Partir de una historia personal para abordar un tema social. Así es el cine de Maryam Touzani, universal. La directora marroquí será la encargada de inaugurar el Festival de Málaga con ‘Calle Málaga’, una historia de una mujer de la tercera edad, encarnada por Carmen Maura, a la que su hija quiere echar de su casa y que, en ese camino, redescubre el amor y la sexualidad. La cineasta pone el foco, una vez más, en historias invisibles, como ya hizo con ‘El caftán azul’, cinta que consiguió ser nominada al Oscar y que trata la homosexualidad en el mundo árabe.
La película ‘Calle Málaga’ se estrena aquí en Málaga y además abre el Festival en el Teatro Cervantes. ¿Qué significa para ti presentar la película en un lugar tan simbólico?
Es cerrar un círculo. Abrir aquí es algo muy bonito y muy emocionante para mí, porque es la primera vez que la película va a ser vista por un público español. Volver a Málaga tiene un componente muy personal. Mi abuela era andaluza y tengo mucha familia del sur: ver a toda mi familia aquí, viniendo a ver la película, también tiene una carga emocional muy grande. Y luego está el Teatro Cervantes, que en Tánger también hay uno y tiene una historia muy interesante. Fue construido a comienzos del siglo XX por una pareja de españoles que creían profundamente en la cultura en un momento en el que casi nadie apostaba por ella. Durante décadas acogió a artistas muy importantes y después permaneció cerrado durante 50 años. Ahora va a volver a abrir y que nuestra película se estrene en un Cervantes, aquí en Málaga, tiene algo muy simbólico. La película habla también de la memoria, del paso del tiempo y de resistir, así que hay algo muy bonito en todo esto.
En tu cine sueles contar historias de personajes que muchas veces quedan invisibilizados. En este caso, una mujer mayor que está a punto de perder su casa. ¿Qué te interesa de estas vulnerabilidades?
Es verdad que los personajes que me interesan suelen ser personas que no pueden vivir plenamente lo que desean. De alguna manera siempre hay algo que viven casi en secreto, algo que no pueden expresar abiertamente sobre la forma en la que quieren vivir su vida. Esos personajes me llegan mucho al alma. Cada uno tiene sus propias problemáticas, pero todos comparten esa sensación de no poder vivir libremente por distintas razones. En el caso de María Ángeles, está su relación con su hija, está la cuestión de la casa, pero también la manera en que la sociedad trata a las personas mayores. Hay muchas imposiciones silenciosas sobre la vejez. No se dicen abiertamente, pero existen: expectativas sobre cómo debes comportarte, sobre lo que puedes o no puedes hacer. Y el cine para mí también es una manera de dar libertad a esos personajes y de hablar de todo eso.
La película también aborda el amor y la sexualidad en la tercera edad, algo poco habitual en el cine. ¿Por qué te parecía importante tratarlo?
Porque creo que hay una gran injusticia en cómo la sociedad trata este tema. Cuando eres joven, la sexualidad se celebra, se habla de ella abiertamente. Pero cuando una persona envejece, parece convertirse en algo tabú, casi vergonzoso. Nunca lo he entendido. La vitalidad, el amor por la vida y lo que sentimos por dentro siguen ahí. La persona que somos sigue siendo la misma; lo que envejece es el cuerpo. Y, sin embargo, existe una imposición muy fuerte que dice que ya no deberías desear o vivir ciertas cosas. Yo quería que María Ángeles se liberara de todo eso. Que pudiera decir: soy libre de vivir como quiero, de envejecer como quiero, de gozar de mi cuerpo, de descubrir cosas nuevas. También quería que hablara de sexualidad abiertamente, porque no estamos acostumbrados a escuchar esas palabras en boca de una persona mayor.
Y más aún cuando se trata de una mujer.
Exacto. Y también con los cuerpos que envejecen. En el cine, como en la sociedad, los cuerpos mayores se esconden o se borran. Yo quería hacer lo contrario: celebrar el envejecimiento. Envejecer es una suerte, y eso también quería celebrarlo a través de la película.
