El colectivo LGTBI -y las personas que lo componemos- ha crecido durante muchos años bajo una ausencia casi total de referentes públicos, de personas en las que fijarse y a las que querer parecerse, especialmente cuando no sabías encontrar tu sitio ni en el patio del colegio. Eso, hace un tiempo, comenzó a cambiar, y aunque las fuerzas vivas de la internacional reaccionaria intenten parar el progreso, cada vez encontramos a más miembros de la comunidad en espacios tradicionalmente vetados para nosotros.
Sin embargo, en esta necesidad de buscar ejemplos hemos caído en nuestro pecado original; el de considerar como ‘referente’ del colectivo a una figura pública demasiado pronto y demasiado fácil, lo que en ocasiones nos ha llevado a profundas decepciones.
En este eterno debate sobre si una persona con trayectoria pública está (moralmente) obligada o no hablar sobre ello, seguramente haya varias respuestas posibles. ¿Es este ‘famoso’ alguien que debe su éxito a la comunidad LGTBI? ¿Corre riesgo su carrera si habla sobre su situación personal? ¿Es un artista que suele ir a actuar a orgullos?
Seguramente, incluso respondiendo a estas preguntas haya quien siga teniendo dudas sobre esta cuestión. Eso sí, a mí me resulta chocante que una persona del colectivo se suba a un escenario de un ‘pride’ (recordemos, cobrando por ello, cosa que está muy bien) para pronunciar un pregón y evite hablar de sí mismo (o misma) como gay, lesbiana, bisexual, trans, intersexual o queer. Si vas a coger el micro para decir que estás contra las etiquetas, mejor bájate de la tarima y déjale ese espacio a alguien que entienda que lo que no se nombra, no existe.
Es perfectamente legítimo que uno quiera permanecer en el armario. O peor, que juegue a la ambigüedad. Pero mucho cuidado con convertir en referente a alguien que no tiene ningún tipo de compromiso con el bienestar de las personas LGTBI. No olvidemos que tras cada insulto y tras cada agresión -ya sea en el patio del colegio o en los comentarios de Instagram- hay siempre detrás un profundo odio al diferente; un odio que podría ser mitigado con más figuras públicas que se visibilicen.
De la misma manera, también resulta complicado luchar por los derechos LGTBI y al mismo tiempo desligar esta lucha de otras. ¿Se puede defender el matrimonio igualitario y al mismo tiempo ser racista o xenófobo? ¿Es compatible pedir derechos para la comunidad y no exigir el acceso a la vivienda? O algo todavía más evidente, ahora que el colectivo ha tenido que renunciar a nuestra referencia cultural más ‘mainstream’ por una cuestión de principios. ¿De verdad se puede clamar por la igualdad y la diversidad y no por el fin de una guerra o de una matanza?




