Se trata de una escena cada vez más común: todos los años, a medida que se acerca San Valentín, una horda de hombres gays (dicho sea de paso, jóvenes, normativos y con buenos trabajos) hace pública su queja. ¿Por qué el resto del mundo tiene pareja y ellos no? ¿Acaso no se lo merecen, con todo lo que han trabajado para conseguir ese amor? Es el réquiem interpretado en el violín más pequeño del mundo.
Me burlo de la situación igual que aquella revista se burlaba de Carrie Bradshaw con su cara en portada bajo el titular ‘Single and Fabulous?’. Aun así, no se me escapa el ligero detalle de que, bueno, yo también me encuentro muy single y no demasiado fabulous. Al igual que decenas de maricas quejicas, yo tampoco sé ponerle solución a mi tormento. Las apps no parecen dar muchas salidas. Atrás quedan ya los días en que los speed datings copaban la sede del COGAM, con rondas de citas breves que no sobrepasaban los cinco minutos. Y, aunque el matchmaking se haya expandido para abrazar a todo tipo de orientaciones sexuales, no es especialmente amable con todos los bolsillos.
Hay que tirar de imaginación. Por eso, en mi empeño por encontrar el amor lejos de una pantalla, decido que me voy a apuntar a una cita a ciegas. Y como una no me parece suficiente, me apunto a cinco. Con un ligero matiz: todas van a ocurrir a la vez, y alrededor de una misma mesa.
Es uno de los planes que ofrece la plataforma online Bedazzling, que se dedica a organizar citas a ciegas convencionales y cenas con extraños (estas últimas, para grupos de hombres gays o de mujeres lesbianas). Cuando entro en su web, veo que tienen un encuentro previsto para dentro de unos días. Decido apuntarme.
Un, dos, tres… responda otra vez
Antes, sin embargo, Bedazzling quiere saber más de mí. Al fin y al cabo, afirman que en estas sesiones los perfiles se agrupan según criterios de afinidad. Primero, algunos datos básicos: nombre y apellidos, género y orientación sexual, edad y altura… Me preguntan por mi estado civil, si tengo (o quiero) descendencia, en qué ciudad busco planes y qué espero obtener de sus cenas. En nombre de la ciencia, marco todas las casillas: conocer gente nueva (código en clave para «tener sexo»), hacer amigos, una relación y probar otros restaurantes.
A continuación, Bedazzling me lanza algunas preguntas clásicas que harían las delicias de Perales. ¿A qué me dedico? ¿Soy más de perros o de gatos? ¿En qué ambientes me muevo? Y lo más importante: ¿creo en Dios, como Amaia Montero? A estas cuestiones de respuesta cerrada le siguen otras en las que la plataforma me pide posicionarme entre dos extremos: si soy más tímido o sociable, más conservador o liberal, si le hago más caso a mi parte racional o a la emocional y si mi estilo de vida es más relajado o estresado (a lo que me pregunto, ¿hay alguien que viva verdaderamente tranquilo hoy en día?).
Termino de rellenar mi perfil, pago los «gastos de gestión» del evento (14€ en los que no se incluye todavía el precio de la cena) y recibo un Whatsapp escueto con una dirección, una hora y una horquilla de edad para la cena. ¡Quién dijo que el romanticismo había muerto!
Los sospechosos habituales
Quedan pocos minutos para las nueve de la noche y yo me dirijo al restaurante donde nos han convocado. Es una tasca en plena calle Ponzano, una de las zonas de alterne por excelencia en el centro de Madrid, aunque más conocida por su pijerío que por su familiaridad con la comunidad LGTBI. No quiero hacer esperar a mis compañeros, pero tampoco quiero llegar pronto y ser yo quien aguante una espera incómoda. A medida que me acerco, una idea me da vueltas en la cabeza: solo una persona muy desvergonzada, o muy desesperada, se apuntaría a un plan así. No me considero ni lo uno ni lo otro: si esto fuera una de las preguntas de Bedazzling, me situaría entre ambas definiciones. Pero, ¿y el resto de comensales? ¿Qué motivos les traerán a este encuentro?
He aquí un breve perfil de mis cinco compañeros de mesa, cuyos nombres he modificado para proteger su privacidad:
_Kike (30 años). Natural de Ecuador, vive desde hace 13 años en Madrid. Vino a estudiar la carrera y se quedó. Se conoce la ciudad al dedillo; en especial, su oferta gastronómica y de la noche. Cuando entro al restaurante, él acaba de sentarse. Es el más hablador del grupo, y al que más noto con intención de ligar. Esta es su primera experiencia Bedazzling, pero casi todas las semanas se apunta a un plan con extraños.
