Pitu Aparicio hace un pequeño descanso de su ensayo para atender a SIX. La divulgadora, influencer y sexóloga se encuentra en pleno proceso de preparación para volver a los escenarios con ‘Encantada de coñocerme’, inspirada en su libro ‘Autocoñocimiento’. Un monólogo que es una oda al descubrimiento personal, y un recorrido satírico, irónico y placentero a través de la educación sexual, sus carencias y la información que nunca nos contaron sobre nuestros cuerpos. Una apuesta personal y política donde el humor no prescinde del pensamiento crítico que busca reflexiones sobre cómo hubieran cambiado nuestras vidas si hubiésemos recibido educación sexual. La próxima para de la activista LGTBI será el 26 de febrero en La Cochera Cabaret de Málaga.
Estás ahora mismo sobre los escenarios con ‘Encantada de coñocerme’. ¿Qué quieres contar que no has contado en ‘La bollera perfecta’?
Con ‘Encantada de coñocerme’ me apetece hacer una crítica politizada, constructiva y sin culpa sobre cómo nos hubiera cambiado la vida tener educación sexual. Llevarlo a un lugar de humor y contar cosas que nos atraviesan a todas: las visitas al ginecólogo, los primeros cuerpos que tocamos, las primeras veces. Desmitificar todo eso, porque creo que el humor es el mejor antídoto contra el miedo.
Este espectáculo nace de tu libro. ¿Qué te permite el escenario que no lo hace el texto escrito?
Hay algo en la guasa y en que alguien te cuente en primera persona algo que a ti también te ha pasado que te atraviesa mucho más. Piensas que no estabas sola, que no solo te pasó a ti. Ver a 600 personas reírse porque a todas nos dijeron lo mismo cuando nos vino la primera regla es muy potente. A muchas nos dijeron que tuviéramos cuidado con los chicos o nos regalaron flores, como si de repente fuéramos un ficus a punto de morirse.
El show se vive casi como una terapia grupal. ¿Qué heridas crees que se cierran después de verlo?
Heridas muy traumáticas. Hablo de infecciones de transmisión sexual, del «no te toques ahí, cochina», de la regla como algo que no debería incapacitarte, del suelo pélvico, de nombrar el clítoris. Ser un clítoris en un escenario tiene un potencial enorme. Hay quien sale diciendo que ojalá hubiera visto algo así hace 20 años. Y las chicas de 15 o 16 lo agradecen mucho porque tienen otra educación distinta a la nuestra.

Muchas personas salen con la sensación de que experiencias que creían individuales eran compartidas.
Eso es muy sanador. La educación sexual no va solo de sexo, también va de lo afectivo. De quién te cae bien, por qué, qué cosas te dan placer. El placer no tiene que ver solo con el coito o la genitalidad. En los talleres, a cualquier edad, pasa algo muy bonito: una bajada de defensas que calma a todo el mundo. Lo único que importa es tener información para poder elegir.
¿Elegir qué cosas?
Elegir si tomar la píldora o no, decidir si compartir contraseñas con tu pareja, reconocer patrones de conducta de los que nunca se habla. Parece que el problema es el porno, pero si están viendo porno, habrá que hablar de eso. El escenario permite reírnos de todo, pero con la connotación de ‘a mí también me ha pasado’.
¿El porno es el gran enemigo de la educación sexual?
Sí. Es el recurso ante la falta de herramientas. Me da mucho coraje, es el lugar al que van a buscar porque no tienen confianza con los adultos ni referentes educativos profesionales. Hay chavales que lo viven con pasión, están deseando llegar a casa para ver porno y se pueden hacer cinco o seis pajas al día; y otros, desde el miedo. Si hubiera educación sexual que generara pensamiento crítico, no existiría esa polarización tan fuerte. La educación es el poder.
¿Qué mentira del porno es la que más daño hace?
Que el sexo es mecánico, inmediato y genital. Que no hay comunicación ni afecto. Luego llegan a los talleres con bloqueos porque nadie les ha hablado de deseo, consentimiento o placer. De infecciones y prohibiciones llevan oyendo toda la vida.
El sexo lésbico también arrastra muchos mitos. ¿Cuáles te encuentras con más frecuencia?
El sexo lésbico tiene una cuestión mucho más conectada que la de otros cuerpos. Creen que siempre necesitamos agentes externos, juguetes o sustituir una polla que supuestamente falta. Como si sin penetración no hubiera sexo. Todo sigue asociado al coito. Cuando explico que la virginidad no tiene que ver con romper el himen porque entonces las bolleras nunca hubieran follado, a muchas personas les explota la cabeza. Entonces aparece el enfado: nadie les había contado esto antes.
Durante años se ha asociado sexo a penetración.
Pregunto qué es follar y la respuesta suele ser meter la polla en el chocho. Entonces pregunto cómo follan las lesbianas y es la primera vez que se lo plantean. Sigue estando muy asociado sexo con genitales, sexualidad con coito y copulación. Y no hay más cuerpo.
En un mundo ideal, ¿qué pregunta sobre sexo lésbico te gustaría que dejara de hacerse?
Dar por hecho que todo el rato necesitamos juguetes porque falta algo. Como si hubiera que sustituir una polla. Para mí el sexo tiene mucho que ver con la conexión y con una energía compartida, pero con las bolleras todo el rato hay una connotación de lo que falta es un pene.

