La adolescencia trató a Derek Jarman distinto que al resto de los chicos. Su infancia en el distrito londinense de Northwood en plena Segunda Guerra Mundial se vio atravesada por la disciplina militar de su padre y el sentimiento de desarraigo provocado por los continuos desplazamientos que les marcaba el ejército británico. Sin embargo, poco tiempo tuvo que pasar para que descubriese su sensibilidad artística. Su interés por la pintura, la literatura, el teatro y la cultura visual le separaban cada vez más del modelo masculino dominante, de aquella generación criada en la austeridad de la posguerra británica. También empezó a tomar conciencia de su homosexualidad en un contexto social en el que ser gay estaba criminalizado, medicado y moralmente condenado, lo que le provocó un sentimiento de marginalidad que aparecería posteriormente en su cine: figuras perseguidas, cuerpos excluidos y mártires fuera de la norma imperante.
En los sesenta, fruto de su formación en la prestigiosa escuela de arte Slade School of Fine Art, entró en contacto con la contracultura londinense, la vanguardia artística y el cine experimental. A partir de aquí, Jarman comenzó a entender el arte como un espacio de libertad sexual, política y estética. Con la Sexual Offences Act 1967 se despenalizarían parcialmente las relaciones homosexuales, siempre que tuviesen lugar entre dos hombres mayores de 21 años y ocurrieran en privado. La liberación cultural de estos años le llevó a descubrir el underground gay, la cultura pop y el cine de autor europeo, impactándole la obra de artistas como Pier Paolo Pasolini, Jean Cocteau, Kenneth Anger o Andy Warhol, influencias que sumó a referentes como Caravaggio, Leonardo da Vinci, Zurbarán o William Shakespeare.

Antes de dedicarse plenamente al cine, Jarman comenzó como pintor. La abstracción de sus creaciones, los collages, su iconografía religiosa y referencias queer quedaron reflejadas también en su filmografía. Con el paso del tiempo, se erigió como referente de la cultura del siglo XX por convertir el cine experimental en una herramienta de resistencia política queer. Su ópera prima y, por tanto, su primera provocación, fue ‘Sebastiane’ (1976), que cuenta la vida y martirio que sufrió el soldado romano del título, exiliado en un campamento en el que se convierte en objeto sexual de un centurión. Rodada íntegramente en latín, muestra desnudos masculinos explícitos y convierte al protagonista en icono homoerótico. Envuelta automáticamente en la polémica desde su estreno, numerosas voces se alzaron exigiendo la retirada del film.
Madurez artística y politización
A finales de los setenta, el país se encontraba sumido en una profunda crisis económica con altas tasas de desempleo. En este contexto de conflicto social y auge del desencanto político ve la luz ‘Jubilee’ (1978), distopía antisistema sobre la cultura punk, la disidencia sexual y la anarquía estética en la que se presenta una Inglaterra violenta, consumista y autoritaria. Con la ayuda de un ocultista, la reina Isabel I invoca a un espíritu que la trasladará a los años setenta, en los que es asesinada la reina Isabel II. El film, primera gran obra del punk británico, es una feroz crítica a la monarquía, el capitalismo y los medios de comunicación, y se ha convertido en película de culto y referencia clave en el cine underground contemporáneo.
La llegada de Margaret Thatcher al poder instauró un clima de nacionalismo conservador y políticas neoliberales, así como un fuerte discurso moral tradicionalista. Con el inicio de la crisis del sida, los gays fueron percibidos mayoritariamente como una amenaza sanitaria, y la enfermedad como un resultado de la decadencia moral y símbolo del desorden social. La homofobia y el miedo crecían en la sociedad del momento, hasta la aprobación en 1988 de la ley Section 28, por la que se prohibía a las autoridades locales y a las escuelas mantener o «promover» la homosexualidad. Jarman, diagnosticado con VIH en 1986, se convirtió en una de las figuras culturales más visibles contra esta legislación.

