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Por qué el artista Durand Bernarr está fuera del tiempo lineal de la industria musical

El artista recibe miradas y elogios de la industria musical tras hacer con un Grammy por su disco ‘Bloom’, una obra maestra del r&b contemporáneo

Inbox Antonio Rodriguez
El artista Durand Bernarr. @giannasnapped
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En algún momento entre la teatralidad del gospel, el groove del funk y el exceso emocional del R&B contemporáneo apareció Durand Bernarr, un artista que parece existir fuera del tiempo lineal de la industria musical. Es instante fue en 2010, cuando el cantante, compositor, performer y cómico involuntario en el escenario, comenzó a subir vídeos a YouTube donde combinaba versiones, comentarios humorísticos y despliegues vocales casi acrobáticos. Pero si hoy su figura está iluminada ante los ojos del mundo es porque recientemente ganó su primer premio Grammy al Mejor Álbum de R&B Progresivo por su último álbum, ‘Bloom’. En su discurso, celebrado como uno de los momentos más significativos de la gala, condensó la dimensión política de su trabajo sin perder su tono celebratorio: «Para cada butch queen a quien le hicieron sentir que era demasiado… yo soy la prueba que necesitabas». La escena contó con sus padres acompañándolo en el escenario, y funcionó como imagen de algo poco habitual en la cultura pop: un hombre negro, queer y abiertamente expresivo siendo celebrado sin ambigüedad.

En el último año medios como Billboard han descrito ‘Bloom’ como «un logro imponente» que amplía los límites de su sonido, mientras que publicaciones como Essence o Rolling Stone han subrayado su capacidad para combinar tradición, soul y futurismo, consolidándolo como una de las voces más dinámicas y singulares de su generación. Y es que Bernarr pertenece a esa genealogía de músicos que entienden la música como un territorio expansivo: un espacio donde conviven tradición, sensualidad, comunidad y disidencia. En su caso, además, todo ello atraviesa una identidad abiertamente queer y racializada que se despliega con naturalidad en un género históricamente atravesado por códigos de masculinidad rígidos. En la última se ha consolidado como una de las figuras más singulares del R&B alternativo estadounidense. No tanto por su éxito comercial, que ha llegado de forma progresiva, como por la manera en que su obra reconfigura el lugar del artista queer dentro de la tradición del soul. En sus canciones hay deseo, humor, vulnerabilidad y comunidad, y una voluntad clara de habitar el cuerpo sin traducciones para el mainstream, y sin pedir permiso. Es en la rotundidad de su actitud donde radica su personalidad. En esas letras con la agilidad del rap y el atrevimiento de un maestro de ceremonias. La historia de Durand Bernarr comienza en Cleveland, Ohio, en una familia donde la música no era vocación, sino infraestructura. Su madre era profesora de música y vocal coach; su padre, ingeniero de sonido en giras de artistas como Jay-Z, Earth, Wind & Fire o Whitney Houston. Crecer en ese entorno implicaba convivir con estudios de grabación, equipos técnicos y conversaciones sobre arreglos como parte de lo cotidiano. Antes de que la industria supiera quién era, Bernarr ya entendía la arquitectura del sonido.

@giannasnapped

Ese aprendizaje no fue únicamente técnico. A los 16 años trabajaba como asistente de producción en giras, mientras se formaba en coros de iglesia, espacios teatrales y micrófonos abiertos. Como en tantas trayectorias de la música negra estadounidense, la iglesia funcionó como escuela estética y emocional: un lugar donde lo vocal, lo espiritual y lo performativo se entrelazan. Bernarr no solo heredó esa tradición, sino que la expandió hacia el terreno de la comedia, la improvisación y lo queer. El punto de inflexión llegaría, sin embargo, desde internet. Aquellos clips de hace 16 años hoy funcionan como archivo temprano de su estilo, ya dejaban ver las claves de su propuesta: el talento y la teatralidad. Entre quienes repararon en él estaba Erykah Badu, figura central del neo-soul, que acabaría incorporándolo a su banda como corista. Aquella colaboración fue decisiva. No solo lo introdujo en un circuito profesional más amplio, sino que lo situó dentro de una tradición musical que valora la experimentación, la personalidad y la improvisación como formas de conocimiento.

