Hay parejas que coleccionan imanes de nevera y otras que prefieren sumar recuerdos en forma de selfies con vistas. Si eres de las segundas (o de las primeras pero con aspiraciones) febrero es el mes perfecto para practicar el noble arte de desaparecer juntos. Solo hacen falta tres cosas: una habitación confortable y acogedora que invite a quedarse, un lugar increíble y el sitio exacto donde sacar la foto que acabaréis usando de recuerdo (o de excusa para no volver todavía).
España, por suerte, está llena de rincones que parecen diseñados para ofrecer la mejor escapada romántica. Porque no es lo mismo decir «nos hemos ido de finde» que «hemos amanecido en un castillo del siglo XV con vistas a un valle que parece un fondo de pantalla de esos tan increíbles diseñados para un monitor 4k».
Porque eso, precisamente, es posible en los singulares edificios de Paradores, envueltos en paisajes que parecen creados únicamente para vosotros. Y más este mes que celebran su febrero romántico con una propuesta que no necesita corazones de neón. Una noche en media pensión, una cena pensada para dos con un postre especial (que suena a canción pop: «Corazón de Frambuesa y Mango» y que entra por los ojos), desayuno increíble para alargar la mañana y unas atenciones VIP que convierten la habitación en un pequeño refugio para que sólo te preocupes de disfrutar.

Así que toma nota de esta selección de alojamientos y disfruta de esta ruta del romanticismo contemporáneo en la que cada cual puede elegir su propio fin de semana para poner el móvil en modo avión emocional. Un recorrido para parejas que quieren guardar nuevos recuerdos en su nube personal.
Un castillo medieval para parejas del siglo XXI
Dormir en un castillo del siglo VIII tiene mucho de fantasía: piedra gruesa, pasillos silenciosos y esa sensación de estar en un lugar que ha visto más historias de amor que cualquier aplicación de citas. El Parador de Alarcón (Cuenca) es íntimo, pequeño (el más pequeño de la red), casi secreto, y además, es el castillo mejor conservado de toda la provincia. Ideal para parejas que quieren desconectar del mundo y reconectar entre sí. Intentad reservar en la habitación 106, la del Infante Don Juan Manuel, dedicada al sobrino de Alfonso X El Sabio por haber sido uno de los moradores de este bonito castillo. La estancia, abovedada y con textiles que te trasladan a tiempos de juglares y caballeros, se encuentra en lo más alto de la torre del homenaje y cuenta con acceso privado la antigua almena vigía inferior de la Torre, desde donde disfrutar de inmejorables vistas.
Selfie recomendado: en la muralla, con el embalse al fondo. Luz perfecta a última hora de la tarde.

Atardeceres que enamoran
Hay escapadas que empiezan bien simplemente porque el lugar acompaña. Y el Parador de Carmona es de esos sitios donde llegáis, respiráis hondo y ya estáis dentro del ‘mood’ romántico sin necesidad de manual. Construido dentro del recinto del antiguo Alcázar del Rey Don Pedro, se asoma a la campiña sevillana con esa mezcla perfecta de historia y calma. No es casualidad: cuentan que por aquí se encontraban a escondidas Pedro I y María de Padilla, así que el romanticismo lleva siglos instalado en estas piedras.
Esa atmósfera se nota especialmente en su precioso patio interior de estilo mudéjar. Es uno de esos espacios donde el tiempo parece bajar el volumen con sus columnas, su luz suave, el ruido del agua de la fuente y ese silencio que invita a conversaciones que no se tienen en casa. Y cuando cae la noche, el restaurante del Parador se convierte en un escenario ideal para alargar la velada. Su antiguo refectorio mudéjar tiene algo especial, como si las paredes hubieran aprendido a guardar secretos de pareja desde hace siglos. La cena, por cierto, sabe todavía mejor cuando sabéis que después os espera una habitación que es puro refugio.

Y si os apetece salir a explorar, Carmona tiene un as bajo la manga: el mirador de la Puerta de Sevilla. Desde allí, la campiña se abre como un paisaje que parece diseñado para que dos personas se queden calladas a la vez. No es magia, pero se parece.
Selfie recomendado: en la terraza del Parador, justo cuando el cielo empieza a encenderse en tonos naranjas. Ese momento en el que no sabéis si hacer la foto… o simplemente disfrutarla.