Jarman explora la tensión entre lo espiritual y lo carnal, y la identidad sexual como motor creativo
Pese al estigma que suponía esta enfermedad, el cineasta habló públicamente y escribió sobre su experiencia, denunciando el tratamiento deshumanizador hacia los enfermos. Este mismo año dirigió ‘Caravaggio’, donde combina la biografía del pintor, arte y experimentación visual; introduce objetos modernos como motocicletas o máquinas de escribir en escenarios del siglo XVII para subrayar la atemporalidad de los conflictos entre arte, poder y deseo. Jarman explora la tensión entre lo espiritual y lo carnal, y la identidad sexual como motor creativo. Esta obra supuso el debut cinematográfico de la que fuera musa del director, Tilda Swinton, que encarnó perfectamente la sensibilidad intelectual y queer de su cine.
A partir de finales de los ochenta, su cine adquiere un tono más político. ‘The Last of England’ (1987) constituyó una furiosa respuesta a la Inglaterra de Thatcher. La película combina imágenes en Súper 8 con música y narraciones fragmentadas y ofrece una visión apocalíptica del país marcado por la desintegración social; explora temas de identidad queer, decadencia urbana y alienación política, como el miedo al sida, la violencia homófoba y la destrucción cultural. Dos años más tarde estrenó ‘War Requiem’, basada en la combinación de la composición homónima de Benjamin Britten con los poemas antibelicistas de Wilfred Owen; una experiencia visual y emocional sobre los terribles efectos de la guerra en la que se sigue a un joven soldado cuya inocencia queda aniquilada por la violencia en el frente. La que constituyó la última aparición de sir Laurence Olivier es una obra muy influenciada por la pintura barroca y la iconografía religiosa, plagada de imágenes simbólicas, escenas de combate, hospitales, cadáveres y rituales funerarios.

Activismo queer
Rodada en 1990 en torno a su casa costera de Prospect Cottage, lugar emblemático del arte contemporáneo y del activismo queer, ‘The Garden’ es un paralelismo establecido por el artista entre el sufrimiento de una pareja homosexual que es perseguida, humillada y castigada por fanáticos moralistas con la pasión de Cristo. Se erigió como una bofetada a la sociedad conservadora y homófoba de la época. De nuevo, sin seguir una narración convencional, sino que se desarrolla como una sucesión de imágenes poéticas y alegóricas, surrealistas y satíricas, la obra se nutre de figuras religiosas caricaturizadas, programas de televisión sensacionalista y paparazis que transforman el sufrimiento en espectáculo para denunciar la persecución del amor homosexual, la intolerancia, la culpa religiosa y la necesidad de resistencia queer frente a la violencia social.
‘Edward II’ (1991) transforma un drama histórico medieval en, de nuevo, una reflexión sobre la homosexualidad, la represión política y la lucha por la visibilidad LGTB. La intensa relación que mantiene Edward II con su favorito y amante Piers Gaveston provoca el rechazo de la corte y la conspiración política contra la Corona: no se tolerará la influencia del noble sobre el rey hasta el punto de provocar la caída del monarca. Como en sus anteriores trabajos, Jarman mezcla simbolismo religioso y vestuario medieval con elementos contemporáneos, estética punk y referencias directas al activismo queer de los años ochenta y noventa para establecer un diálogo constante entre el pasado histórico y el presente político. La película se ha convertido en uno de los referentes del movimiento ‘New Queer Cinema’, al que pertenecen Todd Haynes, Gus Van Sant o Bruce LaBruce.
La relevancia de la obra artística de Derek Jarman en general y de su cine en particular se explica porque fue capaz de conectar el arte experimental, la militancia queer y la lucha contra el sida
El testamento artístico y político de Derek Jarman fue ‘Blue’ (1993), una de las obras más radicales e influyentes del cine contemporáneo sobre el sida. No hay imágenes narrativas, ni escenarios, ni personajes. Sólo recuerdos, sonidos, voces y reflexiones mientras el azul llena la pantalla, color que, en el final de su vida y debido a las graves complicaciones generadas por la enfermedad, podía percibir parcialmente. Se rechaza mostrar el cuerpo enfermo; la obra huye de la representación morbosa del sufrimiento, que al no ser observado pasa a ser una experiencia compartida. Por otro lado, el film adquiere una dimensión de memoria queer al tomar conciencia de una generación desaparecida: amigos y artistas muertos, amantes perdidos, una comunidad devastada por el sida. Es, sin más, un acto de resistencia cultural frente al olvido.
La relevancia de la obra artística de Derek Jarman en general y de su cine en particular se explica porque fue capaz de conectar el arte experimental, la militancia queer y la lucha contra el sida. Un creador que combatió la homofobia institucional, transformó la estética queer en resistencia política y denunció la represión sexual. Un artista que convirtió su propia vida, su cuerpo y su obra en una forma continua de activismo. Como dijo en una ocasión, «ser artista y homosexual en Gran Bretaña es ser criminal dos veces».




