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La muerte de Miranda Priestly: este artículo no es un spoiler (o creemos que no)

Y al volver a ver la primera parte de 'El diario viste de Prada' «no pude evitar preguntarme», ¿habernos vuelto 'demasiado woke' nos ha arruinado la experiencia de disfrutar las películas que nos abrieron la puerta de la vida adulta?

Inbox Juan Naranjo
Inbox Juan Naranjo

Hace unos días volví a someterme de forma voluntaria al ejercicio, habitualmente traumático, de ver una película que adoré en mi primera juventud. Corría el año 2006, yo acababa de terminar la carrera y el mundo previo a la crisis de 2008 se abría ante mí como un bufé libre en el que el éxito parecía una aspiración factible. Por aquel entonces, a falta de historias gais frívolas y divertidas, yo estaba muy enganchado a la ‘chic lit’, esos libros pensados para chicas y gais soñadores que nos metían en la cabeza que, de alguna forma, todos éramos Bridget Jones. Mi mejor amiga de la carrera y yo quedamos para ir al cine y aprovechamos el viaje al centro comercial para repartir algunos currículums (habíamos estudiado Historia del Arte, nuestras aspiraciones como licenciados eran bastante modestas). Salimos del cine completamente transformados, arrebatados, sintiéndonos Andy.

Nuestra inocencia, nuestro desconocimiento del mundo, lo salvajemente precario de algunos de los trabajos temporales que habíamos tenido para entonces… nos llevaban a pensar que Andy había tenido suerte, que le había tocado el gordo, que la suya era una historia de éxito a la que debíamos aspirar. Nos imaginábamos siendo la Andy de alguna galería, de algún museo, y aquello nos parecía lógico y deseable. Desde nuestra barriada, desde la provincia, lo de pasearse por la Quinta Avenida cargada de bolsas y de estrés, sosteniendo un café de Starbucks y un teléfono móvil plegable, nos parecía el colmo de la sofisticación.

Todavía no habíamos entrado seriamente al mercado laboral y, por lo tanto, no sabíamos lo que era la explotación. De haberlo sabido, habríamos podido identificar que la cotidianidad de Andy no tiene nada de aspiracional y que aquella chica, tan ingenua como nosotros lo éramos entonces, no era más que la víctima de un sistema que la había fagocitado hasta poner del revés su vida, sus valores y su propia esencia.

Han pasado veinte años y, al volver a ver aquella película, no tardé ni dos minutos en arrugar la nariz. Tenía claro que iba a ver una historia cruel que santifica el sacrificio personal en pos de la máquina productiva y que glorifica la crueldad como forma de relación vertical, pero no sabía que me chirriaría tanto. Pude tragar con algunas cosas cuestionables, pero el ‘bodyshaming’ fue lo que se me atoró en el gaznate. Y es que, por desgracia, tenemos demasiado presente lo que el ‘heroin chic’ y la obsesión con la talla 34 supuso en los cuerpos (y en las mentes y en las autoestimas) de toda una generación de mujeres. A Andy, y por lo tanto a la escultural y canónica Anne Hatheway, se le está media película llamando gorda por tener la maldita talla 38 y solo se deja de lado el tema ‘de su sobrepeso’ cuando para de comer sándwiches y baja a la 36.

Y es curioso que esa sea mi línea roja en 2026, porque ya debería haberla sido en 2006. Tanto mi amiga como yo teníamos (y tenemos) sobrepeso (Ornella, perdóname por llamarnos gordas en un medio nacional), por lo que no tendría nada de raro que en el mismo bolso en el que llevábamos la carpeta de currículums tuviésemos también alguno de los frasquitos milagrosos con sabor a mora, pagados a precio de oro en el Naturhouse, que, por aquel entonces, creíamos que nos salvarían de nuestros propios kilos y que, como consecuencia directa de ello, nos convertirían en personas deseables y exitosas.

