Un alegato universal sobre la bondad. Este es el resumen del corto documental de Carlo D’Uris, ‘El Santo’, nominado a los Premios Goya. La cinta explora la memoria del abuelo del cineasta, un médico al que su pueblo atribuye milagros, para hablar de comunidad, familias y pequeños gestos que sostienen el mundo. Una película muy personal que reivindica la bondad como acto político y como herramienta de unión en tiempos de odio.
‘El santo’ nace de una historia familiar muy íntima. ¿En qué momento sentiste la necesidad de hacer este documental sobre el recuerdo de tu abuelo?
Nace hace más de quince años. Estaba en el pueblo de mi abuelo, un hombre me miró a los ojos, se tiró al suelo y empezó a llorar diciendo que veía en mí los ojos del santo. A partir de ahí descubrí que, tras su muerte hace más de 60 años, comenzaron a atribuírsele milagros.
Empecé investigando desde una mirada racional para comprobar si esos milagros eran reales. Y entendí que sí lo eran, pero no necesariamente en un sentido sobrenatural, sino como fruto de una bondad extraordinaria. Entonces comprendí que estaba haciendo una película sobre la bondad y sobre la familia como espacio donde esa bondad debería reinar sin condiciones. La película comienza y termina con una dedicatoria a mi familia, una familia formada por dos hombres y dos hijos.
¿Es una película religiosa?
No. Es una película sobre el amor, la comunidad y los gestos que nos hacen eternos en la memoria de los demás. Yo no puedo decir si mi abuelo hizo milagros en el sentido eclesiástico, eso corresponde a la Iglesia, pero sí puedo afirmar que hizo cosas extraordinarias.
Me gusta pensar en lo que el Papa Francisco llamaba «los santos de la puerta de al lado»: personas comunes que sostienen comunidades con pequeños actos de generosidad. Mi abuelo fue ginecólogo y acompañó a mujeres en el parto, uno de los momentos más frágiles y decisivos de la vida. Eso, para mí, ya es algo casi sobrenatural.
En el documental contrasta la visión mística del pueblo con la más terrenal de tu familia.
Sí, porque mi familia también reconoce que fue un hombre muy entregado a los demás, quizá menos presente en casa. Ahora incluso van a exhumarlo y el pueblo quiere comprobar si el cuerpo está incorrupto, mientras que nosotros preferimos algo íntimo. Tiene un punto casi berlanguiano, como en ‘Los jueves, milagro’.
La película habla mucho de comunidad en un momento de gran individualismo.
Exacto. ‘El santo’ habla de comunidad, que es la que genera cadenas de bondad. Este corto no defiende una causa concreta, sino todas las causas de la bondad. La bondad como antídoto frente a un mundo lleno de conflictos, desigualdades o destrucción. Creo sinceramente que necesitamos más gente decente que santos.
¿Dialoga esta historia con tu identidad como padre y con tu familia?
Las familias hoy son un milagro cotidiano, especialmente las no convencionales. En mi caso, somos dos padres que hemos tenido que construir nuestra propia estructura afectiva. También eso es un pequeño milagro. Por eso hablo de ‘El santo’ como una historia queer de bondad: porque reivindica la familia como comunidad y la bondad como herramienta de unión en un momento de grandes conflictos.

¿Qué ha significado la nominación a los Premios Goya con un proyecto tan personal?
Se vive con mucho pudor y muchísima emoción. Es la cuarta nominación que recibo, pero esta es distinta porque estoy exponiendo algo profundamente familiar. Que más de 3.000 académicos hayan decidido que esté entre los cinco mejores cortos es un honor enorme. Si eso me permite hablar de bondad ante millones de personas, entonces habrá valido la pena.
Después de este documental, ¿has cerrado algo?
No había una herida, pero sí he cerrado un ciclo. He podido poner un punto final a la memoria de un hombre que hizo milagros cotidianos. Y como autor, seguiré creando desde la verdad y la experiencia propia, porque es la única forma de que una historia resuene en los demás.




