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Cinco años sin SOPHIE, o cómo recordar el futuro que no pudo ser

La artista escocesa fue pionera en la reconfiguración artística del pop actual; y es aún desconocida para la gran mayoría

Stories Antonio Rodriguez

Hoy, viernes 30 de enero, se cumplen cinco años de la trágica muerte de SOPHIE Xeon, una artista indispensable para entender la música pop de la última década (y muy probablemente la próxima). Máxima expresión del movimiento hyperpop, la productora, compositora y artista visual escocesa fue arquitecta de un nuevo lenguaje digital que redefinió los límites de la música popular y la electrónica. Desde el colectivo PC Music articuló un estilo consistente en música hipersaturada, artificial y emocionalmente extrema que convierte los códigos del consumo en materia sonora. Su obra no solo creó un género, sino que orquestó el pop de forma masiva, experimental y conceptualmente crítica, de forma simultánea. Sus minuciosas y pintorescas producciones reunían algo bastante inédito: neutralizar la frontera entre mainstream y vanguardia.

Desde la infancia, SOPHIE entendió el sonido como espacio colectivo. A los siete años escuchaba las grabaciones de raves de Glasgow que guardaban su padre y su hermano; a los diez ya quería ser músicx. En aquellas ceremonias electrónicas descubrió una comunidad vibrante que marcaría su concepción de la música como una experiencia social. Más tarde, al estudiar escultura, halló en ‘Cremaster’ de Matthew Barney una estética corporal, artificial y mutante que anticipaba su propio imaginario. Y, al mismo tiempo, encontró refugio emocional en el pop adolescente de las Spice Girls (‘2 Become 1’ siendo su favorita), donde «el amor podía narrarse como espacio seguro». De la colisión entre rave, escultura conceptual y canción pop nació una de las visiones artísticas más singulares del siglo XXI.

A través de su primera banda, Motherhood, comenzó a gestar una idea fundamental: reconstruir el mundo sonoro separándolo de las asociaciones culturales heredadas del pop. Tras remixes y otros proyectos experimentales SOPHIE emergió como figura central del hyperpop: música saturada, artificial, emocionalmente extrema, que convierte el brillo publicitario del capitalismo en caricatura sonora de sí mismo. Singles como ‘Bipp’ y ‘Lemonade’, pero sobre todo el EP ‘Product’ (2015), definieron una gramática inédita: columnas de sonido hiperdefinido, voces distorsionadas, beats que golpean como superficies pulidas. No eran simplemente canciones: eran prototipos de futuros posibles. Su último DJ set, Heav3n Suspended (2020), transmitido en línea durante la pandemia de la Covid19, fue una rave sin cuerpos, comunión sin espacio físico, ensayo general de un porvenir suspendido en el tiempo, pero compartido.

Pero en SOPHIE forma y política jamás se separaron. Cuando en 2017 publica ‘It’s Ok to Cry’ y muestra por primera vez su rostro y su voz sin máscaras digitales, realiza un gesto fundacional, y se visibiliza públicamente como persona trans. No solicita comprensión: invita a la adaptación. Su negativa a fijar pronombres no fue ambigüedad, sino actitud lingüística. SOPHIE se autoproducía de forma ambivalente: su resistencia a nombrarse a través del lenguaje binario resituaba la responsabilidad de nombrar la alteridad en la otra parte del sistema, evidenciando sus limitaciones. Sasha Geffen escribe en ‘Glitter Up the Dark’ que «un cuerpo no es una prisión, sino una historia que no se cierra con el nacimiento». Esa frase podría funcionar como epígrafe de toda su obra. Género, sonido y cuerpo se presentan como procesos abiertos, no mercancías clasificables.