Un refugio en la Costa Brava
El Parador de Aiguablava tiene un superpoder muy concreto: el efecto “silencio azul”. En cuanto llegáis, todo lo que sobra se apaga. El acantilado, la cala perfecta y ese Mediterráneo que parece iluminado desde dentro hacen que el cuerpo entienda, sin necesidad de explicaciones, que aquí se viene a estar juntos y a bajar pulsaciones. El edificio, encaramado sobre el mar como si tuviera palco propio, convierte febrero en un mes luminoso, íntimo y perfecto para desaparecer del mundo sin dar explicaciones.
Dentro, la luz entra a raudales por los ventanales, convirtiendo cada rincón en un pequeño mirador. Y si buscáis un refugio aún más íntimo, el salón con su chimenea circular es un imán absoluto: fuego en el centro, sofás alrededor y el mar al fondo. Es el tipo de rincón donde las conversaciones se alargan sin que nadie mire el reloj. Entre eso y la colección de arte contemporáneo catalán que salpica los espacios comunes, el Parador tiene ese punto de sofisticación tranquila que encaja tan bien con una escapada de dos.
Y cuando llega la noche, el restaurante del Parador hace el resto: cocina de producto local, platos que saben a Costa Brava y un ambiente que invita a estirar la sobremesa hasta que el Mediterráneo se quede a oscuras. Y si os animáis a bajar a la cala, incluso con el aire fresco de febrero, entenderéis por qué este lugar inspira a tanta gente. El agua tiene un azul que parece editado, pero no lo está. Es simplemente Aiguablava siendo Aiguablava.
Selfie recomendado: en la terraza-mirador del Parador, con el Mediterráneo extendiéndose debajo como si os hubiera preparado un fondo exclusivo, o en un tramo del Camino de Ronda, donde el mar y los pinos comparten plano.

Galicia para dos: bosque, relax y silencio
¿Habéis estado alguna vez en un monasterio con tres claustros y un bosque alrededor? El Parador de Santo Estevo, instalado en un monasterio benedictino del siglo X es exactamente eso: un edificio inmenso, lleno de historia y con un encanto tan grande que cuesta describir. Es perfecto para parejas que disfrutan de lugares únicos y con carácter, de desayunos largos y relajados y de esa sensación de estar en un sitio extraordinario.
Los claustros son uno de sus principales atractivos: románico, gótico y barroco, cada uno con su propia personalidad. Y sí, es fácil perder la noción del tiempo paseando por ellos; al fin y al cabo, los monjes ya lo hacían mucho antes de que existieran los planes románticos de fin de semana. Desde allí salen senderos cortos que llevan al bosque de castaños, un paseo sencillo y muy agradable que permite ver el monasterio desde fuera, entre árboles y laderas. También merece la pena acercarse al mirador sobre el Sil, a pocos minutos en coche, para entender de un vistazo por qué esta zona es uno de los paisajes más singulares de Galicia.

Al caer la tarde, el spa excavado en la roca es uno de los rincones más especiales: piscinas termales interiores, luz tenue y un ambiente casi mágico. Después, el restaurante toma el relevo con cocina gallega bien ejecutada y vinos de la Ribeira Sacra. Sus ventanas dan al bosque, un paisaje que ha permanecido quieto y lleva acompañando al monasterio desde hace siglos.
Selfie recomendado: en el claustro barroco, donde la luz funciona a favor incluso en días nublados. Si la primera foto no os convence, repetid: este claustro hace la mayor parte del trabajo.

El Atlántico en primera fila, a lo gaditano
El Parador de Cádiz es uno de los más modernos de la red y también uno de los más abiertos y luminosos: grandes cristaleras, líneas limpias, terrazas amplias y un Atlántico que entra en la habitación antes de que abráis la cortina. Inaugurado en 2012, sobre el lugar que antes ocupaba el mítico Hotel Atlántico, presume de vistas al mar en casi todas sus habitaciones. Y también hace gala de buena ubicación. En pocos minutos estáis en La Caleta, en el casco histórico o en ese paseo marítimo donde siempre hay alguien corriendo o alguien pescando.
Después de callejear un poco, el spa del Parador es un buen sitio para bajar revoluciones. Tiene un circuito de aguas muy agradable, sauna y tratamientos que tiran de productos marinos y masajes relajantes. Si os coincide un día de levante, se agradece aún más darse este pequeño homenaje.
En lo gastronómico, el Parador también funciona fenomenal. El restaurante mira al mar y apuesta por una cocina gaditana actualizada: pescados frescos, las imprescindibles tortillitas de camarones y algún plato más creativo que os sorprenderá. Y, para algo más informal, el bar con terraza es perfecto al atardecer, cuando la luz baja y el Atlántico se pone aún más interesante para la foto.
Selfie recomendado: en la piscina infinita, con el océano detrás y esa cara de “sí, hemos escapado juntos y no pensamos contarlo todo”.
Una escapada romántica implica parar, mirarse, reírse de lo cotidiano, compartir un postre con nombre de balada tropical y recordar que el amor —el de verdad, el que se sostiene— necesita escenarios que lo acompañen, donde cada pareja puede escribir su propia versión del viaje. Y si de paso os lleváis un selfie decente, tampoco está mal.




