Junio, en cualquier país de Occidente, es sinónimo de ‘Orgullo LGTBIQ’. Fiesta y reivindicación. O fiesta reivindicativa o reivindicación fiestera. También lo es en España, con Madrid o Barcelona en el epicentro de todos esos actos.
Sin embargo, hubo una época en que eso no fue así. No tanto si lo pensamos, que el tiempo corre que se las gasta. En nuestro país, concretamente cincuenta años, que son los que se cumplirán en 2027 de la primera manifestación del Orgullo por estos lares. Fue en 1977 y en la Ciudad Condal, urbe pionera en tantas cosas en aquellos momentos. Entonces, reclamar derechos era prácticamente jugarse la vida. Seguía además en vigor una ley, la de Vagos y Maleantes de la II República, aliñada después en 1954 por el franquismo para ensañarse aún más con la homosexualidad, que permitía el encarcelamiento de todo aquel que despertara las sospechas de conducta sexual ‘desviada’ del todavía hetero-catolicismo imperante.
Pero hubo un grupo de valientes que el 26 de junio de 1977 se atrevieron a romper la baraja, a cambiar las reglas de juego. Tan solo 10 días después de las primeras elecciones libres celebradas en cuarenta años en nuestro país. Porque nadie iba a regalar nada y se sabía que los derechos se conquistarían desde la reclamación. Convocados por el todavía clandestino Front d’Aliberament Gai de Catalunya (FAGC), consiguieron congregar a unas 4.000 personas, no solo disidentes sexuales, sino también activistas de muchas otras causas sociales que eran conscientes de que solo la unión haría la fuerza.

Y cuenta Nazario, el artista, uno de los asistentes esa tarde en las Ramblas por donde discurrió la manifestación, la cual pasó con el discurrir de los minutos de algarabía a algarada, con su poquito de cargas policiales que era el perejil de toda reunión masiva de la época, acompañado de otros grandes de la época como Ocaña y Camilo, que aquello se atiborró de fotorreporteros que no querían perderse ni un solo momento del asunto: «Estábamos los manifestantes, la policía, el público y los fotógrafos. Y cada fotógrafo enfocó lo que consideró relevante».
Así fue. Había fotógrafos, periodistas y cineastas, como deja por escrito el comisario Rafael Doctor, que recuerda a José Romero Ahumada, Agustí Carbonell, José María Espinosa, Enrique Serrano (del que, hasta hace unos días, la muestra ‘Pluma roja’, en Archivo Arkhé, recuperaba sus aportaciones) y Carlos Bosch; bien de testosterona, como marcaban los cánones. En el tumulto se congregó hasta un joven guiri, Cleve Jones, que al regresar a San Francisco se convertiría en mano derecha del mismísmo Harvey Milk. Pero, como subraya este experto, «las imágenes que al final han resistido el tiempo y definido aquella tarde fueron las de Isabel Steva Hernández (1940-2023), más conocida como Colita, una de las pocas mujeres que en la época supieron plantarle cara al machismo imperante en la profesión». Ahora, un libro editado por La Fábrica (‘Colita. Nosaltres no tenim por, nosaltres som’) y una exposición homónima en Madrid, en la nueva sede de Blanquerna, en Tetuán (del 11 de junio al 30 de agosto, dentro de la programación de PHotoEspaña) comisariada por el mencionado Doctor, recuperan de forma exhaustiva el trabajo de esa tarde de esta creadora.
Colita fue «la auténtica heroína-fotógrafa de aquella manifestación. Estaba en su salsa, obstinada y guerrillera»
Regreso a Nazario, que recuerda cómo Colita fue «la auténtica heroína-fotógrafa de aquella manifestación. Estaba en su salsa, obstinada y guerrillera, entregada en cuerpo y alma para reflejar con todo detalle una manifestación que era ‘su’ manifestación. Delante de las pancartas, agachada, arrodillada, haciendo unas atrevidas to- mas con unos contrapicados que daban a los manifestantes un carácter épico».
Hasta dos carretes (que, creédme, era una locura para la mentalidad de la época: ¡72 fotografías en una jornada!) des- cargó esa tarde la fotógrafa: De los arranques de la marcha hasta su disolución por la policía, reproducidos ahora completamente en el libro junto a sus contactos (para que nos entendamos, la plasmación en pequeñito de sus negativos para saber qué tomas son las que se debían ampliar. De hecho, serán 40 las elegidas por su autora). Y de entre todas ellas sobresale, porque ya es Historia del Movimiento LGTBIQ e Historia de nuestro país, la de las seis personas trans que terminaron abriendo la marcha y que, entre gritos y puño en alto, se acompañaban de la pancarta que da título a exposición y publicación, que en un desafiante catalán lo dejaba claro: «Nosotrxs –esta lengua no tiene género para la primera y segunda persona del plural– no tenemos miedo. Nosotrxs somos (o existimos)».

