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Ramtin Zigorat, refugiado homosexual condenado a muerte en Irán: «Nos obligaban a mirar por una ventana al patio donde ejecutaban a personas»

Stories Carlos Barea
Stories Carlos Barea

Desde hace semanas, cada día nos levantamos con una noticia nueva —por no decir sobresalto— con respecto a la situación de Irán. El ataque aéreo de Estados Unidos e Israel a este país de Oriente Medio es tan solo un fleco más de la conflictiva situación de una región que lleva muchísimos años sin encontrar la paz. Tras varios años de turbulencias políticas, a finales de los setenta el ayatolá Ruhollah Musavi Jomeini encabezó la llamada Revolución islámica y convirtió al país en una república regida por la sharía, la ley islámica, deshaciendo así el camino que se había iniciado. Para rizar el rizo, poco después Irak invadió Irán y se libró una despiadada guerra que duró hasta 1988.

Precisamente en este año, el mismo en que el gobierno también decide ejecutar a miles de presos políticos para eliminar todo rastro de oposición, vino al mundo Ramtin Zigorat, nuestro protagonista, al que hemos citado en los estudios de SIX para escuchar su historia. Ramtin aparece con unos ojos vidriosos que complementan el día gris al que últimamente nos tiene acostumbrados la ciudad de Madrid. En su mirada, aparte de una capa brillante que parece funcionar como dique de contención de un río de lágrimas, habita también un cansancio que parece venir de lejos. Ramtin se mueve por el mundo con paso tranquilo, con la prudencia de quien procede de un país que castiga la identidad, el deseo y la propia existencia. Habla bajito, pero la fuerza de su testimonio suple el escaso volumen que bien podría ser identificado con la vieja costumbre de la cautela. Al fin y al cabo, decir en voz alta lo que no se debe en su país es motivo más que suficiente para dar con los huesos en la cárcel, como mínimo. Su actitud, por tanto, nos demuestra que para gritar no siempre hace falta alzar la voz.

Reconoce que está agotado, tanto por el continuo seguimiento que hace de la actualidad como por la atención que está recibiendo de nuevo su historia. El conflicto reavivado de Irán y el salto a la primera plana de la política internacional ha provocado que muchos medios toquen a su puerta para conocer de primera mano el testimonio de un joven homosexual sobre el que pesan varias condenas a muerte. Nosotros somos uno de esos medios que han considerado necesario escuchar su relato, porque en esta revista creemos firmemente que lo más importante es dar voz a los damnificados de unos conflictos que, de tanto opinar de ellos, a veces se corre el riesgo de despersonalizarlos. Ahora, más que nunca, es necesario poner nombre, apellidos y circunstancias vitales a una situación que no va de derechas ni de izquierdas, sino de derechos humanos.

La situación para el que pregunta no deja de ser incómoda. A fin de cuentas, su narración, aunque necesaria, no deja de ser una forma de ahondar de nuevo en el trauma personal y de reabrir las heridas que nunca terminan de curarse. Es por eso por lo que, antes de empezar, le advierto de que podemos parar o interrumpir la grabación en el momento en el que lo necesite. Ramtin agradece la invitación y, con la calma que trasmite desde que ha llegado, nos metemos de lleno en el asunto.

¿Cuál es la situación de la homosexualidad en Irán ahora mismo?

La situación en Irán es muy complicada. Para la población del colectivo LGBT es extremadamente dura y difícil, porque el régimen intenta eliminarla de la sociedad de una forma u otra. Eso implica mucha violencia, agresiones y muertes, tanto a nivel institucional como social. Hay personas que terminan con su vida porque no pueden soportar la violencia sistemática que sufren. Otras son encarceladas o asesinadas por el propio régimen. Yo conozco a muchas personas que se suicidaron porque no podían más. En Irán el régimen puede matarte por tener relaciones sexuales con otro hombre. No te matan por decir que eres gay, pero sí por mantener relaciones. En la práctica es lo mismo.

Esto es importante aclararlo. Una cosa es decir que eres gay y otra que te «pillen» manteniendo relaciones homosexuales. ¿El régimen distingue entre ambas cosas?

Sí, pero en la práctica el resultado es parecido. Si saben que eres gay, no puedes trabajar en ninguna oficina, no puedes tener tu propia empresa, ni siquiera puedes obtener el carnet de conducir. Te eliminan socialmente. Muchas personas se suicidan simplemente por ser gays, porque su vida se vuelve imposible. Y si descubren que has tenido relaciones sexuales con otro hombre, entonces sí: se aplica la pena de muerte.

Hay algo que escuché en otra entrevista tuya que me impactó mucho. Decías que en los casos de relaciones sexuales entre hombres quien recibe el castigo más duro es el pasivo. Incluso en casos de violación. Si alguien denuncia que ha sido violado, quien termina castigada es la víctima. ¿Es así?

