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Festival de Málaga

Andrea y sus pantalones rosas: la historia del adolescente italiano que se quitó la vida tras sufrir acoso escolar

'El chico de los pantalones rosas', presentado en el Festival de Málaga, ahonda en los estrechos límites de una masculinidad que funciona como un sistema de normas no escritas que delimita lo aceptable y castiga cualquier desviación

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Estupenda Márquez

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Una imagen de la película.
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A los hombres se les enseña desde muy pequeños que hay una línea que no pueden cruzar, la de parecer sensibles, distintos o femeninos. La masculinidad funciona como un sistema de normas no escritas que delimita lo aceptable y castiga cualquier desviación, de modo que quien no encaja en ese modelo aprende pronto que la diferencia tiene consecuencias.

La historia de Andrea Spezzacatena, el adolescente italiano cuya vida inspira ‘El chico de los pantalones rosas’, permite observar con una claridad incómoda cómo opera ese mecanismo. Andrea tenía quince años cuando decidió quitarse la vida tras sufrir acoso escolar. La película dirigida por Margherita Ferri, presentada en el Festival de Málaga, intenta reconstruir esa historia centrándose en el proceso que condujo a la tragedia, en lugar de recrearse directamente en ella.

Andrea llega a un nuevo colegio donde intenta encontrar su lugar, hasta que un pequeño incidente doméstico convierte unos pantalones rojos en pantalones rosas. Ese detalle funciona como detonante simbólico del conflicto, que en realidad no gira tanto en torno a la prenda como alrededor de un chico que parece no encajar en los mandatos de la masculinidad hegemónica. En la adolescencia, cuando encajar en el grupo se vuelve fundamental, cualquier gesto que se perciba como diferente puede convertirse rápidamente en motivo de burla o exclusión.

La propia directora ha explicado que uno de sus intereses al abordar esta historia era reflexionar sobre cómo se construye la masculinidad y sobre la presión que ejercen las expectativas sociales en la vida de los jóvenes. En ese sentido, la película intenta mirar no solo a la víctima, sino también al ecosistema que hace posible esa violencia.

Y sin embargo hay algo desconcertante al verla. Una historia tan brutal aparece retratada de una manera sorprendentemente suave. La crueldad del acoso apenas se muestra de forma directa, como si el relato optara deliberadamente por mantenerse en un registro contenido. La violencia está ahí, pero aparece sugerida, amortiguada e incluso, a veces, desplazada hacia los márgenes del relato.

En cierto modo ocurre algo parecido con la figura del agresor. La película lo muestra como alguien que protagoniza algunos momentos de crueldad puntual, pero cuesta no preguntarse hasta qué punto esa representación se queda corta. Me recuerda a cuando hablamos de violencia en general y parece que necesitamos ver un ojo morado para reconocerla, como si lo que no deja una marca visible no fuera realmente violencia.

No es fácil saber si esa elección responde a una decisión narrativa o a los límites inevitables de una historia que, en buena medida, se reconstruye a partir de lo que pudo saberse después. Qué ocurrió realmente en el día a día de Andrea es algo que probablemente nunca podremos conocer del todo, y tal vez por eso la película evita recrearse en el horror.

La historia se sitúa en 2012, en un contexto que ya pertenece plenamente a nuestro presente, el de las redes sociales, ese espacio ambiguo en el que hoy se construyen muchas de nuestras relaciones. Internet puede ser un lugar extraordinario para aprender, para encontrarse con otras personas y para crear comunidad, pero también puede convertirse con la misma facilidad en un territorio sórdido donde la violencia se amplifica y donde el odio y la crueldad encuentran una audiencia inmediata.

Hay otra idea que atraviesa toda la película y que resulta difícil ignorar: el silencio. No solo el silencio de quien sufre el acoso, también el de quienes lo presencian y el de quienes prefieren mirar hacia otro lado. El bullying rara vez es un conflicto entre dos personas, necesita un entorno que lo tolere, lo banalice y lo deje pasar para poder sostenerse.

Desde esa perspectiva, ‘El chico de los pantalones rosas’ funciona como una reflexión sobre los márgenes estrechos dentro de los cuales todavía se permite habitar la masculinidad en muchos espacios sociales.

Lo desconcertante es que una historia tan dura termine convertida en una película que apenas profundiza en ella. La violencia aparece, pero casi siempre de forma atenuada, como si el relato evitara mirar demasiado de cerca aquello que intenta contar.

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