Las Ramblas de nuevo. Con punto de partida frente a la iglesia de Santa Mónica, donde hacían la carrera muchas travestis en aquellos años y donde el Ayuntamiento colocó una placa para conmemorar la efemérides hace dos. Mismo escenario donde en 1933 Jean Genet presenciaba (y así lo relataba en ‘Diario de un ladrón’) a un grupo de homosexuales travestidos en manolas de luto homenajeando un urinario público que días antes había sido destruido por una bomba anarquista. Quizás la primera marcha del Orgullo, a su manera, documentada en España. Y recuperando de alguna manera el ‘Espíritu de Torremolinos’, porque nada nace de la nada, que en 1971, también en junio, vivió una macrorredada policial en sus locales de ambiente de Pasaje Begoña y sus cercanos espacios de cruising y que algunos identifican como el «Stonewall español» por cómo empezó y acabó. Las Ramblas, decimos, y también otra vez, las mujeres trans.
Gracias a las fotos de Colita identificamos a gente como Úrsula, que amenaza con lanzar una paca de paja a la policía
Tengamos en cuenta que aquella de 1977 fue una manifestación ilegal. Y también, que los organizadores quisieron sacarse de primer plano todo tipo de disidencia que diera una imagen poco ‘normativa’ del homosexual. Pero cuando comenzaron los palos, fueron ellas las que tomaron las riendas. Y gracias a las fotos de Colita identificamos a gente como Úrsula, que vestida de leopardo amenaza con lanzar una paca de paja a la policía a la altura del mercado de la Boquería y que acaba ensangrentada de los golpes; a Silvia Reyes, a La Trini, Trinidad Falcés, trans gallega a quien Sergio Marey, que también escribe en el libro, le dedicó recientemente una biografía.
A ‘Santa Iluminata Blancaguait’, una santa ficticia, se encomendaba Colita y todas las fotorreporteras antes de salir a trabajar la calle, su verdadero estudio. Entre sus logros, un fantástico reportaje para ‘Cambio16’, meses antes, sobre la muerte de Franco, cuando lo de la libertad de prensa lo llevábamos también reguleras. O el que dedicó a los mismísimos Ocaña y Camilo para ‘Reporter’, a los que conoció días antes, en mayo, en el Cafè de l’Òpera, enfrente del Liceo.

Laura Terré, comisaria de una de sus retrospectivas más importantes, destaca como este trabajo del 26 de junio de 1977, resume bien su forma de proceder, implicada en el tema, mezclándose como una más en el grupo que se manifiesta, sin perder un detalle aunque la cosa se pusiera fea cuando comenzaron las cargas o la construcción de barricadas en la calle de Portaferrisa. Ella sí que no tenía miedo, y así lo reflejan sus instantáneas del momento en blanco y negro que ahora vivimos en primera persona en la publica-
ción y en la muestra. «¡Yo soy periodista!», gritaba ella con orgullo. Mucho más que eso: ella es nuestros ojos, casi 50 años después.




