Maitena Burundarena (Buenos Aires, 1962) es, sin lugar a dudas, la primera referencia cuando se trata de nombrar a mujeres dibujantes de humor. Las historias de esta autora única y pionera, reconocibles por su trazo y su temática femenina, han sido reunidas en varios libros recopilatorios publicados en toda Latinoamérica y traducidos a una docena de idiomas. En prensa, sus viñetas han sido editadas en medios de más de treinta países, entre ellos Francia, Italia o Brasil. Abrió puertas en los 90, cuando casi todos los que firmaban chistes gráficos en periódicos eran hombres, con un éxito editorial sin precedentes que la trajo a España por primera vez con sus ‘Mujeres alteradas’. Tras una larga ausencia, regresa a nuestro país con su nuevo libro ‘Las mujeres de mi vida’ (Lumen) y acaba de ser reconocida por su trayectoria con el Premio Iberoamericano de Humor Gráfico Quevedos, el equivalente al Premio Cervantes de las viñetas, convocado por la Fundación General de la Universidad de Alcalá, con la colaboración de los ministerios de Cultura y Exteriores. Pero lo que menos se conoce de Maitena es cómo abrió puertas de nuevo, ya en el siglo XXI, contando en sus redes su historia como persona queer, que empezó mucho antes de su actual relación con la escritora Gabriela Cabezón Cámara, referente de la literatura lésbica en Argentina.
Quería comenzar hablando desde los orígenes, ya que tienes raíces españolas, vascas en concreto, y me gustaría saber si de alguna manera esto se reflejó en tu infancia y tu crianza.
Sí, se reflejó porque mi padre, como buen vasco, es muy nacionalista y amante de lo vasco. Pero yo tuve una madre polaca y entonces siempre me consideré «vascolaca». Un poco por rebeldía yo le decía a mi papá que era polaca. Pero con este nombre, Maitena, que es revasco, y ese apellido, Burundarena, yo creo que hay algo del ser así muy tenaz y con muchas convicciones.

Hablando de rebeldía, tu padre fue ministro de Cultura y Educación en Argentina durante el Proceso de Reorganización Nacional en 1981. Aquella época coincidió con tu juventud, ¿esto marcó la sensibilidad hacia la transgresión que luego ha formado parte de tu obra?
Rebelde era de antes, no hizo falta que pasara eso. Lo era porque pertenecía a una familia muy grande, yo era la sexta de siete hermanos. Entonces siempre ahí los más chicos son más tremendos. Dormí muchos años con mis hermanos, Pablo y Ramiro, y jugábamos, dormíamos, nos bañábamos juntos en la bañera y creo que en eso también hay algo del género que se me licuó.
En ocasiones has comentado que el feminismo de tu obra procede sobre todo de apreciar la desigualdad en la vida de tu madre, que aunque estudió Arquitectura no ejerció y quedó relegada al hogar…
Mi madre no pudo trabajar en un estudio de Arquitectura porque tuvo un hijo tras otro durante muchísimos años, y a mí me impactaba verla, porque era tan inteligente, tan brillante. Mi padre, en cambio, tenía tiempo y permiso para trabajar todos los días, irse muy temprano, volver muy tarde, y los fines de semana se iba a recibir honores y volvía al otro día, y ella no. Creo que eso hizo que surgieran en mí un montón de preguntas. Y la pregunta siempre es la misma, ¿y por qué las mujeres no?
En tus inicios no había apenas referentes femeninos en el humor gráfico.
La mujer que más me influyó fue Claire Bretécher. Yo hacía viñetas en la revista Sex Humor y un día me cruzo con su historieta ‘El cordón infernal’ y me quedo flasheada, fue un antes y después en mi vida. Me dije: «esto es lo que yo quiero ser, yo quiero hablar de esto, de vínculos, de amor, de cuerpo, de relaciones humanas, de madres e hijas». Y en esa época también, como la revista era de sexo, ahí tenía una posición completamente diferente a la de mis colegas, porque el deseo era femenino, porque la mujer no era objeto del deseo, sino que estaba deseante, y eso era muy transgresor.
Cuando llega ‘Mujeres Alteradas’ supuso una bocanada de aire tan fresco que muchas empezamos a leer las revistas por el final para encontrarnos con tus dibujos, ¿cómo decidiste que era mejor representar a una variedad de mujeres que a un puñado de personajes fijos?
Me di cuenta que el personaje fijo era muy limitante, porque te quedás ahí, porque la mujer si es casada no es soltera, si es flaca no es gorda, si es multiorgásmica no es frígida, qué sé yo. Yo quería representar a todas. Me parecía que tenía que tener más edades, más mujeres, más historias. Y entonces ahí se me ocurrió ‘Mujeres Alteradas’. Podía ser cualquiera. Y el personaje de la tira en realidad era el tema.

