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Festival de Málaga

Vicky Calavia conquista el Albéniz con la mirada de Raquel Meller. «Se gustaba, sabía que estaba creando un mito»

La directora abre el archivo personal de la leyenda española en 'Insumisa y Divina. Raquel Meller', el documental que recupera a la cupletista en el Festival de Málaga

Festival de Málaga Clemen Solana
La cineasta Vicky Calavia en una instantánea en el Albéniz durante la entrevista. Clemen Solana
Festival de Málaga Clemen Solana

No es un lunes cualquiera si se habla de Raquel Meller. La casualidad ha querido que el día del estreno de su documental coincida con el de su nacimiento 138 años después. Por eso, Vicky Calavia, la directora de ‘Insumisa y Divina. Raquel Meller’, pisa las tablas del Albéniz con garbo inusual a primera hora de la mañana. Fue la diosa de la frivolidad en la España que gestaba gitanas floristas en el cine. Y perteneció al ‘star system’ desde un género que tacharon de putiferio bajuno, el cuplé, pero que caía en gracia de la burguesía. «Raquel Meller es el espejo del siglo XX», dice.

Le gusta a Vicky Calavia (Zaragoza, 1971) recuperar a personajes del olvido porque su abuelo, portento de la zarzuela, se vio abocado a la frustración artística por razones de la época. Más aún, si la figura es mujer y paisana. Ahí entra el mito Raquel Meller, una «diva» previa a las de Hollywood que consiguió ser la primera estrella de la cultura de masas. Fue un fracaso, su niñez, que le sirvió para «agitar» su vida. Criada por una monja clarisa en Montpellier, su tía, colgó los hábitos para mudarse a Barcelona con su madre. Poco más se sabe de una infancia que edulcoró en unas misivas de 1921 para olvidar el asesinato que perpetró su padre. «Ella recrea su vida para tapar muchos aspectos y tiene todo el derecho, por eso es un mito», argumenta la directora.

Género denostado

La necesidad económica llevaría a la joven Francisca Marqués a participar en el mundo de las ‘varietés’. La pulsión sexual de una España reprimida se suplía con las canciones ligeras que las chicas jóvenes interpretaban en los cabarés. La Bella Raquel –como se conocía en los inicios– cantaría en el género sicalíptico aquello de:

Mariana es una moza/
bonita de verdad/
que tiene relaciones/
con su primito Blas/

Paca, Mariana o la célebre Raquel no era una más. Tenía la cara embriagada, sabía interpretar y su calidad artística sorprendía, cuenta Calavia. Su versión de ‘El Relicario’ es la más conocida. Sin perdón de Sara Montiel –la otra morena de la calesa–, a quién llegó a «odiar», optó por una mantilla negra y un foco para debutar en el Teatro Arnau en 1911. Al día siguiente, todo el mundo tarareaba la historia del torero con más tronío de Madrid. Y así sucederían sus papeles en el cine, siendo las dos ‘Violetas Imperiales’ –la muda y la sonora– el culmen de la vida en la gran pantalla de la cantante que menos estrenos necesitó para triunfar.

El documental ofrece el propio archivo de Meller, custodiado ahora por el Ayuntamiento de Tarazona. No falta el contenido audiovisual con el que Calavia ha trabajado los últimos seis años. «El problema con Meller es el exceso de material», declara. Lo sabe porque ha tenido acceso a los álbumes con lo que la propia cupletista se celebraba. Recortes de prensa, fotos y los escritos que atesoraba han servido para acercar la figura al público y para saber que se gustaba. Ha pasado por las filmotecas española, catalana y francesa en un trabajo que «descubre» a la artista que refinó el cuplé y quien consiguió 23 subidas de telón en el Metropolitan de Nueva York.

Cliché español

Si Raquel Meller es el «símbolo» del siglo XX se debe, en parte, a los coletazos de la revolución industrial. La sociedad en masa se asombró de aquella cara de alabastro que sólo dejaba ver ojos y boca en el cine popular del incipiente desarrollo. Cantaba ‘La Violetera’ y sollozaba, consiguiendo la «empatía» del público. Su capacidad artística catapultó los tópicos españoles al estado de arte. «Sólo ella conseguía eso, por eso decía de Sara Montiel que era una burda imitadora», aclara. Precisamente, la base aglutinadora del cuplé posibilitaba nuevas temáticas que olvidaron a Meller frente a la nueva generación. «Injustamente se le olvida, es lógico su enfado», enfatiza Calavia sobre los años posteriores a la Guerra Civil.

Cartel del documental ‘Insumisa y Divina. Raquel Meller’. Cedida

El carácter insumiso al que alega el título del documental le llegaría a pasar factura. La filmación de ‘Carmen’ en 1926 bastó para que Jacques Feyder, el director, tarifara con la artista. Se negó al beso que escribió Prosper Mérimée para el arquetipo de mujer española al que la cultura francesa revisitaba sin demasiado empaque. «Carmen era la mujer fatal y Meller quería algo más inocente», describe Calavia, quien justifica la decisión. Así, crea un paralelismo sobre las escenas consensuadas en los rodajes de hoy día para establecer los límites de la intimidad.

La nostalgia convivió con la ya no joven Carmen las últimas dos décadas. Apenas cumplía el medio siglo, pero la sociedad la tachaba de vieja. Encorsetada a los actos populares, apenas se deja ver en público. La razón por no continuar su filmografía pasaba por no rendirse ante el cine de «pandereta» que precipitó el franquismo hasta ya entrada la Transición. «Ella venía de un cine de calidad y era menos sumisa al Régimen que otras folclóricas que todos conocemos», matiza la directora de una de las figuras «más valientes» de la vida social.

Ostracismo

El Teatro Victoria la vitoreó para 1957 con clavel en mano. Serían sus últimas imágenes antes de morir en 1962 de manera prematura. Reubicada en Barcelona, censuró que su imagen se vendiera a la decadencia. Poco a poco, malvendería su importante patrimonio para hacer frente a una economía que menguaba para la segunda mitad del siglo XX. El palacete de Versalles, la villa de Niza y los apartamentos de Bolonia ya eran pasado y los días rodeada por sus cuadros un nuevo presente que la directora ha querido obviar. «Ella era buena regaladora, daba sus collares, pero no murió arruinada», sostiene sobre quien comprara el mismísimo piano de Mozart.

Los últimos días de Meller se hacen eco de la leyenda romántica española. «No podría ser de otra forma», responde la cineasta. Ataviada con una mantilla paseaba por La Diagonal de Barcelona a altas horas de la noche con cierto halo de misterio. «Rezaba para ella misma, se metía en alguna iglesia y volvía a casa con sus gatos». Cuentan que repetía sus canciones a falta de espacios y dijo aquello de «nadie me ha querido». La relación con los dos hijos que adoptara no fue la mejor y morirían tras el fallecimiento de esta. Tampoco sus amores triunfaron. «Siempre buscó una figura paterna», sostiene.

La directora celebra ahora el visionado del documental en los cines Albéniz, el «entorno natural» de Meller. Uno de los testimonios más cercanos a la artista es el de su sobrina nieta, Dolores Tutor Berdonces, la voz más ligada a la cupletista que cuenta los detalles más desconocidos de la Meller. Así se cuenta: «Cuando te sale la maña, eres imposible». Esa Raquel, que como dijo Manuel Machado, hizo por su aquel, su genio y su sal, el nombre de Raquel una vez más inmortal.

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