El humor es clave en el espectáculo. ¿Por qué funciona tan bien para hablar de estos temas?
Porque quita culpa. Yo tengo un lenguaje muy directo y entiendo que pueda incomodar, pero el escenario permite licencias. Puedes hablar de que a la vulva todavía la llaman el culito de delante o agujero uno y dos. La gente se permite reír y elegir hasta dónde quiere llegar.
El público es muy intergeneracional. ¿Qué notas entre unas generaciones y otras?
Es lo más sanador: entender que no estás sola y saber que, algo que te ha dado una vergüenza tremenda y de lo que nunca hablaste, en la sala hay un montón de gente que también se tocó la vulva con su vecina para explorar y por pura inocencia. Eso alivia mucho. Hay otra gente diciéndote que eso no fue perverso, que le pasó a más gente. Lo intergeneracional es precioso porque todo el mundo se reconoce en algo.
Las Infecciones de Transmisión Sexual (ITS) también son clave en la educación sexual.
En el espectáculo en el único momento en el que hablo de ITS es cuando cuento mi virus del papiloma. Fue un antes y un después en mi vida. El libro, ‘Autocoñocimiento’, vertebra esto. El diagnóstico supuso que empezara a estudiar sexualidad. En los talleres me dicen que los únicos talleres que han tenido son sobre enfermedades y todo el rato han estado basadas en la prohibición, en lo que no se puede hacer y en el miedo. Intento resignificar: hablar de deseo, de consentimiento, de placer… Esto es de lo que quieren hablar.
En el show recorres momentos como la adolescencia, el despertar sexual… ¿Qué recuerdos te remueven aún?
La primera vez que tuve un novio y compartí mi cuerpo con él. Fue totalmente traumático. Hay una canción durante el show que habla de esto. Revivo en ese momento en el que nadie me había dicho que aquello no tenía que doler, no tenía que sangrar. En el monólogo digo que para mí el sexo era como un capítulo de ‘Juego de Tronos’: sangre, dolor, señores. Me impactaba que todo el mundo quisiera hacer eso. Me sentí muy sola cuando aquello no me gustaba. Luego descubrí que me gustaban las mujeres.
¿Hay alguna parte de tus vivencias que te cueste exponer de manera pública?
Sí. Hay un momento del show en el que me siento en una silla para hablar de una visita al ginecólogo, en la que me diagnosticaron el virus del papiloma humano. Ahí se me sigue quebrando la voz. Tengo que seguir ensayando esa parte. Hay una parte de mí que no puede disociarse, no soy actriz.

Cuando termina el espectáculo, ¿la gente sale riéndose o reflexionando?
Las dos cosas. Se ríen y luego quieren irse a casa a pensar. Esa es la finalidad. ‘Encantada de coñocerme’ termina quitando la culpa y el enfado de lo que nos ha dicho la sociedad durante toda la vida: hemos sido histéricas hasta hace diez minutos, hemos nombrado el clítoris en 2008… Hemos estado invisibilizadas. Salen con un sentimiento de justicia. Con un hasta aquí hemos llegado.
Como sexóloga, ¿qué crees que falta para una educación sexual plena?
El acceso en las aulas. La educación sexual no corrompe, lo que corrompe es el silencio. Hay una carga patriarcal, católica y clasista que la convierte en un privilegio. Mientras tanto, el porno llega a los ocho o nueve años. Si no damos herramientas, luego no podemos quejarnos. Eso tiene consecuencias en las relaciones, en la culpa y en el abuso. Los adultos tenemos que ser espacios seguros donde se pueda preguntar sin vergüenza.




