Uso Google Maps para ir al centro de Málaga. Lo escribo y me da un poco de vergüenza porque llevo casi veinte años viviendo aquí y, a estas alturas, debería saber llegar sola a calle Larios sin que una voz robótica me diga que, en ochenta metros, gire a la derecha. Pero hay algo en seguir ese círculo azul que late sobre el mapa como un corazón que me calma. Me ofrece una certeza mínima, casi infantil: si sigues esta línea, llegarás. Lo curioso es que casi siempre llego antes. Google calcula diecisiete minutos y yo tardo doce. Google dice veinte y yo aparezco en trece.
Siempre me ha dado envidia la gente que conoce el fengshui del mundo. Esa gente que, al salir de un portal, levanta apenas la barbilla y dice: el norte está por allí. O: si seguimos hacia el oeste llegamos al mar. Yo escucho esas frases con admiración. Me fascina esa capacidad de extrapolarse del lugar donde una está, de levantar una especie de maqueta invisible de la ciudad y colocarse dentro con precisión. Saber dónde nace el sol y dónde va a morir. Yo, sin embargo, siempre he sido una desnortada. Puedo caminar veinte minutos convencida de que voy al norte y descubrir, de pronto, que he estado bajando hacia el puerto. Hay algo en mi cuerpo que no confía del todo en la brújula. O quizá es al revés: hay algo en la brújula que nunca ha sabido leer mi cuerpo.
Durante mucho tiempo pensé que esa forma de caminar era una torpeza muy mía, una tara, una falta de atención, una incapacidad có(s)mica para habitar el espacio con naturalidad. Hasta que empecé a escuchar a mis amigues decir frases como: «se tarda veinte minutos andando o diez en paso marica». Recuerdo que la primera vez me reí porque reconocí inmediatamente la medida. El paso marica es caminar como si la calle estuviera a punto de cerrarse detrás de ti, igual que esas pantallas de Super Mario que van devorando el paisaje a tu espalda y que siempre me dieron ansiedad. Caminar con el cuerpo inclinado hacia delante, con una urgencia que desde luego no es deportiva ni productiva ni saludable.
Entonces entendí que el fallo en el cálculo tenía unos matices más profundos. La aplicación mide metros, cruces, pendientes, semáforos, hasta el tráfico. Pero no mide la velocidad que adquiere un cuerpo cuando ha aprendido que la calle puede volverse hostil en cualquier momento. No mide la fracción de segundo en la que una mirada se posa demasiado tiempo sobre tu ropa, tu voz, tus uñas, tu forma de mover las manos. No mide el rodeo que das para no pasar delante de un grupo de tíos que ocupan toda la acera con la seguridad de quienes nunca han tenido que pedir permiso al mundo. No mide el pequeño escalofrío que galopa en tu estómago cuando oyes por la noche una risa a tus espaldas y no sabes todavía si viene hacia ti.
Lejos de ser una exageración, el paso marica es una tecnología del cuerpo, un saber que no se suele heredar de abuelo a nieto, sino que se aprende a golpes pequeños, a insultos, a silencios, a amenazas más o menos explícitas. Por mucha teoría que una lea, por mucha terapia que haga, por mucho orgullo que haya aprendido a pronunciar, hay una parte del cuerpo que sigue llevando un mapa antiguo. Un mapa hecho de zonas rojas, calles prohibidas, portales posibles, bares refugio, miradas amigas, esquinas peligrosas.
Lo más cruel de todo es que, a menudo, las personas queer tampoco encontramos seguridad en los espacios interiores. La casa familiar, ese sitio que tantas veces se presenta como refugio, para muches ha sido el primer dispositivo de vigilancia: la casa como lugar de un amor que exige corrección, donde alguien podía decirte, sin levantar demasiado la voz, que no caminaras así, que no hablaras así, que no miraras así, que no fueras así.
Empiezo a sospechar que no soy yo quien está desorientada. Desorientado está este mundo, que tan solo sabe organizarse alrededor de los cuerpos que no teme
Por eso muches aprendimos a buscarnos fuera: en las calles, en los parques, en los baños, en los chats, en las discotecas, en las plazas, en los portales, en los bancos. La calle fue, para nosotres, una promesa de ternura. Pero la calle, al mismo tiempo, nunca dejó de recordarnos que la promesa tenía condiciones. Te dejo existir, parecía decirnos, pero de prisa. Te dejo pasar, pero no te acomodes. Te dejo bailar, pero no olvides mirar alrededor. Si la casa nos encerraba, la calle nos aceleraba.
Entre una y otra aprendimos una forma rara de ciudadanía y el paso marica se ha convertido en un modo de negociar con una ciudad que nos desea visibles cuando somos decorado, fiesta, postal, diversidad amable, un check, pero que se incomoda cuando nuestra presencia deja de ser simpática y se vuelve cotidiana. Cuando no estamos en junio. Cuando no hay carroza. Cuando solo vamos a comprar el pan con una falda, con pluma, con barba y labios pintados, con una mano agarrada a otra mano.
La orientación no tiene que ver únicamente con saber dónde está el norte. Orientarse es también saber qué cuerpos han sido invitados a caminar despacio. Qué cuerpos pueden detenerse en mitad de una plaza sin despertar sospecha. Qué cuerpos pueden mirar escaparates, perder el tiempo, equivocarse de calle, sentarse en un bordillo, besar a alguien, llorar en público, volver de noche sin miedo.
Y, aun así, qué belleza extraña la de ese paso nuestro. Porque también hay algo profundamente comunitario en reconocernos ahí. En decir «paso marica» y saber exactamente de qué estamos hablando.
Quizá algún día Google Maps pueda calcular otros tiempos. O quizá tengamos que inventar una aplicación toda nuestra, una cartografía torcida, porque ninguna herramienta es inocente. Tampoco las digitales. Quien diseña un mapa decide qué caminos existen, cuáles se recomiendan, qué cuerpos se imaginan caminando y qué peligros quedan fuera del cálculo. Una app siempre reproduce una idea de mundo.
Mientras tanto, seguiré usando el mapa para ir a lugares que ya conozco. Seguiré llegando antes de lo previsto. Seguiré envidiando a quienes saben dónde está el este y dónde muere el sol. Pero empiezo a sospechar que no soy yo quien está desorientada. Desorientado está este mundo, que tan solo sabe organizarse alrededor de los cuerpos que no teme.




