Jorge Calvo, sin quererlo, educó a una generación de niños mariquitas. No es que él fuera la Bruja Avería o Leticia Sabater con sus programas mañaneros, ni mucho menos, sino que consiguió hacerlo desde otro lugar más variopinto y, a priori, sin una finalidad educativa. Estamos hablando de la serie ‘Manos a la obra’, aquella que protagonizaron Manolo y Benito —interpretados por Ángel de Andrés López y Carlos Iglesias, respectivamente— y que fue creada por Vicente Escrivá y Ramón de Diego. A través de su bonachón Tato, el personaje de Jorge, los que crecimos en los noventa pudimos atisbar un resquicio de ternura, de masculinidad disidente y de otras formas de moverse por el mundo que no eran, necesariamente, los del machote que escupía en el suelo. En nuestro encuentro, el propio Jorge Calvo advierte algo de eso en mí y me avisa de ello, por mucho que yo lo intente disimular a lo largo de la entrevista. «La gente de tu edad cuando venís a decirme algo lo hacéis de una manera que me hace gracia porque os convertís en un niño de diez años. Vosotros probablemente no os deis cuenta, pero yo sí», me dice. Y eso que para mí este gran actor es mucho —muchísimo— más que el sobrino de Manolo en la serie de Antena 3. No obstante, es innegable que, aparte de educarnos de forma indirecta —también intercedió en multitud de ocasiones para eliminar de los guiones chistes y escenas homófobas que se les escapaban al equipo—, fue la mano a la que, de forma inconsciente, muchos niños raritos nos agarramos.
Jorge ha tenido a bien recibirme en su casa de Lavapiés. Un gesto de confianza e intimidad que un mitómano como yo valora mucho. De casa sobria, el salón está formado por apenas un tocadiscos, una televisión y una estantería repleta de libros entre la que destaca una balda dedicada a grandes biografías, entre ellas las de Sara Montiel o Carlos Berlanga. Como decoración, un cartel de la película ‘Cachorro’, en la que participó, y un Carles Congost que preside de forma rotunda la estancia. Y en medio, un gran espacio vacío en el que me lo imagino ensayando sus papeles y espectáculos. «Esta casa era de unos amigos míos. Yo me estuve quedando aquí dos meses mientras hacía la obra de otra casa que tuve antes», cuenta recordando su época de éxito en ‘Manos a la obra’, «Y los niños del barrio venían y llamaban al timbre. Cuando yo me fui de aquí, seguían viniendo a buscarme a que saliera o escribían cosas en la puerta». Reconoce que aquella fue una época que no le gustó nada porque el éxito le abrumaba, no podía ni andar por la calle. Si entraba en un restaurante, todo el mundo se callaba y se quedaban mirándolo. Incluso mientras comía no dejaban de clavarle las miradas. Recordemos que estamos hablando de una época, la de finales de los años noventa, en la que una serie de éxito hacía un 30 % de audiencia, es decir, cinco o seis millones de espectadores cada semana.
Será por eso, quizá, que su vocación se encuentra en el prudente papel de actor de reparto, algo que lleva a gala y que luce orgulloso, aunque «los de reparto somos esa gente que normalmente no tenemos nombre». Y es que los actores famosos, las primeras figuras, son tan solo la punta del iceberg, la cara visible de una profesión que también se ejerce desde la discreción. Eso es así tanto aquí como en la meca del cine: «Pensamos en Estados Unidos y decimos: ‘Es que a no sé quién, que es un actor secundario, fíjate el valor que se le da’, pero esos son 27 actores. No llegan a nosotros los otros 27 000».
Este actor, natural de Valladolid, ya venía de entrenar sus dotes artísticas desde bien pequeñito. Cuando tenía once o doce años, llegó un cura nuevo al colegio salesiano en el que estudiaba y creó una asignatura llamada Dinámica en la que se dedicaban a montar coreografías de Miguel Bosé o ABBA y a representar una obra de teatro que el propio Calvo escribió. Por lo visto, el cura responsable de todo aquello era joven y, aparte de socialista, también resultó ser bastante mitómano. «Él era el coreógrafo, nos compraba luces de colores para el teatro… Trataba con nosotros como si fuera uno más», recuerda Jorge.
Calvo empezó a trabajar en el año 1991, momento en que desembarcó en la gran ciudad después de estudiar Interpretación en su tierra natal. Una vecina de Valladolid, que era secretaria de la Unión de Actores de Madrid, se empeñó en que tenía que embarcarse en la aventura capitalina. «Siendo gordo vas a tener más trabajo», le decía, «porque solo hay uno. Lo que no haga él, lo harás tú». Y así hizo, aunque buscar trabajo en la era analógica resultaba bastante más complicado que en la actualidad: «Yo venía a Madrid un día a la semana a dejar currículums a las productoras. Me las recorría todas, preguntaba por la ayudante de dirección, la llamaba por teléfono, buscaba los proyectos en el Fotogramas… cosas así». Tras tres meses de búsqueda activa de empleo, le salieron veintidós sesiones en ‘Gloria nacional’, una serie de Jaime de Armiñán junto a Paco Rabal. A partir de ahí, todo despegó y pasó por las grandes series de televisión de la época: ‘La casa de los líos’, ‘Los ladrones van a la oficina’, ‘Farmacia de guardia’ —en su primera escena se quedó paralizado porque no podía asumir que estuviera enfrente de la mismísima Concha Cuetos— o la ya mencionada ‘Manos a la obra’, de la que se acabó yendo por no aguantar la presión de la fama.