_Alejandro (31 años). Ha sido el primero en llegar. Su familia también es original de Ecuador, pero se trasladó a Barcelona cuando tenía 7 años y desde entonces ha vivido allí. Es el único que no reside en la capital, tan solo la visita un par de noches al trimestre por temas de trabajo. Me siento entre Kike y él, lo cual termina siendo una decisión acertadísima: Kike es muy divertido y Alejandro es seguramente con quien mejores migas hago.
_Mauricio (32 años). Mexicano, llegó a España el pasado abril huyendo de una mala ruptura y con la tranquilidad de que gran parte de su familia ya vive aquí. A Madrid se trajo una perrita y un buen sueldo extranjero, que le permite vivir holgadamente. No le hace gracia cuando comentamos que los nómadas digitales (él) están contribuyendo a la gentrificación de nuestras ciudades. Llega apenas 5 minutos después de mí.
_John (32 años). Cuando entra por la puerta, lo primero que me sorprende es la alianza que lleva puesta en la mano izquierda. Creció a caballo entre Estados Unidos y Colombia, aunque se ve claramente que es de corazón yankee. Su historia es la más rocambolesca: casado con un militar reservista al que Trump ha destinado a una de sus bases en Europa del Este, se ha trasladado a Madrid con la excusa de estar un poco más cerca de él. También es expat, aunque a él no le molesta la observación.
_Manuel (34 años). Aparece casi una hora tarde, cuando ya no le esperábamos, y se disculpa con que un tema de trabajo le ha entretenido. Es, con diferencia, el personaje más extraño de la mesa, así como el más callado. Venezolano de origen, lleva unos cuatro años viviendo aquí. Lo único que recuerdo de él son los rizos demasiado cerrados que se hizo en un flequillo demasiado corto, y su decepción al probar el tatín de pera que se empeñó en pedir de postre.
¡Que empiecen los Juegos!
Arrancamos la cena con una ronda de presentaciones individuales (todas muy breves: nombre, edad y ocupación) mientras el resto de la mesa asiente en silencio, lo que nos asemeja más a una reunión de Alcohólicos Anónimos que a una cita a ciegas. Kike lanza al aire si es la primera vez que probamos un plan de Bedazzling. Resulta que todos somos novatos a excepción de Mauricio, que dice haber estado ya en una cena. Fue tranquila, nos cuenta, y fallaron dos de los seis comensales. Los cuatro restantes pasaron una velada agradable, pero no han mantenido gran contacto desde entonces. Llevamos unos escasos quince minutos juntos, pero ya me huelo que es lo mismo que va a pasar en este grupo.
¿Por qué, entonces, nos hemos lanzado a probar esta nueva plataforma? Kike y Alejandro coinciden en que el resto de aplicaciones no sirven para nada. A las habituales se suman algunas de las que nunca había oído hablar, como Timeleft o Meetup. Según me cuentan, son plataformas masivas en las que todo el mundo se apunta a un afterwork de jueves, unas copas de viernes… y terminan apareciendo poco más de tres personas. Así, la mayoría de planes son fallidos y, cuando sí funcionan, se les hacen muy incómodos. Los grupos, se quejan, suelen ser demasiado heterogéneos como para encontrar afinidades. También muy hetero, a secas. Kike relata alguna que otra experiencia incómoda en la que hombres han admitido apuntarse a un plan amistoso con el simple objetivo de llevarse a una mujer a la cama.
John y Mauricio añaden una preocupación: es muy difícil hacer amigos a partir de los treinta. La edad, al parecer, sigue siendo tema tabú. Ninguna de estas apps la verifica, por lo que es habitual que muchos de sus usuarios mientan. Kike me da un ejemplo: en un copeo de Timeleft, y poseída por el espíritu de Nadine Coyle, una mujer comentó distraídamente que acaba de cumplir los 50. En su perfil decía tener 35. No es, claro, ni la primera ni la última. Parezco ser el único de mis comensales que se ha dado cuenta de un pequeño detalle: Manuel ha dicho que está a punto de cumplir los 35 y el rango máximo de edad para esta cena era de 32. Si estiraron el límite inferior hasta los 25 para incluirme, ¿por qué no harían lo mismo por él? ¿O es que acaso no ha dicho tener la edad que realmente tiene? Como parece que le cobran por palabra hablada, prefiero no preguntar.
Qué buscamos cuando buscamos el amor
A medida que mis compañeros de mesa van compartiendo sus experiencias en este tipo de apps, me voy quedando con la sensación de que ninguna de ellas ofrece planes que puedan interesar mucho al público LGTBI. Por eso, me sorprendo al comprobar en casa que Meetup, por ejemplo, sí tiene planes específicos para el colectivo. Siendo asiduos a la plataforma, ¿por qué ninguno de ellos los ha mencionado? ¿Será que no los conocían? ¿O no les habrá interesado probarlos? Esto empieza a ser raro. Me paro a pensar. Un momento: un comensal casado, la conversación sobre apps para hacer planes con desconocidos… ¿es que acaso esto no era una cita a ciegas?
