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Especial LATAM

La cultura también necesita una casa

Revuelta Queer House de CDMX, uno de los espacios referentes en Latam para el colectivo LGTBI.
Estupenda Márquez

A veces, la cultura es solo una excusa. Una excusa para juntar cuerpos en una misma habitación, abrir una conversación o hacer que una ciudad deje de sentirse tan hostil.

Espacios como Casa Brandon y La Tribu Mostra en Buenos Aires, Revuelta Queer House en Ciudad de México o Casa 1 en São Paulo permiten pensar la cultura queer como una forma concreta de sostener redes. Cada proyecto nace en un contexto distinto, pero todos, además de cubrir una agenda, terminan dando forma a una escena.

Buenos Aires resulta especialmente fértil para pensar esto. En Casa Brandon o La Tribu Mostra, lo que sucede antes y después del evento puede ser tan importante como el evento en sí. Unx va por un concierto, una lectura de poemas o una exposición y alrededor empieza a aparecer otra cosa.

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Casa Brandon tiene algo de casa en el sentido más literal y también más político de la palabra. Allí la programación cultural convoca, aunque lo que sostiene el espacio es una confianza más difícil de nombrar. El propio nombre también habla de memoria. Brandon fue elegido en homenaje a Brandon Teena, el joven trans asesinado en Estados Unidos cuya historia muchas personas conocieron a través de la película 'Boys Don't Cry'. De alguna manera, todo el proyecto parte de la necesidad de abrir un lugar donde otras vidas queer pudieran encontrarse y no quedarse tan solas.

La Tribu Mostra aporta otra escala dentro de esa escena porteña. Menos solemne, más pegada a la noche y al bar, recuerda que a veces basta con tener un lugar donde quedarse un rato más.

Desde fuera puede parecer libertad; desde dentro suele significar una estructura frágil, recursos limitados y mucha energía personal

En Ciudad de México, Revuelta Queer House trabaja desde una lógica parecida, aunque con otra escala. Ubicada en Roma Norte, se presenta como centro cultural y comunitario. Su forma híbrida dice bastante sobre cómo se organizan muchas escenas queer en las grandes capitales latinoamericanas.

Esa mezcla tiene fuerza, pero también desgaste. La autogestión suele contarse con un brillo que no siempre le hace justicia. Desde fuera puede parecer libertad; desde dentro suele significar una estructura frágil, recursos limitados y mucha energía personal. Mantener abierto un espacio queer implica una cantidad enorme de trabajo invisible, casi siempre sostenido por cuerpos agotados y economías precarias.

Conviene no romantizar esa precariedad. Que estos espacios hayan conseguido reunir comunidad con pocos recursos habla de su potencia, pero también de una falta de apoyo estructural. Muchas instituciones culturales celebran la diversidad cuando ya es visible y útil para una campaña. Otra cosa muy distinta es sostener las condiciones materiales que permiten que esas escenas existan antes de volverse cómodas para el escaparate.

En São Paulo, Casa 1 lleva esta idea a un terreno todavía más concreto. Allí el centro cultural convive con una casa de acogida para jóvenes LGTBIQA+ expulsadxs de sus hogares y con una clínica social gratuita. En este caso, la cultura aparece al lado de necesidades muy urgentes, como tener un techo, recibir atención y encontrar una red de apoyo.

Y claro, sostener todo eso necesita recursos. La pregunta aparece cuando esos recursos llegan de marcas, administraciones o circuitos culturales oficiales. Esa atención puede traer estabilidad y visibilidad, aunque también corre el riesgo de domesticar lenguajes. La tensión está ahí, en cómo recibir apoyo sin perder la incomodidad que hizo necesario el espacio en primer lugar.

Por eso los espacios culturales queer importan, más que por lo que programan, por todo lo que permiten alrededor. Permiten volver y encontrarse. Permiten que una ciudad deje de ser únicamente un lugar por el que se pasa y empiece a parecer un sitio donde unx puede formar parte de algo.

Así, la cultura pasa de ser algo que se consume para convertirse en una manera de pertenecer. Una puerta abierta, en medio de ciudades cada vez más individualistas, para volver a pensar la comunidad.

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