrera televisiva por promover el morbo y por mostrar el escándalo más impactante se ha olvidado de que no todos somos relaciones públicas de discotecas, con un vocabulario de trescientas palabras, obsesionados por los tatuajes de futbolista, las carillas dentales fluorescentes y el ácido hialurónico. ‘The boyfriend’ apela a otro público: al de las personas con vidas ordenadas y tranquilas que, simplemente, creen en el amor y que, durante la hora del día que podrán dedicarle a la televisión, quieren disfrutar de algo bonito. ¿Y qué hay más bonito que un primer amor, con sus dudas y titubeos, con sus miedos y mariposas, con sus lágrimas de pena y alegría?

En una televisión que nos ha acostumbrado a la carnaza, a la caza mayor, a lo histriónico… este programa nos ofrece sutil cortejo, sonrisas cómplices y mejillas sonrojadas. Este programa nos ofrece algo de lo que la televisión, pero también el grueso de la comunidad gay occidental, se ha olvidado: ternura.

Creo que, para cualquiera que lo viva desde dentro, la deshumanización a la que los propios gays nos sometemos es indiscutible. Por supuesto que está genial que podamos estar con quien queramos, con cuantos queramos, como queramos… pero, a veces, me da la sensación de que el individualismo neoliberal y la testosterona nos han ganado la partida y han pasado a estructurar buena parte de nuestras relaciones entre iguales. En un mundo en el que es muy probable que lo primero que escuches de otro gay sea «¿Tienes sitio? ¿Act o pas?», ver a unos chicos temerosos de mirarse a los ojos o temblando por rozarse la mano es, simplemente, emocionante. En cierto sentido, observar cómo estos mozos se conquistan te hace volver a creer que ese cortejo no ha muerto, que podemos resucitar el romanticismo en una sociedad que parece haber renunciado a él. En una comunidad en la que buena parte de las relaciones se ciñen a la noche y a las discotecas, ver a unos veinteañeros hablando de sus proyectos de futuro mientras desayunan o hacen la colada nos ofrece una sensación de comunidad de la que muchos nos sentimos huérfanos.

‘The boyfriend’ es hipnótico porque, aunque hable de gays como nosotros, nos resulta ajeno. Este programa expone en televisión un tipo de homosexualidad que parece que ya solo existe en los romances juveniles gays escritos por mujeres heterosexuales.

Y no es que yo idealice ese tipo de vínculos ni que abogue, ni mucho menos, por el puritanismo. Faltaría más. De hecho, creo que lo timorato de los participantes es la prueba fehaciente de los problemas estructurales que la sociedad nipona tiene con la homosexualidad. Ese país es el único del G7 en el que el matrimonio igualitario y las uniones civiles homosexuales siguen siendo ilegales y, a pesar de que el apoyo público hacia el colectivo ha aumentado en los últimos años, ser gay en Japón sigue siendo complicado. Como lo es, por cierto, ser mujer o ser inmigrante; y es que, a pesar de la imagen moderna que los medios nos ofrecen de este gigante asiático, la sociedad de este país sigue siendo muy conservadora. Y ese conservadurismo se refleja de forma evidente en las historias personales de los participantes de este programa.

En cualquier espacio de telerrealidad en el que participan personas LGTBI parece obligatorio que exista una parte de metraje dedicada al trauma, ¡que se lo digan a ‘Drag Race’! Pero los traumas que se narran a uno y otro lado del mundo son bastante diferentes. Mientras que en la mayoría de los confesionarios occidentales de lo que se habla es de rechazo externo (los padres, los compañeros de clase…), en este programa el principal drama es el rechazo interno. La mochila con la que cargan estos muchachos está solo dentro de sí mismos. No se quejan de palizas, de insultos… porque son tan invisibles, porque lo suyo es tan impensable en el mundo en el que viven, que ni siquiera son catalogados como tal. Su drama es el de la aceptación, el de asumir ellos mismos que no son ni lo que su familia ni lo que su país esperaba de ellos.

Es impactante ver a chicos tan jóvenes odiándose tanto, escalando un camino tan pedregoso y lleno de obstáculos en busca de la autoaceptación. Sus discursos llevan décadas sin verse en nuestras televisiones, sus vivencias son las de los homosexuales que crecieron en un mundo en el que su amor seguía siendo ilegal, no las de los chicos de su generación. Y eso, claro, lleva a que en nuestra sociedad ya hayamos dado carpetazo a muchas de sus disyuntivas y a que nos sea muy fácil, por ejemplo, identificar la homofobia internalizada que reconcome a algunos de ellos. Estamos hablando de deportistas olímpicos que están cursando un doctorado y que aún no han salido del armario en su casa, de ingenieros exitosos que ni siquiera le han hablado de su orientación sexual a sus amigos íntimos.

