Bruno León lleva años compartiendo su día a día en redes sociales. Su trabajo, siempre desde la pedagogía, la reivindicación y el activismo, trata temas como la visibilidad de las personas trans —especialmente los chicos—, el antiespecismo o la lucha de clases. Orgulloso charnego, hijo de una catalana y un granadino, parece ser que su destino siempre se ha encontrado en el cruce de caminos, ese lugar que nos obliga a repensar la realidad social y a no dar por sentado cosas que, tan solo por ser habituales, pasan a denominarse como «normales», con todo lo que ello conlleva. El género, la sexualidad o la reproducción como artefactos que encierran, mortifican y, en ocasiones, esclavizan a aquellos que no pueden y/o no quieren enclaustrarse entre los estrechos compartimentos de la categorización social.
Para hacernos pensar en todo esto, Bruno León se ha acercado a los estudios de SIX. Acompañado de su pareja Kenia en un lluvioso día de febrero, este activista trans se presenta sonriente, con ganas de hablar, cómodo. «Enhorabuena por el embarazo», es lo primero que le digo. «Muchas gracias. Estoy ya de cuatro meses», me contesta mientras nos acomodamos en el sofá del plató a la espera de nos den la luz verde para comenzar a hablar.
La conversación, si me permiten el destripe, es fascinante. Bruno tiene la capacidad de convertir en sencillo cualquier tema del que habla, incluida la siempre espinosa y casi metafísica pregunta de quién es él. «Me considero una persona que cuenta su vida, y eso tiene un efecto positivo en algunos y un ardor en otros. Al final soy una persona que intenta vivir libremente», sentencia. Y añade: «Hago cosas muy normales que, por ser una persona trans, parecen una cosa muy loca».
Esto lo dice en referencia a su decisión de ser padre, pero antes de centrarnos en ese asunto nos adentramos en otros temas que lo atraviesan como persona. Entre otros, su experiencia vital como chico trans o la violencia —a veces consciente, a veces inconsciente— que ha sufrido a lo largo de su vida: «Siento que me han robado cosas. Cosas de la infancia, cosas de la adolescencia. Porque también es como que hemos crecido escondiéndonos un poco, poniéndonos una máscara. Y sacar esa máscara… Es que yo creo que tengo todavía trozos de máscara puesta». No obstante, y a pesar de los obstáculos con los que se ha encontrado a lo largo de su vida, reconoce que hay, en apariencia, una mejor aceptación social de la realidad trans masculina con relación a la femenina. En esto, además, se muestra categórico: «Hay una cuestión de privilegios. Las mujeres trans tienen que seguir luchando. Porque las mujeres tienen menos privilegios que los hombres, pero es que las mujeres trans tienen menos privilegios que las mujeres. Y nosotros [los chicos trans] ganamos esos privilegios». Llegados a este punto, Bruno se adentra en una profunda autorreflexión acerca de su identidad, algo que en todo momento señala como una percepción absolutamente personal: «Yo no soy un hombre y punto. Yo soy un hombre trans. Y tengo una realidad de hombre trans y mi realidad se explica más con la etiqueta de trans que con la etiqueta de hombre». Aclara que esto lo siente así porque él tiene otra historia que contar y otra posición en la sociedad. Además, reconoce que el patriarcado nunca le dejará jugar en igualdad de condiciones: «Me pueden aceptar en el grupo, pero no me aceptan como un igual».

Aunque este discurso identitario es fascinante y, en cierta forma, inabarcable, el gran tema en el que finalmente nos zambullimos, y con razón, es la de su determinación a ser padre y a gestar a su bebé, algo que ha causado gran revuelo: «Puedo llegar a entender el ruido de fuera, pero para mí es como una cosa muy normal. Solo soy un tío que va a ser padre. Ya está». Es más, esta es una decisión que, nos advierte, ha sido mucho más consciente, respetuosa y meditada que las de muchas parejas cishetero. «Llevo dos años planeando una paternidad deseada. Llevo dos años hablando con mi pareja de cómo queremos criar, de dónde queremos criar, quién queremos que esté alrededor de la criatura… Me gustaría saber cuántas parejas heterosexuales tienen las conversaciones que yo he tenido con mi mujer», asegura sin pudor y, dicho sea de paso, con toda la razón del mundo.
