Esta semana estamos de celebración en el colectivo. Dos películones han visto la luz en nuestro país: la segunda película de Anxos Fazáns, ‘Las líneas discontinuas’, y la película nominada al Oscar a Mejor Película Documental del premiadísimo Ryan White, ‘Come See Me in the Good Light’.
La primera, que se estrena esta semana en cines, explora el vínculo inesperado entre un chico trans y una mujer de 50 años, trazando un encuentro intergeneracional donde ambas soledades se reconocen y se acompañan. Con una banda sonora de escándalo -con grupos como The Rapants o Triángulo de Amor Bizarro- consigue lo que Xavier Dolan lleva años haciendo de manera sublime: que la película no se centre únicamente en la identidad de sus protagonistas, sino en un anhelo conjunto de sobrevivir a este mundo, la mayoría de las veces demasiado duro.
Pero el colofón se lo lleva Ryan White, director de The Keepers o Pamela, a Love Story, que llegó ayer acompañado de una de las protagonistas de ‘Come See Me in the Good Light’, Megan Falley.
Llegamos todos pensando que seríamos lo suficientemente fuertes como para no soltar una lágrima. Las soltamos todas.
Seguimos a sus protagonistas en la lucha contra el cáncer de Andrea Gibson a través de la poesía.
‘Come See Me in the Good Light’ es, ante todo, una película sobre el amor y la palabra. Pero no cualquier palabra: la poesía se convierte en el eje vital que articula la relación entre sus dos protagonistas, funcionando como refugio, lenguaje compartido y espacio de resistencia emocional. Más que un simple recurso expresivo, el acto poético es el territorio donde ambas se encuentran y se sostienen.
La película construye su narrativa desde esa intimidad creativa. Los poemas no aparecen como ornamento ni como cita culta, sino como una extensión orgánica de la experiencia afectiva. A través de la escritura y la lectura, las protagonistas procesan el dolor, la fragilidad y la posibilidad de la pérdida. La poesía es memoria anticipada y también consuelo presente; es una manera de nombrar lo que resulta casi innombrable. En ese sentido, el filme entiende la creación artística no como evasión, sino como una forma radical de estar en el mundo.
Es una obra profundamente queer, no solo por retratar una relación entre dos mujeres, sino por la manera en que redefine las nociones tradicionales de amor, familia y legado. La historia no busca validarse ante una mirada externa ni explicar su vínculo; lo presenta con naturalidad, con la cotidianidad de quien sabe que su amor no necesita justificación. Esa decisión narrativa es política en su sutileza.
Además, la dimensión queer del filme se entrelaza con la poesía como acto de resistencia. Históricamente, la escritura ha sido un espacio de afirmación identitaria para muchas voces LGBTQ+, y aquí esa tradición se siente viva. Las protagonistas no solo se aman: se escriben, se leen, se convierten en texto mutuo.
Cuenta White que el equipo de rodaje se convirtió en un inquilino más de esa casa, y Megan que era casi divertido luchar contra la enfermedad con tantos amigos alrededor. No pararon de reír y de celebrar que esta película, más que un recuerdo doloroso, se ha convertido en su legado; en una especie de evangelización queer por todo el mundo, algo que Andrea siempre habría querido.
La cámara, cercana y respetuosa, acompaña ese proceso sin invadirlo, permitiendo que el espectador acceda a una intimidad que rara vez se muestra con tanta honestidad. Llegaron a ser tan cercanos que la última persona que vio Andrea fue el técnico de sonido de la película, quien cuenta que se acostó a su lado cogiéndole la mano.
Esta película es algo más que cine: es un camino de acompañamiento conjunto hacia la muerte, que, queramos o no, nos llega a todos. Es, probablemente, la única cosa verdaderamente democrática, independientemente de la orientación sexual. Todos nos vamos a morir, vivamos como vivamos y amemos a quien amemos. Por eso esta película es importante.
Cuenta Megan que su hermano, totalmente en contra de su homosexualidad, cuando vio la película le pidió perdón y le dijo que había sido un idiota toda su vida.
‘Come See Me in the Good Light’ es una obra que celebra la palabra como forma de amor y el amor como forma de resistencia. Una película queer que no grita su identidad, sino que la encarna con delicadeza, demostrando que la poesía puede ser, también, un modo de supervivencia compartida.
El colofón final llegó en el coloquio: Megan sacó de su bolsillo un papel. Era un poema que Andrea le había escrito para cuando ya no estuviese aquí.
Un silencio atronador y muchos pañuelos sonando al unísono se convirtieron en la banda sonora improvisada de la sala. Una banda sonora que nos recuerda que la vida son dos días.
No sabemos si se llevará el Oscar. Lo que sí se ha llevado es nuestro corazón.
‘Las líneas discontinuas’ estará en cines a partir del 20 de febrero y ‘Come See Me in the Good Light’ ya se puede ver en Apple TV.




