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‘Los primeros homosexuales’, la exposición que plasma el nacimiento de una nueva identidad

El Kunstmuseum de la ciudad suiza de Basilea acoge hasta el 2 de agosto una exposición en la que se muestran alrededor de cien obras pictóricas y escultóricas en las que artistas de finales del siglo XIX y de la primera mitad del XX plasmaron visualmente escenas que celebraban, de manera más o menos explícita, una forma de vivir y de sentir que no encajaba en la norma. Hablamos con Len Scheller, curadore de la exposición

Inbox Juan Naranjo
Andreas Andersen, 'Interior con Hendrik Andersen y John Briggs Potter en Florencia', 1894, 128.5 x 160 cm, Museo Hendrik Christian Andersen
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El uso de una palabra que nos resulta tan cotidiana como ‘homosexual’ es mucho más reciente de lo que muchos podrían pensar. Este término surgió en un contexto de debate en el que se intentaba fijar —y quizá, también, domesticar— una experiencia humana que llevaba siglos existiendo sin ser categorizada.

El primer registro del término ‘homosexual’ surge del vínculo intelectual entre los escritores Karl Heinrich Ulrichs y Karl Maria Kertbeny. El primero defendía, ya en la década de 1860, la idea del ‘uranismo’: un deseo que provocaba la atracción afectivo-sexual entre varones y que él consideraba resultado de una identidad intermedia entre el hombre y la mujer. Ulrichs, pues, hablaba de algo que iba más allá de los actos carnales entre hombres y vinculaba esos sentimientos a una identidad propia del individuo. Por su parte, Kertbeny rechazaba esa interpretación biológica y apostaba por una concepción basada en los derechos de las personas: desde una perspectiva intrínsecamente decimonónica, defendía el deseo como una libertad humana universal y opinaba que el interés afectivo-sexual hacia el mismo sexo podía formar parte de ese catálogo de libertades. Fue Kertbeny quien, en 1869, acuñó en unos panfletos anónimos los términos ‘homosexual’ y ‘heterosexual’, sentando las bases dicotómicas que aún usamos en nuestro vocabulario contemporáneo.

James Hadley, Royal Worcester Porcelain Company, ‘Tetera’ [Oscar Wilde], 1882, 15.9 x 16.5 x 7.6 cm, Kamm Teapot Foundation

De esta manera, aunque lentamente y, al principio, solo en círculos muy intelectuales, el vínculo sexo-afectivo con personas del mismo sexo empezó a dejar de entenderse como una pulsión física o romántica para concebirse como una parte de la identidad del individuo. Y esa transformación conceptual es el punto de partida de la exposición ‘The First Homosexuals’, un recorrido plástico que ahonda en cómo diversos artistas plasmaron esta nueva identidad en su obra. La muestra no trata solo de rastrear representaciones artísticas del deseo entre personas del mismo sexo, sino que intenta observar cómo, al mismo tiempo que se creaba un concepto, se inventaban también nuevas maneras de verse, de retratarse o de existir públicamente.

‘The first homosexuals: the birth of a new identity’ pudo verse por primera vez durante el verano pasado en Chicago en un montaje con más de 300 obras, casi el triple de las que podemos encontrar en estos meses en la exposición de Basilea. «El Kunstmuseum estaba muy interesado en dar cabida a esta exposición, pero hubo que encajarla con relativa poca antelación en un programa expositivo decidido desde hacía mucho tiempo. Hubo que adaptar la muestra a los espacios disponibles, pero, a pesar de ello, en Basilea pueden verse todas las obras clave», nos explica Len Scheller, curadore de la exposición.

Ida Matton, ‘El secreto’, 1902, Yeso, 65 x 56 cm, Hälsinglands Museum.

A pesar del recorte cuantitativo, el recorrido temático es similar. A lo largo de las tres amplias salas encontramos escenas con vínculos femeninos que, durante décadas, se leyeron como simples amistades cuando, en realidad, mostraban amores más que estables y asentados. También vemos multitud de obras que representan cuerpos masculinos que, con el beneplácito de los estudios anatómicos y las temáticas mitológicas (los bañitas, Narciso, Jacinto…), servían para codificar un deseo masculino tan innegable como camuflado a plena vista. Además, encontramos bastantes referencias a los inicios de la representación de la transexualidad, como algunas de las obras de la pintora Lili Elbe, una de las primeras personas de la historia en someterse a una cirugía de reasignación, cuya vida fue plasmada en la célebre película ‘La chica danesa’. Esquivando el eurocentrismo habitual en este tipo de exposiciones, esta muestra también recopila ejemplos de representaciones en otras tradiciones artísticas, como la japonesa, la caribeña o la latinoamericana.