Su entrada definitiva al pop global llegó con el EP ‘Vroom Vroom’ (2016), producido junto a Charli XCX. A partir de ahí, la industria comenzó a observar a SOPHIE como arquitecta de un nuevo mainstream. Pero su operación fue más compleja: no llevó lo experimental al pop; hackeó el pop desde dentro. Su estrategia consistía en recodificar los canales capitalistas y apropiarse de ellos como espacios de circulación política y estética. Imprimir significado en el sonido, con ironía y crítica. Tras su muerte, artistas como Arca, Vince Staples, Cecile Believe, Let’s Eat Grandma o la propia Charli XCX (que le acabo dedicando ‘So I’ en su majestuoso ‘brat’) coincidieron en reconocerla como figura imprescindible.

En una cultura obsesionada con proclamar que ya está todo invitado, SOPHIE propuso otro planteamiento: usar el mainstream no sólo como canal de difusión, sino como territorio a desprogramar. La incomprensión actual hacia géneros como el reguetón, el EDM o el trap, especialmente cuando se despojan de su trasfondo social y político, se repite ante la ausencia de herramientas experienciales para leer nuevos lenguajes artísticos fuera de parámetros productivistas. SOPHIE mostró que la electrónica no necesita sofisticarse para adquirir valor artístico. «Mi música en 2018 está en un lugar más experimental que no encaja en ningún sistema establecido», afirmaba en una entrevista para Vulture. Esa era precisamente su posición: habitar el fuera de campo del mercado sin abandonar sus canales, cuestionando el uso de éstos.

Su último disco, ‘Oil of Every Pearl’s Un-Insides’ (2018), condensa su esencia, y es un legado artístico donde cohabitan la ternura y el entusiasmo: una obra cuya primera escucha te arrolla y sobrecoge. Es una cronología de liberación: llorar sin vergüenza (‘It’s Ok to Cry’), reflexionar sobre cómo nos presentamos al mundo en el contexto neoliberal (‘Faceshopping’), comprender la identidad como proceso (‘Ponyboy’, ‘Immaterial’), o atravesar el miedo al tránsito (‘Is It Cold In The Water?’). Más que un álbum, es un relato de transformación: comunidad, cuidado y sonido. El porvenir no era una utopía tecnológica, sino una reconfiguración de lo cotidiano. Por eso SOPHIE incomodó. Y por eso permanece.

Para entender por qué SOPHIE era una artista tan avanzada a su tiempo hay que observar correctamente el binomio que se tensiona en su futurismo: ella era pionera, pero además le acompañaba una línea temporal de la música pop en la que de 2008 en adelante los sonidos más desafiantes no traspasan la barrera de lo que se entiende como pop comercial o ‘mainstream’ de la misma forma que anteriormente. Esto hace que muchos artistas con una propuesta artística diferente (pero diferente de verdad) para con su tiempo se invisibilice, pero además que la cultura pop no sea capaz de acoger estas figuras, en favor de la nostalgia cultural. Las voces ‘pitcheadas’ de su obra podrían leerse en 2026 como las de una IA superada y grotesca, cuya función ha sido arrebatada por la avaricia humana: una especie de ‘rebelión de las máquinas’ mitad marxista, mitad Lynchiana.

Pasó fugazmente por nuestras vidas, y su partida evidenció la urgencia de que lenguaje, cultura y sociedad avancen. Nos hemos quedado atrás respecto al mundo que ella ya habitaba. Su sonido era a veces áspero, a veces cristalino, incomodaba a oídos habituados a la complacencia, pero anunciaba un territorio que sigue esperándonos. Cinco años después, su legado no es nostalgia. Es tarea pendiente. Aprender a nombrar de otra manera. Aprender a escuchar de otra manera. Aprender a bailar en otra gravedad. Porque cuando ese mundo por fin nos alcance, cuando la identidad deje de ser frontera y el sonido deje de ser mercancía, seguiremos bailando, siempre. «Te miré a los ojos y pensé que podía ver un mundo completamente nuevo», suena ‘Whole New World/Pretend World’ en mitad de esta anti-utopía. SOPHIE Forever.

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