Una pantalla enorme con luz blanca silueteaba al MC del concierto de Jane Remover en Coachella, el pasado domingo. En la retransmisión de YouTube, en directo, se apreciaba cómo los flashes de los focos iluminaban a su vez miles de smartphones en alta para grabar la aparición de la artista. Beats de trap, un micro hipersaturado, tintes screamo y una apuesta digicore que vio a Remover aparecer en el escenario Sonora con un outfit de cowgirl de cuero. Se trataba de uno de los momentos más esperados del festival, que pone la guinda a la carrera de la artista que en apenas unos años se ha convertido en un nombre esencial del pop experimental, habiendo debutado en festivales como Primavera o Lollapalooza, y agotado todas sus giras.
‘Music Baby’, su último single, es imaginar los sonidos de Radiohead o Pearl Jam como si los escuchásemos en un retro futuro donde la música ha sido intervenida completamente por la tecnología. No es casualidad que se repitan odas al amor hacia la creación de música por una tanda de artistas que encuentran en ella una salvación, una expresión, una forma total de entender y habitar la vida. Pero, ¿cómo suena una generación que ya no distingue entre memoria, archivo y simulación?

Es complicado definir la música y el estilo de Jane Remover, pero esta icónica actuación (que se repite este fin de semana) deja entrever cómo la cultura hip-hop es esencial para entender los sonidos y las narrativas de muchas de las artistas musicales que están dando forma a la música actual. Tanto en el formato del directo, como en las letras de sus canciones, pero sobre todo con una actitud que encierra muchas capas. Si pensamos en la legendaria película ‘Party Monster’, de Fenton Bailey y Randy Barbato, podríamos pensar en Jane Remover como una especie de actualización de esta idea. El film narraba la historia de los chicos del club (Club Kids), una generación de personalidades artísticas que destacó por el comportamiento extravagante de sus miembros y sus disfraces exagerados. Curiosamente, la película es de 2003, el mismo año en el que nació Jane en New Jersey. Ahora el underground está resituado en una generación de artistas que se relacionan, crean y difunden sus trabajos en internet. Y a menudo es difícil encontrar artistas queer en otras escenas que no sea el pop más visible.
Según su biografía, Jane quería ser de mayor cazadora de tormentas o meteoróloga. Su interés por la producción musical comenzó a darse en 2011, inspirada por productores de dubstep, EDM o hip hop como Skrillex, Kill the Noise, Porter Robinson, Trippie Redd, Earl Sweatshirt, Tyler, the Creator o Virtual Riot. Debutó en 2021 con ‘Teen Week’, un EP que ya articulaba temas relacionados con la adolescencia. La historia de la artista está ligada a la de SoundCloud, una plataforma que trascendió su estructura para llegar a convertirse en un contenedor de géneros y posibilidades que el pop de la primera década de 2000 no estaba preparado para acoger en el mainstream.
Su música es versátil, y traduce una experiencia generacional específica: la de quienes crecieron dentro de internet, no como herramienta, sino como hábitat. Desde sus primeros trabajos hasta Frailty (2021), su debut, ya se intuía una sensibilidad poco común para entender el sonido como materia emocional. Aquella obra, nacida en pleno auge del digicore y el hyperpop, no era simplemente una colección de canciones: era un archivo sentimental comprimido, saturado de distorsión, nostalgia digital y ansiedad adolescente. No sorprende que publicaciones como Pitchfork lo situaran entre lo mejor de su año. Resulta más revelador cómo ese reconocimiento no domesticó su propuesta, sino que la empujó hacia terrenos aún más inestables. Si Frailty funcionaba como cartografía emocional de internet, Census Designated (2023) supuso una especie de desplazamiento físico: guitarras, estructuras más cercanas al rock alternativo -una intuición que se está resolviendo hoy en día como tendencia-, una materialidad que parecía querer salir de la pantalla, y para el que la artista confesó haberse inspirado en Ethel Cain. En ese giro hacia lo orgánico persistía una sensación de artificialidad latente, como si lo analógico ya no pudiese existir sin ser atravesado por lo digital.