Nasta Rojc, ‘Autorretrato con traje de caza’, 1912. Óleo sobre lienzo, 118.5 x 88.2 cm, National Museum of Modern Art, Zagreb

Sin embargo, lo que se percibe al recorrer la exposición no es tanto una historia lineal de progreso de una serie de identidades sino, más bien, una constelación de intentos. Intentos de representar el afecto, de explorar la identidad, de negociar con los límites impuestos por la moral, la ciencia o la ley. Cada obra parece moverse entre la afirmación y el disimulo, entre el deseo de mostrarse y la necesidad de ocultarse.

Algunas de las historias narradas en estas obras tienen un final que está muy lejos de ser feliz: vemos el retrato de un sonriente Oscar Wilde que acabó sus días exiliado, enfermo y arruinado; vemos obras más que explícitas de pintores, como von Kupffer, que tuvieron que negar su homosexualidad durante toda su vida; vemos el autorretrato de Nasta Rojc, la pintora croata que cayó en desgracia una vez que se hizo público que mantenía una relación lésbica; vemos el autorretrato rabiosamente contemporáneo del estonio Karl Pärsimägi, que fue asesinado en Auschwitz en 1942… Desde luego, en la exposición se incide en lo que el surgimiento del nazismo y el estallido de la Segunda Guerra Mundial supuso para el nacimiento de un proceso identitario que se truncó de forma radical, pero quizá el tono de la misma es demasiado celebratorio teniendo en cuenta el ocultamiento y las dificultades que tuvieron que sufrir buena parte de los artistas expuestos.

Entre los nombres universalmente conocidos que se pueden encontrar en esta exposición (Tamara de Lempicka, Gustave Moreau, Sarah Bernhardt…) también hay presencia española. En Basilea podemos ver un lienzo del granadino Gabriel Morcillo, un autor fácilmente reconocible porque en su obra se expone sin pudor una mezcla de erotismo y exotismo que sorprende bastante al recordar que el grueso de su carrera coincidió con el franquismo. Sus figuras masculinas, envueltas en una teatralidad sensual, no solo hablan de deseo, sino también de las formas en que Europa proyectaba fantasías sobre otros cuerpos y territorios, en este caso la Andalucía más orientalista.

Len Scheller nos cuenta que en el montaje que pudo verse en Chicago, la representación española era mayor: «Uno de los pintores incluidos en la exposición de Chicago era Gregorio Prieto, pero Basilea solo ha seleccionado una obra fotográfica suya para la proyección en la tercera sala». En la exposición de Chicago también se incluyó una obra de un artista que, si bien no era español de nacimiento, sí que pasó parte de su vida en España: se trata del argentino Jorge Larco, un pintor que fue discípulo de Julio Romero de Torres y que, ni más ni menos, se encargó de la escenografías de uno de los montajes de ‘Bodas de sangre’ de Federico García Lorca.

Gregorio Prieto, Eduardo Chicharro Briones, ‘Herido por la belleza clasica’, 1929-1931, 19 x 27.5 cm, Photograph, Museo Gregorio Prieto

Al ser preguntade si ha tenido que dejar fuera alguna obra que le habría encantado incluir en el relato expositivo, Schaller nos responde: «En Chicago pudieron verse dos de mis obras favoritas de Romaine Brooks que no pudieron viajar a Basilea. Aunque al principio me dio mucha pena, me alegra que sí que pudiésemos mostrar su icónico retrato de Luisa Casati. Aunque esta obra es menos manifiestamente queer que algunos de sus autorretratos, sigue siendo una imagen impactante de la identidad queer».

Romaine Brooks, ‘La marquesa Casati’, 1920

La acogida de esta exposición ha sido abrumadora en las dos sedes en las que se ha expuesto. El catálogo, hermosamente ilustrado y narrado, se ha convertido en una verdadera pieza de coleccionista. Y recorrer las salas de esta exposición, rodeado de otras personas interesadas en el origen plástico de nuestra propia identidad, es una verdadera gozada que tiene algo de sentimiento comunitario. «La recepción de esta muestra ha sido abrumadoramente positiva, esperamos de corazón que el público la siga disfrutando», dice le curadore cuando le preguntamos si han tenido algún problema al mostrar unas obras como estas en un mundo sumido en una ola reaccionaria.

A pesar de ser una muestra de las que hacen historia y de la buena acogida que ha tenido entre el público y la crítica, parece que la de Basilea será la última parada de su periplo: «De momento, el Kunstmuseum de Basilea será el último sitio donde pueda verse». Desde Six recomendamos a cualquier persona que se lo pueda permitir que, antes del 2 de agosto haga una escapada al norte de Suiza para disfrutar de la hermosa ciudad de Basilea, de un museo excepcional y de una exposición única.

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