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LAS MALAS LENGUAS

‘PEC’: el significado de la expresión que cambió desprecio por deseo

Durante años, el culo fue el lugar al que se enviaba el desprecio. Ahora empieza a ser el lugar desde el que se nombra el deseo

Inbox Estupenda Márquez
Ilustración: Estupenda Márquez
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Mandar a alguien ‘a tomar por culo’ es, en el fondo, un ejercicio de puntería bastante preciso. Una expresión que cae siempre en el mismo sitio, en una parte muy concreta del cuerpo que funciona como blanco al que dirigir el golpe verbal, como si el lenguaje necesitara apoyarse en algo físico para descargar ahí el desprecio.

Ese lugar no aparece por casualidad. El culo ha sido durante mucho tiempo un territorio incómodo, demasiado cerca de lo animal y demasiado lejos de lo noble, un espacio castigado y cargado de vergüenza.

La penetración anal se ha asociado a todo aquello que quedaba fuera del orden respetable, a los homosexuales, las prostitutas o las amantes, una forma de señalar a quienes habitaban los márgenes. Ese rechazo tiene que ver con una manera muy concreta de organizar el mundo, donde la reproducción ocupa el centro, los roles de género se fijan y la masculinidad no cede, mientras ciertos cuerpos y placeres se empujan hacia lo bajo, lo sucio, lo impropio para que todo siga en su sitio.

En el imaginario heteronormativo y patriarcal, lo anal se ha configurado como una amenaza capaz de desestabilizar la masculinidad hegemónica; expresiones cotidianas como ‘dar por culo’, ‘romper el culo’ o ‘mandar a tomar por culo’ operan como pequeños dispositivos de control que organizan jerarquías y nos recuerdan qué lugares son dignos y cuáles quedan fuera de toda legitimidad.

Hoy la expresión empieza a moverse y a circular de otra manera, sobre todo en la generación Z, donde aparece ‘PEC’, acrónimo de ‘por el culo’, que toma ese antiguo destino del castigo y lo empuja hacia otro sitio, una forma exagerada y muy consciente de afirmar que algo te encanta, de llevar el gusto hasta el cuerpo.

Lo interesante de este giro tiene que ver con quién lo pone en circulación. Los ‘centennials’ recogen códigos que vienen de contextos queer —muchos de ellos nacidos en la cultura ballroom o drag— y los lanzan al centro, donde se expanden, se deforman y se vuelven otra cosa, como ya ha pasado con términos como ‘slay’ o ‘serve’. Antes decíamos ‘coñazo’; ahora se trata de ‘servir coño’.

Cuando una expresión que servía para humillar empieza a funcionar como una forma de deseo, lo que ocurre es un desplazamiento, una especie de cortocircuito en el que el sentido se mueve de sitio y deja al descubierto lo arbitrario de la violencia inicial.

Decir ‘PEC’ tiene algo de exceso consciente y teatralidad, como si ya no bastara con decir que gusta y hubiera que llevarlo más allá, forzarlo hasta el límite para que vuelva a significar en un contexto en el que las palabras se desgastan demasiado rápido.

Y no deja de ser significativo que todo esto vuelva a pasar por el culo, ese mismo lugar que durante tanto tiempo se utilizó para señalar lo impropio y vergonzante, y que ahora se convierte en un espacio desde el que nombrar el disfrute, apropiado por quienes antes eran el blanco.

‘PEC’ no borra lo anterior, porque la lengua acumula capas, tensiones, usos que conviven y se contradicen, y en ese vaivén lo que cambia no es solo el significado de una expresión, sino también quién tiene la capacidad de usarla y con qué intención.

Quizá sea por eso que incomoda, porque desarma una lógica bastante estable en la que el desprecio tenía un lugar claro y reconocible y lo convierte en otra cosa menos controlable, más difícil de encajar en un sistema que necesita que cada palabra se quede en su sitio.

Durante años, el culo fue el destino del castigo verbal y físico; ahora empieza a ser también el lugar del gusto, de la exageración, de una cierta alegría irreverente que no pide permiso, un pequeño desliz semántico que, sin hacer demasiado ruido, cambia bastante más de lo que parece.

Imagen personaje

LAS MALAS LENGUAS

‘Las malas lenguas’ es una columna sobre el poder de las palabras y las palabras del poder. Mi intención no es limpiar el lenguaje, sino ensuciarlo; buscar el poder escondido en aquello que repetimos sin pensar y que huele a patriarcado, a clase, a frontera o a miedo. Cada mes, una palabra que nos delata.

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