Publicidad Noticia Top

COLUMNA

Las malas lenguas: ¡Qué coñazo!

Una columna sobre el poder de las palabras y las palabras del poder. Sin intención de limpiar el lenguaje, sino de ensuciarlo

Inbox Estupenda Márquez
Ilustración: Estupenda Márquez
Inbox Estupenda Márquez

‘Las malas lenguas’ es una columna sobre el poder de las palabras y las palabras del poder. Mi intención no es limpiar el lenguaje, sino ensuciarlo; buscar el poder escondido en aquello que repetimos sin pensar y que huele a patriarcado, a clase, a frontera o a miedo. Cada mes, una palabra que nos delata. Hoy: ‘coñazo’.

Qué palabra tan injusta para algo tan sagrado. El único agujero del mundo capaz de dar vida, y aun así lo usamos para nombrar aquello que nos molesta. Vivimos en un idioma donde lo masculino es elogio y lo femenino, queja. Ser la polla es ser brillante. Ser un coñazo es ser insoportable. Una dicotomía tan vieja que ya ni reparamos en ella, pero ahí sigue, moldeando la forma en que hablamos, pensamos y nos medimos.

La palabra viene de ‘coño’, que según la Real Academia Española significa «vulva» y, en segunda acepción, «expresión malsonante de sorpresa o enfado». O sea, una parte del cuerpo convertida en exabrupto. Una palabra que nombra lo que da placer y vida, degradada a sinónimo de grosería. La filología es, a veces, el espejo más cruel de la historia. Decimos ‘qué coñazo de día’, ‘qué coñazo de tío’, ‘qué coñazo de reunión’, con la misma naturalidad con la que suspiramos. Pero detrás de ese suspiro hay siglos de incomodidad con lo femenino. ‘Coñazo’ no designa solo el aburrimiento: designa lo que estorba, lo que interrumpe, lo que cansa. Y no es casualidad que lo femenino, en todas sus formas, haya sido descrito exactamente así.

Mientras tanto, el equivalente masculino vive su mejor vida. Ser ‘la polla’ es ser genial, ser lo más. ‘Polla’ es poder, virilidad, celebración. Y ahí lo tienes, dos órganos, dos destinos. Uno representa el triunfo; el otro, la carga. El mismo idioma que nos enseña a decir ‘el coño de la Bernarda’ para hablar del caos, nos invita a gritar ‘¡es la polla!’ cuando algo nos deslumbra. No hay metáfora más precisa de cómo el patriarcado logró instalar su jerarquía hasta en la lengua.

No se trata de purismo lingüístico ni de moral. Se trata de entender que el lenguaje es la versión más eficaz del patriarcado porque no necesita imponerse por la fuerza: basta con repetirse. Podríamos decir que exagero, que una palabra no cambia el mundo. Pero el mundo se sostiene precisamente en palabras. Y cuando una palabra se repite lo suficiente, se convierte en verdad.

Por eso me fascina cómo el lenguaje, cuando lo miras de cerca, te devuelve la radiografía del poder. Quién puede nombrarse sin vergüenza. Quién tiene permiso para ser hipérbole. Y quién, en cambio, es siempre el ejemplo de lo molesto. Porque si lo pensamos bien, ‘coñazo’ también tiene otra lectura: la de todo lo que resulta incómodo porque reclama atención y, sobre todo, exige explicación. Y claro, eso es puro terror patriarcal.

El lenguaje nos enseña desde pequeñas que lo femenino molesta, que el deseo femenino es escándalo y que el dolor femenino es exageración. Por eso ‘coñazo’ es más que una palabra: es un reflejo. Una forma de domesticarnos incluso cuando creemos que solo estamos hablando. Y sí, todas lo decimos. Yo también. A veces se me escapa sin pensar: ‘qué coñazo de reunión’, ‘qué coñazo de película’, ‘qué coñazo de domingo’. Pero cada vez que la digo, noto el sabor agrio que deja, como si el idioma me recordara de qué lado de la historia está.

No pretendo que eliminemos esta palabra. Lo que quiero es jugar con ella hasta desnudarla. Volverla del revés. Reírme de su trampa. Porque una palabra no se desactiva callándola, sino usándola de otra forma. Y si el patriarcado logró hacer del ‘coño’ un insulto, nosotras podemos hacer del ‘coñazo’ un himno. Pienso que hay algo hermoso en imaginar un futuro donde ser un coñazo signifique ser intensa, insistente, incómoda y valiente. Donde ‘qué coñazo de tía’ sea el nuevo ‘qué tía más brillante’.

Al fin y al cabo, el patriarcado nos ha llamado coñazos por mucho menos: por hablar, por pensar o incluso por reírnos demasiado alto. Así que, si hay que serlo, seamos el mejor coñazo posible. Uno que no pida perdón, que no se calle, que no se deje traducir. Un coñazo con causa.

Publicidad Encima Newsletter