Un ataque en el Orgullo es un ataque LGTBIQA+fóbico: así viví el atentado de Berlín
La identidad del agresor no cambia la identidad de sus víctimas ni el lugar que eligió para atacarlas
Algunas personas se van de vacaciones a desconectar en la playa y yo, como no había tenido suficiente con la veintena de orgullos en los que he estado este año, me vine hace unos días a Berlín para asistir a uno más.
Aunque, siendo sincera, he venido sobre todo por la Dyke March, una marcha bastante alejada de esa idea del Orgullo como una fiesta patrocinada por Idealista, que reúne a unas diez mil bolleras y que me sirve de excusa anual para reencontrarme con algunas amigas.
El viernes, durante la manifestación, vimos a un hombre retransmitiendo en directo con su teléfono. Caminaba rodeado por un grupo de policías que formaban una especie de cápsula de protección a su alrededor. Una amiga que vive aquí nos explicó que era Eskalabe, un conocido streamer de extrema derecha que se dedica precisamente a acudir a manifestaciones donde sabe que su presencia generará incomodidad.
La escena resultaba difícil de ignorar. Miles de personas salíamos a la calle para defender nuestros derechos mientras un hombre convertía nuestra manifestación en contenido para una audiencia ideológicamente hostil. Podía grabarnos y buscar la reacción de quienes no querían aparecer en su canal porque había un grupo de agentes garantizando que pudiera seguir haciéndolo.
Con esto no quiero decir que la policía deba permitir que alguien sea agredido, por supuesto. Pero cuesta no preguntarse qué significa que alguien pueda entrar en una manifestación con la intención de provocar y alimentar el odio hacia quienes participan en ella y que sea precisamente él quien disfrute de una protección policial tan visible.
Durante esta semana de celebración y activismo, el sábado también estuvimos en el Orgullo de Berlín, conocido aquí como CSD, las siglas de Christopher Street Day. Cientos de miles de personas llenaban las calles entre carrozas y conciertos alrededor de la Puerta de Brandeburgo.
Nos marchamos antes de que terminara la jornada porque estábamos agotadas. Aunque, después de una semana entera enlazando planes, la verdadera noticia habría sido que todavía nos quedara energía.
Salimos del concierto de Sarah Connor en la Puerta de Brandeburgo —quienes crecieron en los noventa entenderán mi emoción— y, como había muchísima gente, decidimos acortar el camino atravesando Tiergarten para llegar al metro. Al doblar la esquina, ya cerca de la parada, empezamos a ver ambulancias. Muchas. Tantas que por un momento bromeamos pensando que estarían celebrando algo, sin imaginar que acababa de suceder una tragedia.
Nos fuimos de allí sin entenderlo y fue al llegar al hotel cuando recibí un mensaje de mi amigo Ale: «¿Os habéis enterado de la noticia?».
Fue así como descubrimos que una furgoneta había entrado en Tiergarten y había arrollado a varias personas cerca de la celebración del Orgullo. Una persona murió y decenas resultaron heridas. El sospechoso huyó y posteriormente fue localizado por la policía. La operación terminó con su muerte.
Las autoridades han vinculado al atacante con círculos islamistas y tendrán que esclarecer todavía todos los detalles de lo sucedido. Pero hay algo que no debería quedar enterrado bajo la discusión sobre su origen o su ideología. El ataque se produjo en el Orgullo de Berlín, contra personas que estaban allí celebrando y reivindicando su existencia. Fue un ataque LGTBIQA+fóbico.
La identidad del agresor no cambia la identidad de sus víctimas ni el lugar que eligió para atacarlas. Tampoco debería servir para desplazar la conversación hacia otro sitio. El centro de esta historia no puede ser únicamente quién conducía la furgoneta. El centro tiene que ser por qué las personas LGTBIQA+ seguimos siendo convertidas en objetivos de violencia.