Tu éxito abrumador a mediados de los 90 coincide con la relación con tu novia Rosita, que revelaste recientemente en tus redes. Dices que vivíais un poco ajenas al movimiento queer que entonces celebraba sus primeros Orgullos en Argentina, ¿cómo fue aquella época?
Salíamos de la dictadura, entonces. La militancia ni se me ocurría en ese momento. La idea de que había que hacerlo para los otros, ni se me ocurría. Yo trabajaba, tenía mis dos hijos chicos, me había enamorado de Rosita, nos habíamos ido a vivir juntas con mis hijos y ellos no sabían que era mi novia. Dormía con ella en el mismo cuarto, pero yo tenía para mí que a los niños hay que responderles lo que preguntan, y lo que no preguntan, no.
Y cuando, con la óptica de hoy, rememoras aquellos tiempos…
Capaz que me equivoqué, pero como no me preguntaban, yo no les decía nada. Tenía 27 años, era muy joven. Por ejemplo, cuando salíamos a la calle no íbamos ni de la mano, ni nos dábamos un beso, ni nada. Y me acuerdo un día que veníamos caminando juntas, muy pegaditas, cruzando la calle, y veo en el semáforo un auto, y era el director de mi revista, de Para Ti. Y lo veo, y él me ve, y yo lo saludo, pero me acuerdo que dije, «ups». Y no pasaba nada porque era un tipo encantador y estaba todo bien, pero como que una tenía esa sensación mental.
El dibujo diario es muy exigente y en 2006 comienzas un largo periodo de parón, ¿cómo renuevas tu relación con el humor gráfico en la siguiente etapa a partir de 2023?
Con la tira diaria es amor-odio. Me gusta el goteo ideológico. Me gusta ir mostrando, es como un ‘striptease’, como que de a poco vas mostrando quién sos, qué hay ahí adentro de ese personaje que es un autor. Y me gusta que estén todas las capas: la capa ácida, la tierna, la enojada, la alegre, la cute, la tonta, qué sé yo, me gusta mostrar todo. Por otro lado, ese mismo goteo hace que no tengas vida, porque estás siempre pensando y dibujando la vida.

«Mirando ‘Las mujeres de mi vida’ me di cuenta de que todo lo que me pasó siempre lo volqué en mis viñetas»
Durante tus años de retiro viviste en Uruguay, ¿cómo es tu relación con Argentina al regresar? ¿Se vive un momento complicado para tu estilo humorístico?
En este contexto social y político del mundo, y específicamente en la Argentina, con el neofascismo de Milei, es una pesadilla. Yo ya no tengo ganas de saber tantas cosas porque me hace mal, porque no puedo hacer humor de la vida cotidiana cuando están pasando las cosas que están pasando. Pareciera que hay que explicar todo de nuevo con este retroceso que hay en lo cultural y en lo social, y en políticas de género, políticas de cuidado, en sexualidad y LGTBIQ+. Todo lo que ya creíamos que habíamos explicado y que la sociedad lo había entendido hay que empezar y explicar todo de nuevo. Y no tengo ganas de explicar todo de nuevo porque yo ya lo expliqué.
Las relaciones afectivo-sexuales son una parte muy importante de tu obra, ¿crees que se han visto influidas por cada momento vital que tú misma atravesabas?
Mirando ‘Las mujeres de mi vida’ me di cuenta de que todo lo que me pasó siempre lo volqué en mis viñetas, de que yo podría hacer una autobiografía involuntaria solo con viñetas, porque ahí están mis casas, mis pelos, mis hijos, mis amantes, mis amores, mi corazón roto. Todo, todo está en las viñetas.
¿Y cómo es ahora en este momento de plenitud con Gabriela Cabezón Cámara?
Estoy súper enamorada y que a los 60 años te llegue el amor así es un regalo de la vida. Yo no lo esperaba para nada, estoy muy contenta y tengo ganas de hacer cosas con ella. Tengo ganas de hacer todo con ella. Estamos como de 14, todo el día pegaditas. Hacemos
esfuerzos para separarnos, para hacer cosas cada una.
Has comentado que os gustaría casaros.
Sí, no tengo tiempo, pero tengo ganas. Y es que no me caso hace como 50 años. Ya pega otra vez. Y ahora porque quiero. Antes me hizo mi papá casarme. Porque en esa época, para irte de tu casa, para poder tener sexo, te tenías que casar. En cambio, ahora me casaría como elección, por amor, porque estoy enamorada y porque el único casamiento que me parece no careta es el casamiento gay. Ya casarse un hombre y una mujer me parece un anacronismo. En el mundo queer me parece que casarse es un acto político y lo hacemos sobre todo porque podemos, porque hay un derecho y tenemos que usarlo para demostrar que es necesario.

«En el mundo queer me parece que casarse es un acto político y lo hacemos porque hay un derecho»
En alguna ocasión has comentado: «hubo infancias disidentes que encontraron en mi humor un alivio a la presión patriarcal», ¿te gustaría que fuese ese tu legado?
En el diario yo ya sé que cuando en la contratapa o en cualquier dibujo aparecen niños, los niños los miran. Entonces siempre que hablé de temas de género incluí niños. Por ahí creo que las infancias están mejor orientadas, pero ya les están pudriendo de nuevo el cerebro en Youtube, en redes, con esta nueva moda de estar hiperflaca, hipertonta, hiperconsumista, ese modelo de mujer que están mostrando. Están diciéndole a las niñas qué tienen que ser, es una lucha permanente para mí. Se está sexualizando a las infancias e infantilizando a las mujeres.
Has hablado de lo bien que te sientes después de haber cumplido los 60, ¿te has deshecho de mucho de lo que «alteraba» a las mujeres de tu primera etapa?
Estoy más politizada. Siempre estuve politizada, pero ahora en algo que tiene más que ver con lo social. Ahora con este conservadurismo me dan ganas de llamar más la atención porque, sí, soy vieja y me gusta vestirme de colores y tengo sexo y estoy enamorada.