Por lo que veo, ninguno de ellos lo tiene demasiado claro. Mauricio dice que él ha venido aquí a conocer gente porque hacer amigos gays es muy complicado. Se queja de que, al final, ¡todos quieren acostarse con él! Me lo creería si no fuera porque, hasta ahora, no ha hecho el más mínimo esfuerzo en conocernos. Y mira que podría haber tirado por el estereotipo: si somos más de Gaga o Madonna, a quién nos gustaría ver en el próximo All Stars 2, qué planes tenemos para el Orgullo… Nada. Su única duda es saber cuál es la mejor parte del Retiro para hacer cruising. A John le ocurre algo parecido. Según él, se ha apuntado a la cena para expandir su círculo en Madrid porque, francamente, no quiere más amigas mujeres. Él quiere amigos gays. Por eso, precisamente, nos pregunta si recomendamos pasar una noche en el Strong y si la Tanga! es terreno exclusivo de musculocas. Hay que entenderle, acaba de llegar a la ciudad. ¿Quién no ha pensado en ir a hacer amigos a la sauna?
Alejandro, que lleva un rato callado y mirando el móvil, es el primero que propone marcharse; va a aprovechar que está en Madrid para bailar en un social de bachata. Yo me subo al carro de las excusas: es tarde (no son ni las once), ha sido una semana larga (llevo tres días de vacaciones) y mañana me toca madrugar mucho (no pienso salir de la cama antes de las diez). Mauricio dice de seguir con unas copas. A John parece que el plan le hace gracia, pero no demuestra el suficiente entusiasmo como para mantenerlo vivo y la idea muere. Tiene más suerte al proponer que creemos un grupo de Whatsapp. Quedamos en volver a vernos y, uno a uno y sin demasiada ceremonia, nos vamos separando.
Reviso los mensajes a la mañana siguiente. Mauricio dice que disfrutó mucho la noche. Al rato, Alejandro comparte una foto. Está pasando frente al Templo de Debod y se pregunta si habrá alguien haciendo cruising. John le pide que reporte movimientos. Él manda un vídeo desde su social y nos dice que solo puede reportar movimientos de bachata. Manuel, para sorpresa de nadie, sigue sin hablar.
Una mala noche (con cinco extraños) la tiene cualquiera
Han pasado semanas y yo sigo sin entender muy bien qué fue aquella cena. Todos los comensales terminaron diciendo que acudían con la idea de hacer amigos, aunque ninguno quiso esforzarse demasiado en entablar una verdadera amistad. ¿Acaso fui el único que se lo tomó como una cita a ciegas?
No lo creo. Kike lleva 13 años en Madrid y es una persona muy sociable, por lo que dudo que le falten amigos en cualquier ambiente por el que se mueva. Además, noté cómo intentaba ligar con Mauricio (no funcionó). Tampoco me creo eso de que John solo buscara amistades, por mucho que cargara con una alianza en la mano y una relación monógama bajo el brazo. Y luego está Alejandro: si solo pasas en Madrid unos días cada tres o cuatro meses, ¿para qué te interesa tener un grupo de amigos allí?
Puede ser, entonces, que lo que mis compañeros buscaran no fuera amistad. Puede que ellos también estén sufriendo ese app burnout del que, seamos sinceros, ninguno escapamos, y hayan querido buscar un polvo que no estuviera mediado por una aplicación. Puede que se estén engañando a sí mismos y digan que buscan amistad porque no son capaces de admitirse su propio deseo.
O quizás no. Quizás solo les esté juzgando porque yo sí buscaba ligar fuera de una app y no lo conseguí. Quizás ellos, en el fondo (muy fondo), sí querían hacer nuevos amigos. Quizás yo fui el único que marcó la opción de citas en mi perfil y el pool de suscriptores LGTBI con el que trabaja Bedazzling sea tan pequeño que no nos unieran por afinidad o intereses, sino porque fuimos los únicos seis maricas que se apuntaron a aquella cita. Quizás las mujeres lesbianas que se reunían a la misma hora que nosotros pero en otro restaurante se hayan hecho amigas, amiguísimas, tanto que haya surgido el amor entre ellas, ¡entre las seis a la vez! Quién sabe. Mendicutti decía que una mala noche la tiene cualquiera. Ya me gustaría ver cómo se las hubiera apañado él estando en mi lugar.