La violencia contra el cuerpo de Anne Hathaway no nos rechinó porque ya estaba instalada en nuestro cerebro, porque nosotros mismos la ejercíamos contra nuestras curvas por habernos criado en un mundo en el que Geri Halliwell y Renée Zellweger eran calificadas como gordas. Y lo peor no es eso, lo peor es que ahora que miro las fotos de aquel verano sé que, aunque creíamos que estábamos gordísimos, en realidad no lo estábamos tanto.

Desde hace años, corre por internet un meme que asegura que «el verdadero villano» de esta película no es el personaje de Meryl Streep sino el del novio de la protagonista. Desde luego, la toxicidad de este es llamativa, pero no lo era tanto en un mundo previo al ‘amiga date cuenta’. Por entonces comprendíamos a aquel efebo de bucles azabache… por mucho que ahora nos provoque arcadas que boicotease el ascenso de su pareja por trastocar su vida, pero que, en la escena final, le pidiese a Andy que se mudase con él a Boston para seguir su gran sueño de… ser pinche de cocina. En el mundo de 2006 era más problemático perderte el cumpleaños de tu chico que perderte a ti misma en tu ascenso hasta la cima.

El personaje de Miranda era a la vez un retrato y una caricatura. Por mucho que hiciese referencia a una persona real, su actitud era tan excesiva que nadie podía creer que una persona se comportase así. El privilegio de la crueldad extrema se reservaba al arquetipo de la jefa salvaje. Pero las actitudes eran tan excesivas que solo pueden ser verosímiles desde la comedia. Hoy la actitud de Miranda ya no tiene cabida en el mundo en el que vivimos; creo que, de hecho, ya ni siquiera es ‘tan graciosa’. El personaje inspirado en Anna Wintour solo puede existir en Vogue y en el cine.

Pero no nos equivoquemos: en ‘El diablo viste de Prada’ no hay nadie bueno. Ni siquiera la propia Andy. Puede que ella no fuese ninguna santa, que en realidad sí que tuviese la opción de no traicionar a su compañera, de no descuidar a su novio, de no decepcionar a sus amistades, de no dejarse engatusar por aquel periodista famoso de ondulados cabellos rubios… pero sí que era una triple víctima: del sistema, de su entorno y de sí misma. En aquella época ya hablábamos de lo despiadadas que eran su jefa y sus compañeras de trabajo, hoy por fin hablamos de lo tóxico que es su novio… Pero, aunque suene a pecado mortal decir algo así, creo que se habla poco de lo absolutamente cruel que es el personaje de Stanley Tucci. De hecho, de entre todos los secundarios, es justo él quien más incide en la supuesta gordura de la protagonista. Pero, claro, ¿quién se atreve a ser el primero en condenar a un personaje interpretado por el actor hetero menos hetero de todo Hollywood?

Creo que la única forma de volver a disfrutar de ‘El diablo viste de Prada’ es entendiéndola desde otra perspectiva: si en 2006 la vimos como una comedia romántica y estilizada, hoy solo nos queda disfrutarla como una sádica película de terror. En estos veinte años hemos leído demasiado, madurado demasiado, entendido demasiado… como para poder gozar sin complejos de aquella opereta ‘fashionista’. Y, de alguna forma, es una pena. Es una pena porque renunciar al disfrute que nos provocaban estas películas tan entretenidas es, de alguna forma, dar la espalda al cine que nos convirtió en los adultos (erráticos, confusos) que somos hoy.

Siempre que puedo, rompo una lanza por disfrutar de las cosas teniendo en cuenta su contexto. Reivindico mucho cine de los 50, los 60, los 70… porque soy capaz de abstraerme de un clasismo, de un racismo, de un sexismo que me quedan muy lejos. Pero… ¿cómo voy a pedirle a nadie, a mí mismo, que disfrutemos de estas películas teniendo en cuenta su contexto si aún estamos curándonos de las heridas que nos dejaron?