La LGTBIQA+fobia no pertenece a una sola religión o ideología. Puede proceder de cualquiera que presente nuestras vidas como una amenaza para la sociedad. Aunque los discursos no sean idénticos, todos encuentran un punto de unión cuando deciden que nuestra existencia es menos legítima.
Por eso, la única manera de prevenir la violencia contra las personas LGTBIQA+ es combatir la LGTBIQA+fobia allí donde aparezca, sin excepciones ni excusas. También significa no permitir que los políticos instrumentalicen esta tragedia para enfrentar a unas minorías con otras.
No podemos relativizar la homofobia o la transfobia cuando se justifican mediante una doctrina religiosa. Pero tampoco podemos aceptar que quienes llevan años persiguiendo nuestros derechos, difundiendo bulos sobre nuestras identidades y presentándonos como un peligro pretendan utilizar ahora nuestro dolor para legitimar su racismo.
La única manera de prevenir la violencia contra las personas LGTBIQA+ es combatir la LGTBIQA+fobia allí donde aparezca, sin excepciones ni excusas
Una cosa no anula la otra. Se puede denunciar con absoluta claridad la violencia ejercida en nombre del fundamentalismo religioso y, al mismo tiempo, negarse a responsabilizar de ella a toda una comunidad. En este caso, tampoco podemos permitir que la identidad o la ideología del atacante se utilicen para señalar colectivamente a las personas musulmanas o migrantes. Se puede nombrar un ataque LGTBIQA+fóbico sin entregárselo políticamente a quienes también alimentan la LGTBIQA+fobia desde los parlamentos, los medios de comunicación y las redes sociales.
Porque el hecho de que el odio adopte formas diferentes no significa que unas sean menos peligrosas que otras. Tampoco convierte a la extrema derecha en nuestra aliada cuando el agresor pertenece a otro fundamentalismo.
La extrema derecha no avanza únicamente cuando consigue representación parlamentaria. También avanza cuando logra presentarse como una presencia legítima en todos los espacios y convierte nuestra incomodidad en la prueba de que somos nosotras quienes no toleramos la discrepancia. Eso fue también lo que vimos el viernes con aquel streamer rodeado de policías, alguien que entraba en una manifestación para convertirnos en contenido y presentarse como la víctima de nuestra reacción.
Las personas LGTBIQA+ estamos siendo utilizadas de nuevo como enemigo político. Se cuestionan nuestros derechos y hasta nuestra presencia en los espacios públicos. Se persigue la educación afectivo-sexual, se difunden mentiras sobre nuestras identidades y se presenta cualquier avance en igualdad como una amenaza.
Después, cuando esa deshumanización desemboca en violencia, todo el mundo parece preguntarse de dónde ha salido.
El Orgullo no es únicamente una fiesta que el sábado terminó atravesada por una tragedia. El Orgullo existe precisamente porque esa violencia nos sigue atravesando. Cada vez que alguien dice que ya no hace falta manifestarse, la realidad vuelve a recordarnos por qué seguimos saliendo.
El Orgullo no es únicamente una fiesta que el sábado terminó atravesada por una tragedia. El Orgullo existe precisamente porque esa violencia nos sigue atravesando
Lo sucedido no puede empujarnos a abandonar las calles. Al contrario, tenemos que ocuparlas más, cuidarnos mejor y defender nuestros derechos con más fuerza. No podemos regalarle el espacio público a quienes desean intimidarnos ni permitir que el miedo decida cuándo podemos mostrarnos.
El sábado escuché las sirenas sin saber que un día de celebración se estaba convirtiendo en una tragedia. Hoy, mientras escribo esto, pienso en las víctimas, en sus familias y en todas las personas que salimos a la calle esperando volver a casa a salvo.
Pero también pienso que no podemos dejar de salir.
El Orgullo siempre ha sido una respuesta democrática frente al odio. Y cuando el odio pretende expulsarnos de las calles, ocuparlas vuelve a convertirse en nuestra manera de resistir.