A diferencia de otros artistas del R&B contemporáneo, Bernarr no siguió un camino moldeado por grandes discográficas. Su carrera se ha construido desde la independencia, articulándose a través de EPs, colaboraciones y álbumes que transitan con libertad entre el funk, el jazz, el gospel y el R&B. En 2016 publicó ‘Sound Check’, su primer EP, y en 2019 fue señalado por Billboard como uno de los «artistas a seguir», al tiempo que ampliaba su presencia colaborando con figuras como KAYTRANADA. El verdadero salto llegaría con ‘DUR&’ (2020), un álbum que debutó en el número uno de las listas de R&B de Apple Music. El disco consolidaba un lenguaje propio: canciones que combinaban sensualidad, ironía y una precisión vocal extraordinaria, diseñadas tanto para la intimidad como para la celebración colectiva. A partir de ahí, Bernarr comenzó a convertirse en una figura de culto dentro del circuito alternativo.

Con ‘Wanderlust’ (2022), ese universo se expandió hacia una narrativa más compleja, donde convivían baladas introspectivas y piezas abiertamente teatrales. Pero sería ‘Bloom’ (2025) el trabajo que terminaría de situarlo en el centro de la conversación. El álbum ha sido descrito por Billboard como «un logro imponente que amplía el alcance de su sonido», se articula en torno a una idea poco habitual en el R&B contemporáneo: la amistad como eje afectivo. Frente a la centralidad casi exclusiva del deseo romántico o sexual en el género, Bernarr propone un mapa emocional donde el cuidado, la comunidad y el crecimiento personal ocupan el primer plano. «Es una invitación a abrazar cada parte del proceso», explicaba el propio artista a la revista.

Ese gesto, aparentemente sutil, tiene implicaciones profundas si se lee en el contexto histórico del R&B. Desde su origen en comunidades afroamericanas en los años cuarenta como un híbrido de blues, gospel y jazz, el género ha sido un espacio de expresión emocional intensa, pero también de codificación cultural. A lo largo de su evolución hacia el soul, el funk o el R&B contemporáneo, ha articulado formas de deseo, dolor y aspiración profundamente ligadas a la experiencia negra, aunque muchas veces bajo marcos heteronormativos. Bernarr desplaza esa gramática sin romper con la tradición, pero vistiendo las historias que canta con su propia personalidad, desafiante a la norma. Este gesto también se manifiesta en su estética performativa. Su sonido ha sido descrito como «gangster musical theatre», una fórmula que sintetiza bien su propuesta: una mezcla entre la energía de Little Richard, el exceso funk de Rick James y una teatralidad heredera tanto del gospel como de la cultura queer negra. El resultado es un artista difícil de clasificar, pero inmediatamente reconocible. Esa dimensión alcanza su máxima expresión en directo. Su paso por el formato Tiny Desk de NPR, altamente recomendable, funcionó como carta de presentación para un público más amplio. En ese espacio reducido, Bernarr condensó su propuesta: virtuosismo vocal, humor ácido, descaro, improvisación y una relación con el público que conquista en cuestión de segundos.

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En los días posteriores a su victoria en los premios Grammy, su catálogo experimentó un crecimiento exponencial en escuchas, mientras medios como The New York Times o Essence señalaban su premio como uno de los momentos más relevantes de la ceremonia. Más allá del dato, podemos leerlo ahora como una forma de reconocimiento a una tradición que históricamente ha sido explotada estéticamente mientras se negaba a sus sujetos. En ese sentido, la figura de Bernarr introduce un contraste interesante dentro del panorama actual. Su impacto cultural se extiende a su relación con el público, y no requiere de otros elementos más estéticos. Bernarr se refiere a sus fans como «cousins», que proporciona a sus seguidores la posibilidad de reconocerse dentro de una tradición musical que no siempre ha sido inclusiva con las disidencias sexuales.

En sus canciones hay celebración, pero también una vulnerabilidad que conecta con la mejor tradición del soul. Temas destacados como ‘Mango Butter’, que evidencian la textura sensual del groove es una perfecta puerta de entrada a su imaginario. A partir de ahí, ‘Stuck.’ y ‘Unknown’ despliegan un control vocal espectacular; ‘Freefall’, con KAYTRANADA, es puro disco con elegancia, y ‘Overqualified’, uno de los puntos álgidos de ‘Bloom’, condensa su madurez artística en una mezcla de ironía, afirmación personal y sofisticación sonora. Algo fantástico de Bernarr es que resulta difícilmente clasificable para la industria musical, y su colección de etiquetas; él propone algo más complejo: la sensación de estar escuchando algo profundamente clásico y radicalmente nuevo al mismo tiempo. Pero de verdad. ‘Bloom’ es uno de los mejores publicados en la última década. Es como si el soul, después de tantas décadas de historia, hubiera encontrado otra forma de expandirse. Una más libre. Más teatral. Más descaradamente marica. Y, sobre todo, muy, muy divertida.

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