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La Dyke March y el orgullo de ser bollera

Muchas de estas marchas se han ido moviendo hacia lugares más cercanos a lo queer. Y no tanto porque hayan dejado de ser lesbianas, sino porque la propia idea de ser lesbiana también se ha desplazado

Comunidad Estupenda Márquez
Ilustración: Veramixture
Comunidad Estupenda Márquez

La palabra ‘bollera’ suena distinta cuando muchas personas la gritan a la vez en la calle.

En la Dyke March deja de sonar como algo que se lanza desde fuera. La palabra cambia de dueño. Está en los carteles, en las camisetas, en cómo la gente se mira. Durante unas horas, ‘bollera’ deja de parecer una ofensa para convertirse en una manera orgullosa de ocupar el espacio.

Quizás por eso cuesta tanto traducir ‘dyke’. ‘Bollera’ se acerca bastante, aunque ninguna de las dos palabras termina de coincidir del todo. Las dos cargan con años de estigma. Las dos hablan de algo que va más allá de una orientación sexual.

Antes de la Dyke March ya existían marchas por la visibilidad lésbica en ciudades como Vancouver o Toronto durante los años ochenta. La primera Dyke March como tal se organizó en Washington D. C. en 1993, impulsada por las Lesbian Avengers, un grupo de activistas por la visibilidad lésbica con muchas ganas de dar guerra. Eran marchas lesbianas, sí, pero también una respuesta a un orgullo que empezaba a institucionalizarse y donde muchas no terminaban de verse reflejadas. Frente a las carrozas, las marcas y la idea de integración, la Dyke March proponía otra cosa: volver a la calle, caminar juntas, gritar.

Desde entonces, la Dyke March se ha expandido por Estados Unidos, Canadá y algunas ciudades europeas como Berlín o Londres. Sigue existiendo en pocos lugares y casi siempre desde una lógica distinta a la del orgullo más institucional. Algunas se parecen más a una manifestación clásica; otras tienen algo más festivo.

Con los años, muchas de estas marchas se han ido moviendo hacia lugares más cercanos a lo queer. Y no tanto porque hayan dejado de ser lesbianas, sino porque la propia idea de ser lesbiana también se ha desplazado.

Hay algo en palabras como ‘dyke’ o ‘bollera’ que va más allá de una orientación sexual. Hablan también de una posición política, de una manera de colocarse frente a la norma, de vivir el género o el deseo desde cierto desajuste. Y eso se nota en la Dyke March, en cómo se mezclan las luchas de quienes participan y en la dificultad de definir del todo qué es exactamente este espacio.

La Dyke March actual suele reunir reivindicaciones muy distintas entre sí. Feminismo, derechos trans, antirracismo, políticas migratorias o trabajo sexual. Todo aparece mezclado en el mismo recorrido. A veces las consignas encajan entre sí y otras veces chocan frontalmente. La sensación general suele parecerse más al caos que a una idea perfectamente organizada de comunidad.

En Berlín eso se nota muchísimo. La marcha ocurre dentro de la semana del Christopher Street Day —el nombre que recibe allí el Orgullo, en referencia a la calle neoyorquina donde tuvieron lugar los disturbios de Stonewall—, aunque el ambiente es completamente distinto. La gente va andando, fumando, bebiendo cerveza y sosteniendo carteles hechos a mano. Todo parece más cercano y caótico, como si nadie estuviera intentando dar una imagen demasiado perfecta de nada.

El término ‘FLINTA’ aparece constantemente: mujeres, lesbianas, personas intersexuales, no binarias, trans y agénero. Más que una definición cerrada, parece ser una forma provisional de nombrar a toda la gente que intenta escapar, de una manera u otra, de lo que significa ocupar el lugar tradicional del hombre cishetero.

Y aun así, la marcha nunca termina de encajar del todo en esa definición. Hay hombres gays cis, hay amigas, novias, maricas, bolleras, personas trans, gente imposible de clasificar. La sensación general tiene más que ver con cierto desorden queer que con una identidad perfectamente delimitada.

La primera vez que estuve allí entendí algo que hasta entonces no había terminado de entender sobre mí misma.

Siempre me había costado identificarme como lesbiana. La palabra me producía conflicto. Había algo ahí relacionado con la dificultad de reconocerse dentro de una identidad que durante tanto tiempo ha aparecido asociada a la burla y al rechazo. Incluso después de llevar diez años compartiendo mi vida con una mujer, seguía sintiendo cierta distancia con la idea de pertenecer a algo.

Y, de repente, aquella marcha.

Miles de bolleras andando juntas por Berlín, gritándolo, escribiéndolo en carteles, llevando la palabra encima del cuerpo sin vergüenza ninguna. Había algo muy fuerte en ver eso de cerca. Por primera vez, la palabra ‘lesbiana’ dejaba de sentirse pequeña u ofensiva para convertirse en algo luminoso.

Creo que gran parte de la fuerza de la Dyke March tiene que ver precisamente con eso. Con la posibilidad de generar un sentimiento de pertenencia, de encontrarte rodeada de personas en las que reconocerte, incluso aunque no se parezcan exactamente a ti. Durante unas horas, todo aquello que normalmente aparece aislado se vuelve visible a la vez.

Ilustración: Veramixture

Eso no significa que las tensiones desaparezcan. En una de las ediciones a las que asistí, un grupo de lesbianas transexcluyentes empezó a enfrentarse con otras participantes de la marcha. Durante unos minutos, todo se detuvo. Varias personas comenzaron a rodearlas y a pedirles que abandonaran el recorrido. Fue una escena incómoda de presenciar, aunque también dejaba claro algo importante: en la Dyke March todo termina haciéndose visible, incluso las fisuras internas.

Y aun así, la marcha sigue avanzando.

Lo lleva haciendo desde los años noventa, pasando por ciudades, discusiones y maneras muy distintas de entender qué significa hoy ser lesbiana. A estas alturas, lo verdaderamente raro es que todavía no haya llegado a España.

Igual va siendo hora de organizarla nosotras.

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