Y, sin embargo, no dejan de ser entretenidísimas. Cuando eres capaz de arrinconar en una esquinita del cerebro todo lo que has aprendido en estas dos décadas y te enfrentas a este cine sin prejuicios, vuelves a ser la misma persona que se enamoró de esas historias. Y, de hecho, vistas en clave de humor negro, son hasta refrescantes. En un mundo ejemplarizante, obsesionado con afear cualquier tropiezo moral, los productos culturales de los 2000 enfocados a chicas y gais soñadores nos recuerdan que se puede ser caótico, contradictorio, autodestructivo… En definitiva, que se puede ser real.

Pero en la época de las perfectas apariencias, del discurso homogeneizado, de las palabras medidas… lo de defender a un personaje de ficción que te resulta verosímil es arriesgarte a ser lapidado. Es lo que me pasa en internet cada vez que defiendo a Carrie Bradshaw. ¡Claro que Carrie es egoísta, ególatra, mala amiga y obsesiva! ¡Yo también lo soy muchas más veces de las que me gustaría reconocer! ¡Todos lo somos! Igual que Hannah Horvarth. Igual que Meredith Grey. Igual que Rachel Berry. Igual que Serena van der Woodsen. Defiendo los personajes complejos, multiprismáticos, llenos de grises, que me hacen mirarme al espejo y odiar en ellos lo que odio en mí. Pero, en una época obsesionada con el minimalismo emocional, la mayoría de la gente prefiere a los personajes planos, poco profundos, a los que son un alivio cómico sin dobleces. Por eso es un cibersuicidio defender a Carrie Bradshaw, pero es un éxito asegurado defender a Samantha Jones. En un mundo en la que todos parecemos deseosos de encontrar la ocasión de leerle a alguien la cartilla, reivindicar a los personajes cancelables es exponerse a la cancelación.

Así que, cada vez que me pregunto si habernos vuelto ‘demasiado woke’ nos ha arruinado la experiencia de disfrutar las películas que nos abrieron la puerta de la vida adulta, me respondo que sí. Y que menos mal. Seguir disfrutando de las cosas de hace dos décadas desde la misma perspectiva significaría que seguimos en el mismo lugar, que (como personas, como sociedad) no hemos evolucionado ni crecido. Está bien que todo aquello nos rechine… pero ojalá encontrásemos la manera de seguirlo disfrutando, a pesar de todo.

Casi al final de la primera parte de ‘El diario viste de Prada’, Andy lanza a una fuente parisina su teléfono móvil cumpliendo un sueño generacional que el precio de los smartphone no nos permite cumplir. Con ese gesto se libera del trastorno momentáneo que la llevó a convertirse en otra persona. Y vuelve al redil: a su novio, a la carrera seria y respetable que siempre había sido el sueño de su vida. De alguna manera, preconiza cómo los tardomillennials tendríamos que reinventarnos veinte veces a partir de la crisis que asoló el mundo al poco tiempo del estreno de aquella última película que imaginaba un siglo XXI sofisticado, ambicioso y sin problemas habitacionales o económicos. Andy se queda sin móvil y sin trabajo, pero sigue siendo tan esclava del capitalismo como lo era antes, como lo somos todos.

Aún no sé qué le habrá pasado al personaje de Andy en estas dos décadas. Lo descubriré este fin de semana. Han pasado veinte años y Ornella es esposa, madre y una venerada profesora de instituto que ayuda a su alumnado a no caer en las trampas que caímos nosotros. Yo no puedo quejarme: como dijo Pepa Flores, soy «un obrero de la cultura» (autoexplotadísimo, eso sí). Los botecitos mágicos del Naturhouse no cambiaron nuestra silueta ni nuestra forma de vernos, pero el tiempo nos ha enseñado a querer nuestros propios cuerpos, más o menos. Y, afortunadamente, ninguno de los dos tenemos que aguantar a una Miranda Prestly; eso sí que es una suerte.

Este fin de semana iré a ver la segunda parte al mismo cine, con la misma amiga… pero con la certeza de que, ahora sí, sé reconocer en pantalla la explotación laboral, la toxicidad amorosa, la propaganda turbocapitalista y el ‘bodyshaming’. Aunque ni que decir tiene que saber reconocer algo no implica no caer en ello.

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