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Pablo Calero, escritor: «París es una ciudad abierta por curiosidad, no por convicción»

El autor malagueño desmitifica a través de su segunda novela la imagen de ciudad del amor de la capital francesa

Stories Víctor Rojas
Pablo Calero, escritor malagueño afincado en París.
Stories Víctor Rojas

París es, para muchos, la ciudad del amor, de la belleza y de las segundas oportunidades. Pero ¿qué ocurre cuando la realidad no se parece en nada a la postal? El periodista y escritor malagueño Pablo Calero desmonta los mitos de la capital francesa en ‘París era mentira’, una historia sobre desarraigo, dependencia emocional y búsqueda de identidad. A través de Javier, un joven que abandona todo por amor convencido de que inicia una vida mejor, el autor construye un retrato de quienes persiguen un ideal y terminan enfrentándose a sus propias contradicciones. En esta entrevista, Calero habla sobre su segunda novela, su experiencia viviendo en París y las luces y sombras que esconden las grandes ciudades.

‘París era mentira’ parte de desmontar el mito de Ciudad del Amor. ¿Cuándo te diste cuenta de que este relato que se ha vendido durante tantos años no encajaba con tu experiencia real?

Me di cuenta después de llevar aquí unos tres años. Al principio, cuando uno llega, va todo muy rápido: aprender el idioma, encontrar trabajo… Pero a partir de ese tiempo todo empezó a mostrar su verdadera cara. Te das cuenta de cosas que no funcionan y de por qué no es como se vende. La ciudad empezó a asomar la patita y a mostrar lo que realmente es: una fachada sin mucho detrás.

¿Crees que París engaña más que otras grandes capitales o simplemente es la que mejor ha sabido vender su mito?

Creo que lleva tanto tiempo vendiendo esta fachada que tiene ventaja sobre otras ciudades. Muchas cosas son comunes a otras grandes capitales, pero en el detalle hay diferencias: la falta de luz, el carácter de sus habitantes, las tensiones sociales… Todo eso hace que la mentira sea aún mayor que en otras ciudades.

El hecho de que vivas allí hace que la novela no tenga la típica mirada turística. ¿Era importante alejarte de esa visión?

Sí, totalmente. De hecho, creo que me ha salido una antinovela de París. Mi objetivo era no contar nada que no fuera real, destapar la otra cara. Pensé incluso en hacer una guía real de la ciudad, pero los turistas buscan justo lo contrario. Así que decidí contar la realidad a través de un personaje que vive en esa ciudad.

El protagonista lo abandona todo por amor. ¿Hasta qué punto se acerca eso a la dependencia?

Ese es el punto de partida: lo deja todo por amor y se embarca en una nueva vida en otro país. Eso implica muchas dificultades y soledad. Parte de la crisis podría pasar en cualquier ciudad, pero París tiene un papel clave en cómo trata a los nuevos y a los diferentes. En este caso, además, es un personaje gay, lo que intensifica esa experiencia.

El concepto de ‘expatriado emocional’ también es muy potente. ¿Querías explorar esa idea?

Sí. Quería ir más allá del Erasmus o de experiencias temporales. Me interesa cuestionar esa ‘chulería del expatriado’, esa sensación de superioridad por haberse ido fuera. Es un esfuerzo, sí, pero no te hace superior. Quería reflejar esa actitud en el protagonista.

¿Cómo acoge París a las personas LGTBI? ¿Es tan abierta como parece?

Es una ciudad abierta, pero no por convicción, sino por curiosidad. Y al mismo tiempo, es una apertura con límites. Existe un ‘techo de cristal’ también para las personas LGTB. El protagonista se encuentra con una ciudad que, aunque aparentemente acepta, también juzga y pone barreras.

La novela habla mucho de la soledad en las grandes ciudades. ¿Es distinta a la de los pueblos?

Sí, porque aquí no existe el concepto de comunidad. No conoces a tus vecinos ni hay sensación de grupo. Eso es muy diferente a los pueblos o ciudades pequeñas, y el protagonista lo sufre.

La novela no es autobiográfica, pero tiene una base personal. ¿Cómo manejas esa frontera?

Al principio me costó separar lo vivido de lo ficticio. Pero al mes decidí que tenía que disfrutar escribiendo y darme libertad. Aun así, siempre mantengo un pie en la realidad, porque me siento más periodista que escritor.

¿Te da vértigo que el lector confunda al autor con el personaje?

Muchísimo. Es algo a lo que me estoy acostumbrando. Es normal, porque he volcado vivencias propias en el personaje, pero sigue dando vértigo.

El tono irónico equilibra la historia. ¿Era necesario para no caer en el drama?

Sí. La novela mezcla ironía y tristeza. Hay momentos muy duros, pero también otros en los que el humor sirve para sobrevivir. Sin ese equilibrio, sería demasiado gris.

¿Qué te permite la ficción que no te permite el periodismo?

Libertad. La ficción da un orden que la realidad no tiene y permite contar cosas que no he vivido, pero que me habría gustado vivir. Sin embargo, el libro contiene la mirada periodística en la necesidad de contar la verdad, de ser testigo y de hacer justicia. La novela nace de la necesidad de que la gente sepa lo que realmente ocurre en París.

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