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Especial LATAM

Guardar una vida: archivos de memoria trans

Una imagen del Archivo de la Memoria Trans de Argentina.
Estupenda Márquez

Cuando visité el Archivo de la Memoria Trans de Argentina esperaba encontrar fotos antiguas y, como mucho, documentos y recortes de prensa. Lo que no esperaba era encontrar tanta vida.

En las imágenes aparecían mujeres posando en todo tipo de lugares, y casi todas compartían esa forma de mirar a cámara con una seguridad apabullante. Muchas de esas fotografías fueron tomadas en años en los que existir como travesti o mujer trans implicaba convivir con la persecución policial, la expulsión familiar o la precariedad. Y aun así, en esas fotos casi no aparece el dolor; aparece el deseo de verse bien, de estar juntas y de dejar una imagen de sí mismas.

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Eso es lo primero que entendí allí. El archivo guarda una memoria que se resiste a quedar reducida a la violencia. En esas imágenes también aparecen vidas enteras insistiendo en ser vistas. Mujeres que posan, se divierten y se acompañan.

Cecilia Estalles, una de las responsables del Archivo, lo explica de una manera muy clara. El Archivo de la Memoria Trans nace de una «necesidad afectiva y política». María Belén Correa y Claudia Pía Baudracco habían imaginado un espacio donde esa memoria pudiera encontrarse. Claudia Pía murió en 2012, pocos meses antes de la aprobación de la Ley de Identidad de Género en Argentina, y Belén fundó el archivo desde el exilio. Según cuenta Estalles, Belén heredó de Claudia Pía su collar, que nunca más se quitó, y una bolsa enorme llena de fotografías y documentos. Aquella bolsa, junto al sueño de volver a reunir a las compañeras que habían sobrevivido y guardar también la memoria de las que ya no estaban, terminó convirtiéndose en el germen del archivo.

Durante los primeros años, el Archivo fue una página de Facebook donde mujeres trans y travestis compartían materiales de su propia historia, desde fotografías personales hasta cartas o crónicas policiales. Estalles lo resume con una frase preciosa cuando dice que aquello servía para «reunirse, recordar, hacer hogar, saberse vivas». En 2014, con su llegada, empezó un trabajo más sistemático de recopilación, conservación y digitalización. Esa fue una de las cosas que más me impresionó al visitarlo. Las fotografías estaban catalogadas, digitalizadas y preservadas con una seriedad absoluta. Allí había método.

La escena me resultaba fascinante. Una limpiaba cuidadosamente las fotografías, otra las digitalizaba, otra organizaba materiales, otra reconocía nombres, fechas y lugares. Se tomaban el archivo muy en serio porque sabían perfectamente lo que tenían entre manos. Estaban cuidando las pruebas de la existencia de toda una comunidad.

(Archivo de la Memoria Trans de Argentina)

También se notaba el vínculo entre ellas. Cada una parecía tener muy claro su lugar dentro de esa pequeña maquinaria de memoria que, además de preservar vidas pasadas, estaba produciendo algo en el presente. Verlas allí, ocupando un lugar de autoridad sobre su propia historia, era como si el archivo les devolviera algo que nunca tendría que haberles sido arrebatado: la posibilidad de ser escuchadas y valoradas.

A veces pensamos los archivos como lugares fríos y llenos de papeles ordenados por personas que mantienen distancia con aquello que conservan, pero allí sucede algo totalmente distinto. Aquí son las propias compañeras quienes cuentan y custodian su historia para que la memoria no vuelva a quedar en manos de quienes solo supieron perseguirlas o patologizarlas.

Estalles insiste en que reconstruir esa memoria desde fotos personales, cartas o materiales cotidianos significa disputar quién tiene derecho a producir historia. Durante mucho tiempo, la mirada sobre las personas trans estuvo centrada en la violencia o en la marginalidad. El archivo permite complejizar esa mirada. Mostrar que aquellas vidas fueron mucho más amplias que el sufrimiento.

Quizás por eso el archivo argentino se convirtió en el punto de partida para otros proyectos de la región. Una vez que alguien demuestra que esa memoria puede guardarse y catalogarse, aparece la pregunta en otros lugares. Dónde están las fotos de las mujeres trans mexicanas. Quién está guardando la memoria transmasculina. Qué pasó con las travestis ecuatorianas perseguidas por la policía. Quién conserva las imágenes de la comunidad cuir hondureña. Dónde se guarda la memoria marica del Perú.

(Archivo de la Memoria Trans de Argentina)

El Archivo Memoria Trans México trabaja desde las memorias visuales de mujeres trans mayores de cincuenta años. También en México, el Archivo de la Memoria Transmasculina MX vino a señalar un hueco enorme, el de las historias de hombres trans, personas transmasculinas y masculinidades no hegemónicas, muchas veces más difíciles de rastrear en los relatos públicos.

En Ecuador, Purita Pelayo y Los Enchaquirados han impulsado una memoria LGTBIQA+ ligada a la despenalización de la homosexualidad en el país. En Honduras, el Archivo Honduras Cuir rescata imágenes y documentos de una comunidad marcada por una violencia brutal. En Perú, el Archivo de la Memoria Marica trabaja para rescatar las voces y experiencias que históricamente han sido invisibilizadas o marginadas.

Cada archivo responde a una ausencia distinta. El argentino se construyó principalmente alrededor de mujeres trans y travestis, y esa centralidad, además de tener un sentido histórico, deja ver que toda memoria colectiva tiene bordes.

La memoria transmasculina ha estado durante mucho tiempo menos documentada. Las vidas intersex apenas han encontrado lugar en los relatos públicos. Muchas experiencias no binarias son recientes en el lenguaje, aunque no en la existencia. Cada archivo abre una puerta y, al mismo tiempo, señala todo lo que todavía falta por guardar.

Hoy, cuenta Estalles, el Archivo de la Memoria Trans forma parte de una red de más de veinticinco archivos queer. Esa expansión muestra que la memoria no se construye desde un único lugar ni con una única forma. Cada proyecto aparece donde hubo una pregunta que alguien decidió no seguir dejando para después.

Por eso las imágenes importan tanto. Una fotografía puede parecer algo insignificante pero en contextos donde muchas personas fueron invisibilizadas y marginalizadas, una foto puede ser casi una aparición. Ver a esa persona existir en la cotidianeidad demuestra que estuvo ahí, que vivió. Estalles lo dice con claridad cuando afirma que «recuperar imágenes de amistad, deseo o intimidad es profundamente político porque habla de una forma de plantarse ante la hostilidad. Sin esos momentos, no podría haber habido sobrevivientes».

Estos archivos recuperan el pasado, pero también fabrican genealogía. Permiten que una persona trans joven mire hacia atrás y encuentre algo más que violencia. Que entienda que hubo otras antes, que alguien guardó una foto para que esa historia no terminara desapareciendo.

(Archivo de la Memoria Trans de Argentina)

En España todavía cuesta imaginar algo parecido. Hay investigaciones, asociaciones y trabajos de memoria, pero no recuerdo haber visto un archivo trans con esa fuerza colectiva, sostenido por sus propias protagonistas. Pensar en el archivo argentino desde aquí da un poco de vértigo, porque obliga a preguntarse cuántas fotos, cartas y nombres se habrán perdido ya.

Cada vez que vuelvo a aquella visita veo a esas mujeres trabajando con una profesionalidad absoluta. El Archivo de la Memoria Trans impresiona precisamente por eso, porque devuelve esas vidas a un lugar mucho más difícil y mucho más justo. Las devuelve a la historia.

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