Tus películas parten de historias muy íntimas, pero terminan abordando temas sociales e incluso políticos. ¿Cómo se produce ese paso de lo personal a lo colectivo?
Creo que sucede porque los personajes llevan consigo sus propias problemáticas. Cuando escribo, nunca pienso en tratar una cuestión social concreta. Es algo que surge de forma natural. Los personajes nacen porque me han emocionado o me han cuestionado en algún momento. Viven dentro de mí durante mucho tiempo y, con ellos, vienen también sus conflictos. Y al final todo lo íntimo tiene una dimensión social. Lo personal siempre acaba reflejando algo que también forma parte de la sociedad.

En ‘El caftán azul’ abordaste la homosexualidad dentro de un matrimonio en Marruecos. ¿Cómo nació esa historia?
Curiosamente nació mientras rodaba mi primera película, ‘Adam’. Estaba buscando una peluquería en la medina de Casablanca para una escena y encontré una en la que un hombre peinaba a mujeres, algo que no es habitual. Hablé mucho con él y sentí algo muy fuerte que me llevó a recuerdos de mi infancia. Yo había crecido escuchando historias contadas a media voz sobre matrimonios en los que el marido tenía que vivir su homosexualidad en secreto. Ese encuentro me hizo preguntarme cómo sería vivir así: tener que ponerse una máscara todos los días y pretender ser alguien que no eres porque no tienes otra elección. Me parecía algo muy duro, y de ahí nació la película.
La película tuvo una gran repercusión internacional. ¿Te sorprendió la forma en la que conectó con públicos tan diferentes?
Lo más bonito fue comprobar que las reacciones siempre se centraban en el aspecto humano de la historia. La situación social existe, por supuesto, pero lo que realmente tocaba al público era lo que vivían los personajes. La película viajó por todo el mundo y encontró públicos muy distintos, pero la conexión era siempre la misma: la empatía con los personajes y con lo que sentían.
En Europa muchas veces se habla de la homosexualidad en el mundo árabe desde una mirada muy simplificada. ¿Qué matices faltan en esas conversaciones?
Hay muchos prejuicios e ideas preconcebidas. Es importante intentar dejarlos a un lado. Cada persona tiene su historia y su realidad. El contexto social es importante, claro, pero lo esencial es no generalizar y mirar lo humano que hay dentro de cada historia.
¿Cómo describirías la situación del colectivo LGTBI en Marruecos?
Es una situación compleja. Las leyes siguen siendo las que son, pero la gente también vive su vida. Existe una presión social muy fuerte, ligada a la tradición y a la cultura, pero también hay una libertad que desde fuera muchas veces no se ve. Hay cosas que existen pero que no se viven abiertamente. Por eso digo que es una sociedad compleja, con personas muy conservadoras y otras muy abiertas. Y eso ocurre en muchos países del mundo.
¿Crees que ‘El caftán azul’ ha contribuido a cambiar algunas miradas?
Creo que sí. He vivido momentos muy emocionantes después de algunas proyecciones. Recuerdo, por ejemplo, a una mujer que se me acercó después de ver la película y me dijo: ‘Si mi hijo viene algún día y me dice que es gay, ahora lo entenderé’. También recuerdo a una chica marroquí que vive en Francia que dijo que había entrado a la película llena de prejuicios y que algo había cambiado en ella al verla. Para mí, ese es el poder del cine: cambiar poco a poco la mirada. Cuando acompañas a un personaje durante dos horas, cuando sientes con él, lloras con él o te ríes con él, ya no puedes salir exactamente igual de la sala. Cambiar una mirada, luego otra, luego otra… así es como las sociedades avanzan. Y por eso para mí lo esencial es llegar al corazón. Porque cuando el corazón cambia, lo demás puede empezar a cambiar también.




