Hay algo profundamente irónico en esa manía de intentar empezar de cero cada primer día de enero. Lo hacemos casi por inercia. El contador llega a su fin, ‘Un año más’ de Mecano va terminando su bucle del día anterior y, mientras nos despedimos de las 20 mejores fotos de nuestro recopilatorio para redes sociales, repetimos rituales como si fueran pequeños amuletos para empezar con buen pie: ropa interior roja, uvas bajo la mesa, lacasitos en lugar de uvas… Cada quien con su superstición. Pero la famosa ‘hoja en blanco’ suele ser un punto débil común. La tentación. Como si al cambiar de año pudiéramos, por fin, cumplir todo lo que llevamos tiempo prometiéndonos.
Sin embargo, la hoja en blanco del nuevo año viene con letra pequeña. Y no siempre la leemos. Porque los propósitos se escriben con cabeza. Con letra firme. Con recuadros esperando ser tachados. Como si fuesen un secreto a voces del compromiso con nosotras mismas. Y no hablamos solo de leer más, ahorrar o ser más puntuales. También de esa suscripción al gimnasio que suele durar menos que la que pagamos en cualquier plataforma de streaming, de comer mejor o de convertirnos, de repente, en una versión más productiva y ordenada de quienes somos.
La narrativa se repite año tras año: empezar de nuevo, hacerlo mejor, llegar más lejos. Y, sin darnos cuenta, se cuela la idea de que lo que somos ahora no es suficiente. Que necesitamos corregirnos, mejorarnos, pulirnos. Que hay algo en nosotras que debería cambiar para que el siguiente año merezca la pena. Después de escuchar deseos repetidos hasta el infinito —más productividad, más salud, más éxito, más claridad— quizá la conclusión más urgente para 2026 sea esta: no hace falta reinventarse para que sea un buen año.
Calma como primer propósito
No necesitamos ser más eficientes, más sanas, más exitosas ni tenerlo todo clarísimo desde enero. Este nuevo año también puede ser un tiempo para ir más despacio. Para no tener grandes planes. Para quedarnos un poco más en el mismo sitio sin sentir que estamos fracasando. Para asumir que ya no encajamos con personas que antes sí, y no pasa nada.
Porque crecer no siempre es avanzar. Muchas veces es pararse. Escucharse. Revisar qué nos suma y qué nos resta. Decidir qué queremos que se quede en nuestra vida y qué, aunque haya formado parte del camino, ya no tiene por qué acompañarnos. En un contexto en el que a las personas LGTBIQ+ se nos exige constantemente demostrar, resistir, explicar quiénes somos y justificar nuestra existencia, la presión por hacerlo todo bien se multiplica. Ser valientes, visibles, coherentes, ejemplares. Tener respuestas para todo. No fallar. No cansarnos. No dudar.
Pero quizá este año también pueda ser un espacio para el cansancio. Para la duda. Para no llegar. Para bajar el ritmo sin sentir culpa. Para entender que cuidarnos no es rendirse y que no todo tiene que convertirse en una conquista personal. Que no pasa nada si no tenemos grandes propósitos. Que no pasa nada si seguimos en proceso. Que no pasa nada si este año no es espectacular. Por eso, para este 2026 que acaba de empezar, pedimos algo muy claro: ser menos exigentes y tener más criterio propio. Escucharnos más y compararnos menos. Porque seguimos aquí y eso ya es más que suficiente.