También ha trabajado en cine, donde ha participado en más de una docena de películas. No obstante, su personaje más icónico, bajo la modesta opinión del que aquí escribe, es el de Rafa Sevilla en la tan injustamente tratada ‘Los años desnudos’ (Dunia Ayaso y Félix Sabroso, 2008). «Es mi personaje favorito de los que he hecho en el cine», reconoce él también. Y no es para menos. Este personaje encierra el espíritu de tantos transformistas de los años setenta y ochenta que, incluso cuando se bajaban del tacón, seguían siendo unas divas: «El personaje tiene muchas cosas a la hora de hablar de Joan Bauçà, una de las Diabéticas Aceleradas, la que entraba en el camerino en ‘Tacones lejanos’. Juan es de los artistas que más he admirado en mi vida, y sigo admirando, y me inspiró mucho para hacer Rafa Sevilla».
Jorge también ha trabajado, cómo no, en teatro, lugar en el que se siente como pez en el agua. Recientemente lo hemos podido ver en ‘Filosofía mundana’, obra dirigida por Luis Luque, con quien también ha trabajado en ‘Dentro de la tierra’ y ‘Las criadas’ (en adaptación de Paco Bezerra), pero su trayectoria viene de largo. Hace hincapié, por lo inaudito de su representación, en una obra en la que trabajó en el año 1995. Se llamaba ‘Amor, coraje y compasión’ y se representó en el teatro Fígaro: «Esto era una función que ganaron unos premios Tony de ocho gais, dos seropositivos, que pasaban un fin de semana en el campo. La obra era muy fuerte, la verdad. Había tres actores que se pasaban la función en pelotas tomando el sol. Jaime Blanch hacía un personaje que era seropositivo y encima la trama consistía en que estábamos preparando un baile del ‘Lago de los cisnes’ para recaudar dinero a beneficio de la lucha contra el sida. Imagínate lo que era hacer eso en el año 95». El resultado fue que las señoras, aquellas que asistían confiadas a ese teatro de corte popular, se marchaban escandalizadas: «La gracia era ver a esas señoras con los ojos tapados. De repente, se escuchaba ‘¡Qué vergüenza!’ y se iban unas; ‘¡Me voy!’, ‘Buf’ y se iban otras cuantas». En cambio, el anfiteatro siempre estaba atestado de señores sin acompañante. Finalmente, descubrió el motivo: «Un día ya me di cuenta de que eran tíos solos que iban con prismáticos para ver bien la mandanga de los que estaban en bolas en el escenario».
El petardeo también lo lleva Jorge en la sangre. A raíz de su espíritu cabaretero, volvió a hacerse muy conocido por un espectáculo que montó los domingos por la tarde que se llamaba ‘¡Qué maravilla! Una fiesta de señoras’. En ella lo mismo podía aparecer Maribel Verdú con su Goya por ‘Blancanieves’ debajo del brazo y una bolsa de El Corte Inglés —con quienes acababa de hacer una campaña— repartiendo manzanas entre el público como Vivian Caoba, la travesti más underground de Mallorca. La fiesta, años después, fue resucitada por un día para el cincuenta cumpleaños de Alaska y retrasmitido en su reality ‘Alaska y Mario’. Allí, Jorge hizo una versión aflamencada de la canción ‘Dramas y comedias’ que acabó incluyéndose en una reedición del disco de Fangoria, ‘Policromía’. Él también es el artífice, ya que nos metemos en terrenos musicales, de mezclar el ‘Como yo te amo’ de Rocío Jurado con la banda sonora de ‘Twin Peaks’. Este tema más adelante fue producido e interpretado por Bimba Bosé y su grupo The Cabriolets.
Podríamos seguir hablando de la carrera de Jorge Calvo hasta el infinito, ya que lleva más de tres décadas de trabajo a sus espaldas. De hecho, nunca le habían faltado los proyectos hasta hace unos años, cuando de pronto el teléfono dejó de sonar al tiempo que atravesaba una depresión: «Tuve una depresión larga que vino dada porque, en este caso, perdí a mi perro de una manera para mí bastante trágica. A eso se unió que de repente no había nada de trabajo, no había propuestas. Y cuando los actores no recibimos propuestas, pues claro, piensas que ya no interesas. Yo he estado ahora casi cuatro años sin trabajar y la cabeza te explota porque no sabes por qué». Por suerte, ese bache ya se superó y ahora tiene un montón de proyectos, tanto en cine como en teatro, de los que todavía no puede desvelar nada: «Hay una cosita de reparto en una serie, otra cosita, otra cosa, un poco más en otra y una función de teatro también. Y ahora me habían ofrecido otra que no he podido hacer. Pero como ahora las cosas no se pueden hablar… pues no te lo puedo decir». Habrá que esperar entonces a que este gran actor de reparto, heredero de otros imprescindibles como Emilio Laguna —también de Valladolid y amigo de su padre—, vuelva a aparecer aquí o allá para demostrar, como lleva años haciendo, su profundo amor a una profesión que es sostenida por los ‘sin nombre’. No obstante, por mucho que Jorge apele a la modestia, es innegable que su nombre ya se ha quedado grabado para siempre en la historia de la cultura interpretativa de nuestro país.