Y entonces llega ‘Revengeseekerz’ (2025), su tercer y más reciente álbum con el que confirmó su estatus como una de las figuras más inquietas de su generación y con el que lleva su lenguaje hasta el límite. Es, en palabras de la crítica, un trabajo «cambiante, maximalista y sin bordes visibles». Más allá de los adjetivos, lo que ocurre en ‘Revengeseekerz’ es una implosión de géneros electrónicos que conviven en un estado de fricción constante, como si cada género intentara imponerse sobre otros sin lograr fijar una jerarquía estable. Canciones como ‘JRJRJR’ despliegan una lírica casi maníaca, repetitiva, donde la identidad se fragmenta en loops verbales que refuerzan esa sensación de sobrecarga mental. ‘Dancing with your eyes closed’ funciona como una ráfaga, introduce una dimensión más introspectiva, articulando la evasión como forma de supervivencia emocional, casi como si bailar fuese una manera de desaparecer sin irse del todo. ‘Psychoboost’, junto a Danny Brown, propone una dimensión más caótica y agresiva, donde el hip-hop se diluye entre capas de distorsión digital. En paralelo, temas como ‘angels in camo’ o ‘Dreamflasher’ abren espacios más atmosféricos y se mueven en un terreno más difuso, casi onírico, con una narrativa fragmentada que parece surgir y desvanecerse al mismo tiempo. El conjunto funciona como un sistema en tensión constante, donde cada canción parece empujar los límites de la anterior.

De la misma forma que la artista inventa otros cuerpos desde los que seguir creando, salta de un género a otro. Ahí entra venturing. Este proyecto paralelo, concebido como una banda ficticia con su propia mitología, se mueve en la contención: slowcore, shoegaze, ambient, guitarras que se diluyen en el espacio. Su álbum Ghostholding (2025) plantea una pregunta interesante: ¿puede una artista escapar de su propio sonido creando otro? La respuesta permanece abierta. Incluso en la aparente calma de venturing se percibe una tensión subterránea, una sensación de ficción. La historia inventada de la banda (formada en los noventa, disuelta tras la muerte de su batería) evidencia que toda identidad artística es, en cierto modo, una construcción narrativa. Y en el caso de Jane Remover, esa construcción está atravesada también por su identidad como persona trans no binaria. Su música dialoga con una genealogía de artistas trans que han encontrado en la electrónica y la producción digital un espacio de experimentación formal y política. En ese exceso aparece algo profundamente humano: humor, rabia, vulnerabilidad. Una emocionalidad que se articula desde el ruido. Quizás por eso su obra conecta con una generación que ha aprendido a sentir de forma fragmentada.
Su último EP, ♡, funciona como una extensión emocional de ‘Revengeseekerz’, un espacio donde la intensidad del álbum se transforma en recuerdo y euforia. A través de temas como ‘Flash in the Pan’ o ‘Dream Sequence’, Jane Remover recupera momentos fugaces y los estira hasta convertirlos en atmósferas casi táctiles, mientras que ‘Magic I Want U’ o la versión expandida de ‘How to Teleport’ exploran esa sensación de amor, amistad y desorientación propia de una noche que parece no terminar nunca.
Hay una parte importante de la generación hyperpop que muestra en sus visuales cierta imagen descuidada, en detalles como la resolución de sus videos, su forma de vestir, o un marcado carácter adolescente a la hora de afrontar la vida. Desde un punto de vista sociológico esto tiene sentido: hablamos de jóvenes con talento que han crecido con innumerables referencias, imposiciones sobre lo que es bueno y legendario, una idea de futuro inasumible para la gran mayoría, y cierto derrotismo frente a sus posibilidades. Ellas crean desde ahí, desde la incertidumbre y la pérdida de una batalla que no se les ha permitido luchar. Por eso sus propuestas son hedonistas pero deprimidas (más que depresivas): existe una tremenda fortaleza no reconocida en artistas queer de la generación Z que reside en la capacidad de usar un talento extremo para crear obras avanzadas que hablan de la complejidad del mundo actual. Es en el maximalismo de su sonido donde se cruzan miles de posibilidades de su imaginación. No es DIY; es una/su forma de existencia cultural.
«Es realmente lo único que me motiva. Si no estoy enamorada, no puedo componer música», declaraba la artista a Teen Vogue en 2025. Escuchar a Jane Remover en 2026 implica encontrarse con una artista que no solo está definiendo su sonido, sino contribuyendo a definir el de una generación entera. Una generación que ha heredado un mundo saturado de información, imágenes y ruido, y que ha decidido no simplificarlo, sino habitarlo en toda su complejidad. Y a pesar de ello, como tantos otros artistas a lo largo de la historia, continúan la búsqueda del amor en lugares tan diversos como un reducido pero frenético escenario de Coachella: paradigma de la modernidad cultural que esconde joyas como el encuentro entre Jane y sus fans, y el amor de verdad por la música.




