Vicente Ferrer tenía todos los ingredientes para convertirse en víctima. Y, de hecho, lo fue. Fue víctima de un agresor sin escrúpulos, encarnado en la figura de su profesor de Educación Física, que aprovechó la vulnerabilidad infantil para ejercer una violencia sexual a través de la manipulación de un consentimiento no madurado. Por suerte, este agresor fue denunciado por otras víctimas, lo que le llevó a ser juzgado y condenado a una pena de cárcel tras un juicio mediatizado en los años noventa. Pero Vicente, sin embargo, nunca habló de ello. Incluso lo negó todo ante la pregunta directa de sus padres cuando escucharon por televisión el nombre del individuo que había estado tan cerca de su hijo. Un «no, mamá» categórico que cerró la puerta durante años a verbalizar lo ocurrido.
No obstante, y tras un arduo trabajo de gestión emocional siendo ya adulto con la ayuda de la Fundación Vicki Bernadet, Vicente se decidió a contarlo de forma pública. Pero no lo hizo a través de una entrevista, ni de un comunicado. Ni siquiera junto a una asociación o colectivo. Vicente, gracias a su vocación literaria, decidió ponerse manos a la obra y construir un relato de autoficción en el que su alter ego narrativo, el pequeño Vicentín, le iba a ayudar a canalizar tantas cosas no dichas a lo largo de tres décadas. ¿El resultado de este proceso? ‘Despiece’, una novela publicada por la editorial Dos Bigotes que acaba de ver la luz hace pocas semanas.
Decía al principio que Vicente Ferrer tenía todos los ingredientes para convertirse en víctima, pero quería decir más bien que Vicente tenía todos los ingredientes para instalarse en el rol de víctima. Ante hechos traumáticos de tal calado, es más que comprensible que la construcción de la experiencia vital gire en torno a esos hechos, algo que supone un navajazo a la identidad y que es capaz de rasgar de arriba abajo esa capa tan personal que llamamos intimidad. En cambio, Vicente Ferrer ha optado por hacer justo lo contrario. ‘Despiece’ es un retrato que casi podríamos considerar luminoso al lograr desplazar el trauma a un margen del relato y dejar paso a otras facetas de un niño criado en Valencia, hijo de un matrimonio de carniceros y una hermana con sus tonterías de adolescencia. «Hay un tema con ser víctima que parece que solo puedas ser eso. Y, además, tienes que ser una víctima perfecta», nos cuenta Vicente en los estudios de Six, «pero incluso en los momentos en los que está pasando ese suceso traumático hay más cosas además del dolor». Esta afirmación Ferrer la ha querido dejar claramente reflejada en el recorrido narrativo de su ópera prima, puesto que en la novela se nos presenta el abuso como algo que se mira de reojo, que está siempre presente, pero que no ocupa todo el campo de visión.
Por la obra desfilan muchos otros temas relacionados con la cuestión de clase, con la infancia o con el costumbrismo noventero —la imagen de los calendarios de Oscar Mayer de los años ochenta amontonados en el despacho de la carnicería de los padres es exquisita—. También se toca un asunto que, quizá, es compartido con gran parte de la población LGTBIQ+ y que tiene que ver con la necesidad de compensar la supuesta decepción que generamos al no ser como la sociedad pretende que seamos. En la novela, Vicentín es un niño siempre obediente, de notas excelentes y comportamiento intachable que aspira a la perfección: «No sé si diría perfección, pero sí búsqueda de la validación, del aprecio de los demás, de amor», resuelve Ferrer. Señala, además, el perverso mecanismo que opera en la sociedad para lograr que el niño marica perciba su ‘anormalidad’, especialmente cuando miramos hacia décadas pasadas: «En los años noventa los mensajes que había en torno a la orientación sexual, a la diversidad de género, al estado de las personas que conviven con VIH, a los feminismos, feminicidios, violencias sexuales, etc… Todo esto apenas se hablaba y, cuando se hablaba, en muchas ocasiones era para hacer mofa. Un niño, aunque tú no le digas que ser maricón está mal, si ve algo en la televisión, ve los comentarios que hacen los padres, los compañeros o los profesores… Eso se le queda impregnado, son señales de que eso está mal».

‘Despiece’ también reflexiona acerca de lo que ocurre a nivel legislativo cuando la persona abusada consigue, por fin, enfrentar el trauma, verbalizarlo y exigir reparación. En la novela nos encontramos con un fragmento que refleja a la perfección este sentimiento de impotencia que sienten algunas víctimas ante la impunidad que concede la prescripción de los delitos: «La memoria no es la única que se diluye con el tiempo: la justicia también tiene fecha de caducidad. Tras cada violación, el agresor voltea el reloj de arena de la prescripción. El sistema judicial nos dice: denuncia los delitos. El sistema judicial también nos dice: es demasiado tarde, nada puedes hacer, han pasado treinta años, olvídate». Con respecto a esta cuestión, Vicente añade: «Yo quitaría la prescripción, en algunos países no la hay, pero para mí lo más importante es que se hable del tema, que haya educación al respecto. Que los niños sean capaces de identificarlo gracias a conversaciones con la familia, pero también a políticas de educación». Y aquí entramos en un terreno pantanoso, por mucho que Ferrer haga hincapié en que esto no debería ser un tema ni de derechas ni de izquierdas. Sin embargo, también tiene claro que es considerado un tema tabú porque tiene que ver con el despertar sexual de la infancia. «Es muy difícil, casi utópico, decir: ‘Vamos a impedir que ocurran abusos sexuales en la infancia’. No creo que eso se pueda impedir, lo que sí se puede trabajar es que, en cuanto eso ocurra, los niños estén preparados para identificarlo, que haya instituciones que estén preparadas para acogerlo y que también haya una concienciación social», señala Ferrer en cuanto a los mecanismos que deberían operar para conseguir amortiguar los daños causados por el abuso infantil.
Otro de los grandes pilares para afrontar este gran fantasma de pesada cadena es el entorno más inmediato. Cuando Vicente se atrevió a contar lo que le ocurrió, encontró un apoyo sin fisuras por parte de su familia y amigos. Después, cuando les comunicó que iba a ver la luz esta historia —con datos modificados para evitar problemas legales con el agresor—, el soporte fue similar, algo imprescindible si tenemos en cuenta que la novela no solo expone su intimidad, sino también la de sus seres queridos: «Todos entendemos que no hay nada de lo que avergonzarse, que no hay nada que temer. Al contrario, solo hay cosas por celebrar y, en el fondo, lo que están haciendo es darme un apoyo increíble y recordándome que están ahí para todo».
‘Despiece’ es, en definitiva, un relato que canaliza el dolor para conseguir liberarse de la encorsetada categoría, a veces limitante, de víctima. Vicentín es muchas otras cosas más que un niño abusado y Vicente es muchas otras cosas más que un adulto que se enfrenta al trauma a través de la literatura. Este es, quizá, el mejor mensaje que nos puede transmitir una obra que quiere romper con el lugar en el que la sociedad parece querer colocarlos. Hay vida más allá del abuso. La había antes y la hay después. Eso es lo que Vicente ha querido contarnos y, a juzgar por el resultado, ha conseguido con creces: un testimonio personal que no es otra cosa que una forma de impartir la justicia que la legislación, en cierta forma, le ha negado.