Sí. Cuando dos personas han tenido sexo, el activo recibe un castigo mucho menor: unos meses de cárcel, latigazos o una multa. Pero la persona pasiva puede recibir la pena de muerte. Es algo muy doloroso porque muchas personas del colectivo han sido violadas. Algunas fueron a denunciarlo sin saber lo que ocurriría y finalmente quienes fueron castigadas fueron ellas mismas.

O sea que en tu país puedes ser violado por un grupo de personas, ir a la policía a denunciarlo… y terminar siendo tú quien recibe el castigo.

Exactamente. Por eso algunas personas cercanas al régimen utilizan la violación como herramienta de control. Violaban a personas del colectivo para generar miedo y eliminarles socialmente. A veces grababan vídeos en los que no se veía a los agresores pero sí a la víctima, y luego los difundían. Así destruían la vida de esa persona. Muchos de quienes hacen esto son personas muy religiosas, vinculadas a la policía moral o a estructuras religiosas. Es algo terrible.

Hay otra cuestión que genera mucha confusión en Occidente: el tema de las personas trans en Irán. Se sabe que la transexualidad es legal allí, y desde fuera incluso puede parecer que existe cierta apertura. Pero tú has explicado que en realidad no es así. ¿Nos lo puedes explicar?

No funciona como aquí, donde una persona decide por sí misma comenzar su transición. En Irán el sistema es completamente binario: o eres hombre o eres mujer. No existe la homosexualidad ni la bisexualidad. Entonces el régimen presiona a muchas personas homosexuales o bisexuales para que se identifiquen como trans y comiencen tratamientos hormonales o transiciones médicas. Así intentan eliminar la homosexualidad de la sociedad. Sí, legalmente una persona puede hacer la transición. Pero una vez que empiezas, vuelves a quedar fuera de la sociedad: no encuentras trabajo, nadie quiere relacionarse contigo y sufres una enorme discriminación.

Es una forma de neutralizarte socialmente.

Exacto. El objetivo es eliminar a las personas de la sociedad. Conozco a muchas personas que no eran trans pero que dijeron serlo para sobrevivir y evitar que las mataran.

¿Eso ocurre tanto con hombres trans como con mujeres trans?

Con ambos, pero las mujeres trans son más visibles y por eso reciben más violencia. Los hombres trans también sufren agresiones y violaciones por parte de personas del régimen. Les dicen cosas como que no son suficientemente hombres. Pero en general las mujeres trans reciben todavía más violencia.

Hablemos ahora de tu historia personal. En ese contexto tan represivo y religioso, llega un momento en el que te das cuenta de que eres diferente. ¿En qué momento ocurre eso?

Primero quiero corregirte algo: la sociedad iraní no es tan religiosa como se cree. Solo una pequeña parte, la vinculada al régimen, lo es. La mayoría de la sociedad no es practicante. El Estado iraní nunca ha representado realmente al pueblo iraní. Yo tenía unos 15 o 16 años cuando me di cuenta. Un día en clase estábamos mirando los nuevos móviles y algunos compañeros pusieron un vídeo pornográfico. Todos mis amigos miraban a la mujer. Yo estaba mirando al hombre. En un momento dije: «Qué hombre tan atractivo». Todos me miraron sorprendidos. Ahí entendí que algo era diferente. Antes ya sentía cariño hacia los hombres, pero no sentía nada por las mujeres. En ese momento comprendí que era homosexual.

¿Se lo dijiste a alguien?

Sí. Se lo dije a un profesor en quien confiaba. Su reacción fue decirme que la homosexualidad era una enfermedad de judíos y estadounidenses. En Irán todo lo que no gusta al régimen se etiqueta como sionista o extranjero. Me obligaron a tomar pastillas sin permiso de mis padres. Me dijeron que no volviera a hablar de eso. Cuando mi familia lo supo, me reprocharon haberlo contado. Querían expulsarme del colegio. A partir de ahí comenzaron las agresiones y la discriminación social. Entonces pensé que tenía que hacer algo.

¿Y ahí empieza tu activismo?

Sí. Especialmente después de que, con 19 años, sufriera una violación por parte de cuatro hombres. Después de aquello me sentía sucio. Durante un mes me duchaba cuatro o cinco veces al día y aun así seguía sintiéndome así. No podía hablar con nadie ni denunciarlo. Apenas comía. Estaba completamente destruido. Durante años mi mente bloqueó ese recuerdo. En ese momento sentí que ya estaba muerto por dentro. Y decidí dedicar toda mi energía al activismo.

Sentías que ya no tenías nada que perder.

