Publicidad Noticia Top

A mí tampoco me da la gana saltar el potro

En los pasados Premios Feroz, Diego San José, guionista de reconocido prestigio, dedicó su premio a su profesor de gimnasio: «Me arruinó la vida»

Comunidad Rocío Saiz
Ilustración: Rodrigo Parrado
Comunidad Rocío Saiz

En los pasados Premios Feroz, Diego San José, guionista de reconocido prestigio y talento sobradamente demostrado, dedicó su premio a su profesor de gimnasia con estas palabras: «Los profesores de gimnasia a gente como a mí me arruinaron la vida».

La frase resonó con fuerza porque, seamos honestas, todas —o casi todas— tenemos un mal recuerdo asociado a la asignatura de Educación Física. Seguro que existe algún profesor o profesora maravilloso, pero el relato colectivo es otro.

Al escucharle, conecté de inmediato con muchas de las heridas del instituto. Ese periodo que, paradójicamente, es el trabajo al que más horas hemos dedicado sin retribución alguna y que, en muchos casos, ha sido el germen de traumas profundos y problemas de salud mental que arrastramos hasta la adultez.

Diego contó que veía en los ojos de su profesor que pensaba que no «iba a llegar a nada». Para escribir este texto pregunté a varias amigas si algún docente les había dicho algo parecido. La respuesta fue tan unánime como inquietante: sí, sin duda.

No todo fue negativo. También coincidimos en haber tenido profesores brillantes, sensibles, capaces de acompañarnos y sostenernos en la etapa más vulnerable de nuestras vidas. A ellos, gracias de corazón. Esta vocación no es sencilla.

Mientras veía a Diego alzar la estatuilla, feliz y orgulloso, me asaltaba una pregunta incómoda: ¿cómo puede una persona que debería acompañar y cuidar, desde una posición de autoridad, experiencia y poder, sentenciar el valor de un menor de edad? ¿Era consciente del daño que provocó como para que, años después, un adulto pronuncie en ‘prime time’ una frase tan demoledora como «me arruinaron la vida»? ¿Vio esas declaraciones? ¿Se reconoció en ellas? ¿Qué entiende hoy por éxito? ¿Se arrepiente? Y, sobre todo, ¿lo hizo con más alumnos?

Hay un patrón que se repite con demasiada claridad: cuando preguntamos por las peores experiencias escolares, la gimnasia aparece una y otra vez.

En mi caso, quien me dijo que no llegaría a nada fue el profesor de Literatura. Pero mis recuerdos más duros también están ligados a Educación Física, tanto en el colegio como en el instituto. Incluso siendo deportista de alto rendimiento, me suspendían mientras competía en campeonatos internacionales.

Resulta irónico que hoy el deporte se haya convertido en el mantra de la salud mental. «Tú lo que tienes que hacer es ir al gimnasio», se nos dice, señalando con el dedo, sentando cátedra una vez más. Como si esa fuese la solución universal. Como si todas pudiéramos permitírnoslo. Como si todas quisiéramos exponernos al juicio ajeno sobre nuestros cuerpos. Como si no fuera legítimo, simplemente, no querer.

Puede que no te dé la gana hacer deporte. Ni ir al gimnasio. Ni ser ‘runner’. Ni que te guste el fútbol. Ni madrugar los sábados. Puede que no te dé la vida ni los horarios para llegar a casa y hacerte unos noodles. Y no pasa nada.

Porque trabajamos de noche a noche. Porque a veces no vemos la luz del día. Y porque salir antes para abrazar a una amiga ya es, en sí mismo, un pequeño triunfo. En la vida adulta hay pocas decisiones verdaderamente nuestras. Esta es una de ellas.

Volviendo a Diego: «No sabía que quería dedicarme a esto hasta el día que me pidieron que saltara el potro».

Ese potro de colores ocres, convertido en símbolo de humillación colectiva y carente de cualquier utilidad pedagógica real. Si alguien demuestra que saltarlo te hace mejor persona, vivir mejor o ser más feliz, prometo rectificar.

¿Cómo podía medirse la valía intelectual o física de una persona por saltar un armazón de madera? A veces ni siquiera el propio profesor era capaz de hacerlo.

Lo más desconcertante es que este artefacto haya atravesado generaciones enteras, acumulando el mismo recuerdo doloroso, sin que hayamos cuestionado seriamente su presencia. No solo en nuestro país: en todo el mundo.

En España hemos aprendido a sobrevivir al dolor con humor. Porque entre broma y broma, el mensaje asoma. Así fueron muchas de nuestras infancias: marcadas por docentes que, quizá desde su propia inseguridad, ejercieron un poder que dejó huella.

El potro no era salud. Era control. Era sesgo. Era discriminación. El que no lo saltaba era «maricón». La que no lo conseguía era «floja» o «le sobraban kilos».

Sobre los cuerpos de las niñas se opinaba sin pudor. Y al niño señalado se le apartaba, se le exponía, se le convertía en objetivo. A veces incluso se le asignaba una identidad que no era la suya.

El potro no seleccionaba capacidades: seleccionaba víctimas. Carne de bullying. Como bien dijo Diego, el potro y el test de Cooper fueron «experiencias demenciales y muy tristes».

Paradójicamente, quienes brillaban ahí solían fracasar en casi todo lo demás. Pero daba igual: en gimnasia ya estabas marcado y ese estigma podía acompañarte toda la vida.

Que una persona tan brillante conserve esa herida tan viva debería hacernos reflexionar. Los niños son niños. Deberían jugar, divertirse, crecer sin miedo.

No culpo a los profesores. Quiero creer que la mayoría actuaba desde la inconsciencia, no desde la maldad. Todos hacemos lo que podemos; pocas veces lo que queremos.

Pero quizá haya una frase que deberíamos borrar del imaginario colectivo: «Tú lo que tienes que hacer es…».

Recuerdo una niña diciendo a su madre que quería ser cantante. La respuesta fue inmediata: «No, hija, tú no vales para eso».

Ojalá esa niña esté hoy vendiendo discos a miles.

Gracias, Diego, por nombrar una herida que es de muchas. Por poner palabras donde tantas no pudimos.

Ojalá este texto sirva para pensarnos dos veces antes de decirle a alguien de lo que es o no es capaz. Porque todas merecemos que nos vaya bien.

Y, por favor, abolición definitiva del salto del potro.

Publicidad Encima Newsletter