Este inusual anuncio ha puesto patas arriba las redes sociales y también a un gran número de medios tradicionales, que se han hecho eco de sus palabras desde un respeto casi inesperado: «Le he escrito a más de un periodista en plan de ‘oye, mira, que soy Bruno y has escrito sobre mí. Te quería dar las gracias porque lo has tratado con muchísimo respeto’». También ha habido multitud de mensajes de apoyo y de curiosidad a través de redes sociales, que han contrastado con los de aquellos que, bajo el tramposo argumento del «yo respeto todo», aprovechan para sacar a pasear su intolerancia añadiendo un «pero». Siempre el maldito «pero» con el que no se sabe muy bien qué pretenden conseguir. «Esa gente pensará en su casa: ‘Mira, le he comentado esto’ y yo, sentado en mi casa: ‘Ay, sí, es verdad. Me voy a ir a una clínica abortiva porque esta persona, Maricarmen_González, tiene razón’», ironiza Bruno casi entre risas. También hay quien le ha ‘reprochado’ que si es un hombre debe serlo con todas las consecuencias, algo a lo que Bruno responde: «¿Qué consecuencias, amor? ¿Me pido la jornada reducida y, en vez de cuidar al bebé, me voy a jugar al pádel? ¿Esas son las consecuencias de la paternidad que quieres?».
En el tramo final de nuestra charla nos centramos en reflexionar acerca del lugar que ahora va a ocupar como padre y de cómo aplicará en la crianza todo lo aprendido a lo largo de su trayectoria como hijo. Por supuesto, y no podría ser de otra forma, la diversidad será el eje central en su forma de educar, gracias a, entre otras cosas, el entorno de la pareja, mayormente LGTB: «Él va a ver las posibilidades y va a ver una lista enorme de formas de amar, de formas de ser, de formas de vestirse… El problema a lo mejor va a estar cuando llegue al colegio». Con esta última reflexión Bruno abre un gran melón, el de la influencia que tiene la sociedad en la educación de un niño. Aprovechando este nuevo asunto, me aventuro a preguntarle qué mundo cree que le dejaremos en herencia a su retoño. Su respuesta, contra todo pronóstico, es luminosa: «Quiero ser optimista. Yo a mi alrededor veo padres y madres que están educando en valores, en diversidad, en igualdad, en no discriminación… Y yo creo que la generación de mi hija o de mi hijo va a ser una generación muy concienciada, porque creo que se están haciendo unas paternidades muy bonitas». No obstante, también tiene claro que hay grandes retos a los que se tendrán que enfrentar las nuevas generaciones: «Me da rabia porque creo que mi hija va a tener luchar mucho por proteger derechos por los que han luchado sus padres». Sin embargo, y en un intento por entender la deriva que está tomando la sociedad, Bruno reconoce que hay parte de la sociedad que reacciona desafiante porque se siente desahuciada: «Hay una generación muy abandonada y muy confundida en medio de mi hija y de mí a la que no le hemos sabido dar esperanza y se han acogido a rabia y odio». A pesar de esta reflexión un tanto pesimista, se nota que Bruno es una persona a la que le gusta acogerse a la luz y hace un último requiebro para dejarnos un buen sabor de boca final: «Hay voluntad, hay mucha voluntad. También me han escrito mucho diciendo ‘no lo entiendo, pero te empiezo a seguir porque lo quiero entender’. A mí eso me parece muy digno de aplaudir y muy digno de abrazar».

Ojalá el caso de Bruno sirva como ejemplo de paternidad luminosa para muchas parejas. «Una criatura lo que necesita es un lugar seguro, amor, conciencia y voluntad de querer hacer las cosas bien», sentencia el futuro padre, quien tiene bastante claro que a su bebé le sobrará todo esto y que lo demás es secundario. Y es que las críticas, los cuestionamientos y los juicios morales son, en muchos casos, una forma de expresar lo que todavía gran parte de la sociedad no llega a entender. Pero que se vayan acostumbrando, porque las paternidades disidentes son, aparte del presente y del futuro, el paradigma de una crianza responsable y meditada. La cigüeña, por fin, es democrática.




