Cada cierto tiempo se viraliza una historia de una persona que detransiciona, habitualmente una mujer cis de la que se cuenta que «pensó que era un hombre trans». Ante ese tipo de informaciones, es legítimo y lógico preguntarnos cómo de representativos son esos casos. Si son suficientes para alarmarnos o son una excepción.
A esto solo se puede responder de una manera, y es con datos.
Porque lo cierto es que no existe operación quirúrgica con un 100% de satisfacción, donde nadie se arrepienta. Son procedimientos que, aunque suelan salir bien, pueden salir mal. Pueden aparecer complicaciones y el riesgo 0 no existe. Eso puede darse en una masculinización de tórax, en una vaginoplastia o simplemente en un reemplazo de rodilla.
Arrepentirse de una operación puede darse por múltiples factores como expectativas irrealistas del proceso o complicaciones. Un hombre puede arrepentirse de una masculinización de tórax, también llamada mastectomía, sin que eso implique que no era un hombre trans. Puede significar simplemente que no está satisfecho con el resultado. De hecho, se trata de operaciones cuyo resultado definitivo puede tardar en verse incluso años. Por lo que tendría sentido que surgieran sentimientos de rechazo inicial, que vayan difuminándose con el tiempo.
Un estudio sobre satisfacción en masculinización de tórax, realizado por Day y otros (2023), exponía que 2 de 90 participantes presentaban arrepentimiento de la operación. Eso supone un 2,22% de los casos en esa muestra.
Por otro lado, una investigación exhaustiva de satisfacción de personas trans en operaciones, realizada por Van de Grift y otros (2017) apunta a una satisfacción de entre el 96-100% en mujeres trans y 94-100% en hombres trans. Este estudio incluía a 136 personas trans. Un porcentaje significativo teniendo en cuenta que satisfacción no es lo contrario de arrepentimiento.
El análisis más exhaustivo lo ofrece un grupo de investigadores de diversos hospitales de Estados Unidos y uno de Perú (Bustos y otros, 2021), que realizan una revisión sistemática de arrepentimiento en cirugías de afirmación de género. En este, estudian 27 artículos, que incluyen un total de 7928 personas trans que se han sometido a algún tipo de operación de este tipo. De esa muestra, 77 personas se arrepintieron.
La tasa de arrepentimiento, según esos datos, queda en torno al 1%. ¿Eso es mucho? ¿Es poco? Pues la realidad es que el número es ínfimo.
Escuchar que alguien se arrepiente de una operación tan trascendental siempre será impactante. Y a muchas personas les hace cuestionarse si los protocolos son correctos, si hay personas a las que se está presionando a hacer algo que no quieren.
Pero para saber si es realmente significativo el dato, hay que compararlo con otros procedimientos. Por ejemplo, una investigación de Dijkhorst y otros (2023), analiza la satisfacción en cirugías bariátricas en 115 pacientes. Dando resultados de 34,8% (leve arrepentimiento) y 14,8% (fuerte o moderado arrepentimiento).
Si valoramos el arrepentimiento en procedimientos similares de cirugía, observamos lo siguiente. El aumento de pecho tiene entre 5,1 y 9,1%; remodelación corporal, 10,82-33,33%; y otras operaciones como la prostatectomía un 30%. El artículo de Thorton, Edalatpour y Gast (2024) que analiza estos datos, expone que otro tipo de decisiones vitales también tienen mayor tasa de arrepentimiento. Como es el caso de hacerse un tatuaje (16,2%) y tener hijos (7%).
El dato que ofrece sobre el arrepentimiento en cirugía de afirmación de género sigue situándose en torno al 1% o incluso algo menos.
Esto no quiere decir que ese 1% no importe, sino que no se deben dar datos sin estudiarlos en su contexto. Porque, sí, hay personas que se arrepienten: pero menos que en cualquier otro tipo de operación. Eso quiere decir que, a rasgos generales, son operaciones exitosas. Son cirugías que suelen tener resultados positivos para quienes se someten a ellas.
De hecho, además de tener esas tasas de satisfacción, para las personas trans que se operan, supone una mejora en su calidad de vida. Eso no quiere decir que las personas tengan que operarse para lograr esa mejora, pero para muchas es importante hacerlo.
¿Qué tenemos que hacer con ese 1%? Pues no hay que ignorarlo, pero tampoco podemos publicitar una excepción como si fuera la norma.
Es necesario fomentar espacios en los que las personas tengan potestad de decisión sobre sus cuerpos. De este modo, no se sentirían presionadas a tomar decisiones de las que no están seguras. Tampoco podemos obviar que, en muchos países, hasta hace poco o incluso ahora las operaciones eran requisito para poder acceder a un cambio de documentación. Influyendo en la toma de decisiones de muchas personas.
Eso no quiere decir que debamos poner trabas a las personas que sí están seguras de que quieren modificar su cuerpo. No es incompatible ofrecer las operaciones de afirmación de género con fomentar discursos de aceptación corporal. También es necesario que se dé información transparente: explicaciones realistas sobre cómo son las operaciones, el posoperatorio, los resultados a corto y largo plazo.
Porque por cada 100 personas trans que entran en el quirófano, 1 se arrepiente. Para conseguir que esa 1 persona no se arrepienta, tampoco podemos coartar los derechos de las otras 99. La solución no está, como se plantea a veces, en restringir quién puede acceder o no a determinados tratamientos. Toda operación tiene una tasa de arrepentimiento y, si algo nos dicen los datos, es que, en estas, es aún menor. Llegar a una tasa 0 es prácticamente imposible.
En cualquier otro tipo de procedimiento, una tasa tan baja de «fracaso» sería un motivo de celebración y no de polémica. Si no eliminamos operaciones con datos mucho más alarmantes, no debería ni ponerse sobre la mesa una restricción de servicios al colectivo trans.
Porque si los datos, como se ha visto, no acompañan a la alarma, señalar al colectivo trans es un claro sesgo donde se penaliza lo diferente. No porque salga peor, sino porque se sale de la norma.