Sin embargo, a pesar de ser consciente de todo esto, me resulta inevitable que esta pureza, esta sutilidad, me resulte embriagadora. Ajenos a las normas que estructuran la televisión y el romance occidental, estos chicos se seducen con la torpeza temblorosa de quien nunca ha sentido la intimidad. Y nosotros somos espectadores de excepción de la primera vez que son incapaces de plantar el morreo que la audiencia espera, de la huida tímida de quien no decide cómo actuar, del cambio de tema de quien se sabe arrinconado, de la interrupción de una mirada a los ojos que son incapaces de mantener. Y, con ello, volvemos a recordar lo que se siente al enamorarse por primera vez.

Y es un problema, ¿eh? Porque cuando se acaba la temporada no te queda otra que volver a Tinder. Y entonces vuelves a tener que asegurarte de que el chico con el que llevas días hablando está soltero ya que, a lo mejor, como el anterior, lleva diez años con su novio y «solo quería diversión». Y tienes que volver a hacer match con hombres de treinta, de cuarenta o de cincuenta que dejan claro en su ficha que «no tienen claro lo que quieren», aunque cualquiera diría que, a esas edades, ya deberían saber lo que buscan en un igual.

‘The boyfriend’ tiene el mismo defecto que ‘Hearstopper’: nos vende una homosexualidad blanca, casta y ñoña que es imposible de encontrar en el mundo real. Y ese es, también, su mayor atractivo: nos permite soñar en un mundo menos deshumanizado, salvaje y cruel que el que nos rodea.

De hecho, lo que nos vende es tan idílico… que resulta sospechoso. ¿Son de verdad así de cuquis estos chicos o este es solo otro ‘reality’ guionizadísimo, pero enfocado a un público que sabe leer sin mover los labios y al que le dan vergüenza ajena la mayoría de los ‘trends’ de TikTok? Varios de los concursantes de esta temporada se conocían porque habían tenido «citas para almorzar»; de dos de ellos incluso llegamos a enterarnos de que «durmieron juntos»; de uno, se ha filtrado material erótico… Así que, oye, quizá su vida sexoafectiva no es tan inmaculada como los confesionarios nos quieren hacer creer. Y bien por ellos, claro. Al fin y al cabo, cualquier programa televisivo, por muy realista que sea, no deja de ser una ficción. Y en este en ningún momento dejas de creer que estos chicos están ahí para enamorarse.

Sin embargo, por muy verdaderos que parezcan los lagrimones que se les escapan y por muy difícil que sea fingir un sonrojo, uno no puede evitar preguntarse: ¿será real todo esto?, ¿serán así estos chicos? Porque existe otra posibilidad, claro. ¿Y si solo es un show? ¿Y si solo nos están ofreciendo una recreación ficticia para todos los públicos? ¿Y si simplemente, nos están sirviendo la fantasía romántica con aroma de ‘sakura’ que queremos ver? ¿Y si solo tratan de ajustarse a la imagen tímida y encantadora que los espectadores esperamos de un puñado de jóvenes japoneses respetables, con buenos trabajos y buenas dentaduras?

Al fin y al cabo, Netflix es un escenario mundial que no se puede comparar a ningún otro y, por ejemplo, aquellos prudentísimos mozos de la primera temporada han sabido sacarle un partido enorme a su año de reinado en solitario: el rompecorazones Kazuto es ahora un ¿chef viajero? con medio millón de seguidores en Instagram, Usak es un musculosísimo gogó la mar de solicitado, Gensei se ha convertido en influencer de maquillaje, Ryota y Alan trabajan como modelos… ¿Y si estos chicos tan solo están aprovechando esta plataforma para hacerse populares en los medios, exactamente igual cualquier exfutbolista lesionado o exmiss provinciana que se enfrenta a ‘La isla de las tentaciones’ como quien hace un concurso-oposición para sacarse una plaza fija en los platós de Telecinco? Pues no pasaría nada. En su derecho están. Bastante han hecho ya con entretenernos, emocionarnos y enamorarnos durante doce horas de metraje que se quedan para siempre en tu corazón. Bastante han hecho ya con hacernos sonreír mientras retozan por la nieve como cervatillos recién nacidos. Bastante han hecho ya con contagiarnos sus llantinas producto de los nervios, de la incapacidad de comunicarse, de los malentendidos. Bastante han hecho ya con hacernos soñar durante varias noches con que el romance no ha muerto y con que el nuestro, quizá, esté a la vuelta de la esquina.

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