Si hay un lugar imprescindible para entender cómo nació el movimiento moderno por los derechos LGTBIQA+, ese es Stonewall. Y ahora su símbolo más visible, nuestra bandera, ha sido retirado.
En la madrugada del lunes 9 de febrero de 2026, la administración de Donald Trump ordenó retirar la bandera del orgullo del Stonewall National Monument, en Nueva York. La decisión se produce tras una directiva emitida en enero por el Departamento del Interior que restringe qué banderas pueden ondear en espacios gestionados por el sistema de Parques Nacionales.
El memorando establece que los mástiles en parques federales no deben funcionar como espacios de «libre expresión», sino como representación de «los sentimientos oficiales del gobierno». En la práctica, solo pueden exhibirse la bandera estadounidense y enseñas oficiales autorizadas. Bajo ese criterio, la bandera LGTBIQA+ fue retirada del monumento.
El Departamento del Interior ha defendido que la política no es nueva, sino una aplicación coherente de normas existentes. Sin embargo, el lugar en el que se aplica y el momento en que se hace han encendido el debate.
El monumento conmemora las revueltas iniciadas en junio de 1969 tras una redada policial en el Stonewall Inn, en el barrio de Greenwich Village. Durante seis días, personas LGTBIQA+ —muchas de ellas trans, jóvenes y racializadas— se enfrentaron a la violencia policial en un episodio que hoy se considera el punto de inflexión del movimiento moderno por los derechos del colectivo.
En 2016, el entonces presidente Barack Obama declaró el lugar monumento nacional, convirtiéndolo en el primero en Estados Unidos dedicado específicamente a la historia LGTBIQA+. Stonewall no es solo un espacio físico, es el reconocimiento institucional de que esos derechos no fueron concedidos, sino conquistados.
La retirada de la bandera no es un hecho aislado. En febrero de 2025, el National Park Service eliminó la palabra ‘transgénero’ del contenido oficial del monumento y redujo el acrónimo ‘LGTBIQA+’ a ‘LGB’. Meses después desaparecieron referencias explícitas a la bisexualidad. En junio de ese mismo año, durante el mes del Orgullo, se excluyeron banderas trans y progresistas de la exhibición oficial.
Varios medios estadounidenses, entre ellos ‘The Guardian’ y ‘The New York Times’, han señalado que la retirada de la bandera se enmarca en una política más amplia orientada a limitar iniciativas de diversidad en espacios federales y a redefinir cómo se presenta la historia en instituciones públicas.
La reacción ha sido inmediata. El alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani, calificó la medida como un intento de «reescribir la historia» y advirtió de que despolitizar Stonewall implica alterar el significado de aquella revuelta. El senador por Nueva York Charles Schumer describió la decisión como «profundamente indignante» y pidió que la bandera sea restituida. Desde el propio Stonewall Inn, propiedad privada independiente del monumento federal, sus responsables denunciaron la retirada como un ataque a la memoria del movimiento y aseguraron que sus banderas seguirán ondeando.
Además, varias autoridades locales han anunciado que este jueves volverán a izar una bandera del orgullo en el lugar como gesto simbólico, en paralelo a las protestas convocadas bajo el lema «Hands off our flag». La disputa, por tanto, no ha terminado con la retirada del símbolo, sino que ha abierto un pulso político y cultural en torno a su significado.
Formalmente, el gobierno sostiene que se trata de aplicar una norma administrativa, pero el alcance simbólico es mayor. Los monumentos públicos no solo conservan hechos, también fijan cómo esos hechos se interpretan. Decidir qué símbolos pueden acompañar esa memoria implica decidir qué relatos adquieren legitimidad oficial.
Los retrocesos rara vez empiezan con la eliminación directa de derechos. Comienzan antes, en el terreno del lenguaje y las representaciones públicas, cuando la historia se simplifica y el conflicto que la originó pierde centralidad. Y cuando la memoria de una lucha se diluye, también puede diluirse la conciencia de por qué esos derechos fueron necesarios.
La retirada de la bandera en Stonewall no borra las revueltas de 1969, aunque sí altera el marco desde el que se recuerdan. Limitar los símbolos que acompañan esa memoria no elimina el pasado; redefine su significado en el presente.
A finales de los años setenta, la artista Jenny Holzer escribió: «el abuso de poder no llega por sorpresa». Tal vez esa frase no hable de resignación, sino de lucidez. Reconocer los patrones cuando aparecen es también una forma de no mirar hacia otro lado.
Stonewall nació como una revuelta contra la autoridad. Y cuando se interviene en su memoria, no se está haciendo un gesto técnico. Se está tomando posición.