Exactamente. Y aún hoy lo siento así. Quizá yo salvé mi vida, pero muchas otras personas siguen viviendo lo mismo. Alguien tiene que ser su voz.

¿Cómo era hacer activismo en Irán?

Sabíamos que algún día podrían asesinarnos. Hacíamos activismo de forma clandestina. Por las noches dejábamos folletos en las puertas de las casas. Tomábamos fotos en distintos lugares de la ciudad y las publicábamos en blogs. También hacíamos pulseras con la bandera LGBT y trans, obras de arte y pequeñas acciones en parques o eventos para mostrar el arcoíris de manera indirecta. Intentábamos promover la igualdad social aunque no pudiéramos enfrentarnos directamente al Estado.

También subtitulabais películas, ¿no?

Sí. Subtitulamos películas como Milk y Brokeback Mountain. Yo pagué personalmente ambas películas porque me encantaban. Las compartíamos para promover la igualdad y luchar contra el machismo social.

Y entonces te detienen.

Primero me expulsaron de la universidad. Estaba estudiando un máster en Arquitectura. El 17 de mayo, Día Internacional contra la Homofobia, estábamos repartiendo folletos. El régimen llevaba tiempo diciendo que existía un grupo ‘sionista’ que difundía la homosexualidad en Irán y estaban buscándonos. Me encontraron en un parque mientras repartía los últimos folletos. Intenté escapar. Al final logré huir, pero más tarde me capturaron en una ciudad fronteriza con Turquía.

Es ahí cuando te encarcelan, ¿no?

Sí. Estuve unos cuarenta días en un centro de detención del cuerpo de la Guardia Revolucionaria. Fueron los peores días de mi vida. Sufrí torturas físicas y psicológicas. Después me llevaron ante un juez. No me dejaron hablar. Presentaron un documento lleno de acusaciones. Muchas eran falsas. Finalmente me condenaron a muerte y me enviaron a una prisión.

También has contado que te obligaban a presenciar ejecuciones.

Sí. Cada mañana nos obligaban a mirar por una ventana al patio donde ejecutaban a personas. Teníamos que mirar durante cinco minutos mientras morían. Si cerrábamos los ojos nos golpeaban. Todavía tengo pesadillas con eso.

¿Cómo lograste salir de la cárcel?

Mi madre vendió todas sus tierras y pagó sobornos para cambiar mis documentos. Así pudieron sacarme de la cárcel, pero con la condición de que permaneciera dos años encerrado en casa. Un año después mi madre murió de cáncer. Y entonces volví a hacer activismo.

¿Y ahí decides marcharte de Irán?

No inmediatamente. Yo ya me sentía muerto por dentro. Cinco meses después de la muerte de mi madre, el día de la boda de mi hermana, nos avisaron de que había personas buscándome. Mi tío me llevó a su casa, me dio algo de dinero y ropa, y dos personas me llevaron al aeropuerto. Salí en el primer vuelo que había hacia Turquía.

¿Cuánto tiempo estuviste allí?

Cuatro años y medio. Al principio viví en la calle. Me robaron todo mi dinero. Después conseguí vivir con personas trans. Con ayuda psicológica empecé a recuperarme, pero Turquía también es un país muy hostil para el colectivo LGBT. Intentaron deportarme a Irán. Gracias a ACNUR y a la embajada de España pude venir finalmente a España.

Podríamos estar hablando horas acerca de la situación de Irán y de tu historia personal, pero, para terminar, me gustaría hacerte una última pregunta, que creo que es la más difícil. ¿Qué crees que sería lo mejor ahora mismo para Irán?

Irán siempre ha sido un país muy importante geopolíticamente por el petróleo y otros recursos. Muchas potencias han intentado aprovecharse de eso durante siglos. Pero mientras exista este régimen no podremos cambiar nada. Más de 170.000 iraníes han muerto dentro del país por culpa del régimen. Otros 500.000 murieron en la guerra con Irak. Y más de 200.000 han muerto fuera de Irán en conflictos como el de Siria. Lo primero es acabar con el régimen. Después hay que apoyar al pueblo iraní para que decida su propio futuro: monarquía, república o lo que quieran. Pero debe decidirlo el pueblo iraní.

Me quedo con esa idea para terminar la entrevista: hay que escuchar al pueblo iraní. Hoy en SIX hemos querido escucharte a ti. Muchas gracias por compartirlo. Sé que no es fácil revivir todo esto. Ojalá llegue el día en que el pueblo iraní pueda hablar libremente y tú puedas volver a tu país.

Me gustaría volver a Irán y continuar allí mi activismo. Hay que hablar, hay que gritar para llegar a un mundo más justo. Gracias por apoyarnos y por dar voz a la situación que viven los iraníes, especialmente el colectivo LGBT.

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