Cuando pensamos en un campo de trabajo, enseguida nos viene a la cabeza lugares tan lejanos como la Alemania nazi y su Auschwitz —que, en realidad, estaba formado por tres campos distintos: uno de concentración, otro de exterminio y otro de trabajos forzados—. Sin embargo, no demasiada gente sabe que en España también existieron varios campos de este tipo y, uno de ellos, destinado a un gran número de presos homosexuales. Estamos hablando de la denominada Colonia Agraria Penitenciaria de Tefía, un campo de trabajo ubicado en una zona desértica de la isla de Fuerteventura y que, en apariencia, pretendía redimir mediante el trabajo a aquellos que se desviaban de la moral nacionalcatólica, aunque en realidad no era más que otro método punitivo producto de la imaginación fascista.
Esta práctica, la de buscar la corrección a través del trabajo, no era, ni mucho menos, algo nuevo. En la entrada principal del citado Auschwitz había un cartel que rezaba ‘Arbeit macht frei’ o, lo que es lo mismo, ‘El trabajo te hace libre’. Sin embargo, la única liberación que se podía alcanzar dentro de aquellos muros era a través de la muerte, porque no había lugar para el perdón —como si hubiera algo que perdonar— o la excarcelación. Por su parte, en España, la famosa ley de vagos y maleantes, conocida popularmente como La Gandula, fue promulgada en 1933 bajo el gobierno de la república. Con ella se buscaba
castigar a vagabundos, nómadas, proxenetas y otras personas con comportamientos considerados incívicos y antisociales. Para intentar corregir una posible conducta errática por parte de este tipo de personas —ya que estaley no castigaba delitos, sino que pretendía prevenirlos—, se crearon los mencionados campos de trabajo. No obstante, no sería hasta 1954 cuando el régimen franquista reformara la ley e incluyera en la extensa lista de perseguidos también a las personas homosexuales.
El campo de Tefía era lo más parecido al infierno. Existen varios relatos de personas que pasaron por aquel lugar y todas coinciden en lo mismo: la falta de escrúpulos por parte de sus dirigentes y el empeño en hacerles su estancia insoportable. Uno de los testimonios que ha llegado hasta nuestros días, gracias al buen trabajo de recuperación de Víctor M. Ramírez y Beatriz Andreu, es el de Octavio García, uno de los primeros internos que tuvo la colonia.
«Ellos no tenían consideración con nadie. He visto allí las palizas más atroces a los pobres presos», cuenta a cámara Octavio en un testimonio gráfico de casi dos horas que data de 2012 y que con gran generosidad nos ha cedido Víctor. Su relato comienza con la forma en que los trasladaban al campo: «Allí nos tenían cinco o seis horas a pleno sol hasta que viniera un camión militar. Luego nos metían allí y echaban un toldo para que no viéramos nada. Nos daban una vuelta para desorientarnos del camino y nos llevaban a Tefía». Más adelante añade: «Amarraos, esposaos. Toda la gente mirando como si fuéramos presos terroríficos». Previamente, le habían hecho un examen médico para diagnosticar, según unos criterios surrealistas, su homosexualidad: «Tenías que ponerte a cuatro patas y abrirte el año para contarte los pliegues», relata Octavio casi entre risas por lo ridículo de la idea, aunque, por otro lado, recalca que resultaba bastante humillante: «A mí nunca me lo hicieron porque yo no quise». El resultado de su negativa fue una nota en el informe con la que se indicaba que era «homosexual tanto activo como pasivo», algo que era todavía más perjudicial para él a nivel legal.
Una vez allí, aparte de vivir en unas condiciones deplorables, su trabajo consistía en «cargar piedras y agua, cargar piedras y agua», una labor repetitiva que «te estropea la mente», según advierte Octavio. La alimentación, huelga decir, también era deficitaria, lo que repercutía en el físico de los internos: «Hombres que llegaban allí con ochenta kilos y se quedaban pesando cuarenta y cinco o cincuenta kilos». Además, para mayor escarnio físico, dormían por la noche en unos barracones que no tenían casi ningún tipo mobiliario ni condiciones mínimas de habitabilidad: «Allí no había camas, había petates (…) sin sábanas y una manta de estas piconas, de esas de cuartel. Y era un salón grande con una ventana que no te la dejaban cerrar como castigo. Por las noches se sentía el ulular de los vientos». Todo ello, encima, sin ningún tipo de juicio que le diera la posibilidad de defenderse o de librarse de la reclusión: «Allí no se hizo juicio ninguno. Condenados y punto», se lamenta Octavio, que entró en Tefía con 23 años y que, en el momento de la entrevista, tenía 81.
La colonia estuvo en activo desde el año 1954, al poco de modificar la ley de vagos y maleantes para incluir a personas homosexuales, hasta 1966. Doce años en los que la represión de la disidencia sexual fue uno de los principales objetivos de aquel lugar desértico que ni siquiera tenía vallas o muros porque su localización, dejada de la mano de Dios, convertía la huida en una muerte asegurada. «Allí estábamos aislados del mundo. Allí no se veía nada», sentencia Octavio.
Ahora, sesenta años después de su clausura, este campo de trabajo será declarado Lugar de Memoria, el primero de toda Canarias. El acto se celebrará mañana, 27 de febrero, y será posible gracias al Ministerio de Política Territorial y Memoria Democrática, capitaneado por el ministro de origen canario Ángel Víctor Torres. No obstante, detrás de este hito hay un arduo trabajo previo por parte de gente como Víctor M. Ramírez, quien fuera director general de Diversidad del Gobierno de Canarias hasta el año 2023 y quien también se preocupó de registrar el testimonio de Octavio. Así celebra Víctor este hito: «La declaración de Tefía como lugar de memoria supone culminar un trabajo de significación de espacios de memoria en las islas que comenzó con la estrategia de memoria histórica que implementé siendo director general y que completa ahora el Ministerio de Memoria Democrática con este acto para mí trascendental». El lugar, además, se convertirá en un centro de memoria democrática. Algo también muy positivo, según Ramírez: «Va a permitir mantener viva la memoria del lugar y garantizar su difusión, así como, de manera particular, dignifica las vidas de las personas que allí sufrieron reclusión».
Hasta Fuerteventura también viajará Julio del Valle, director general para la Igualdad Real y Efectiva de las Personas LGTBI+ en el Ministerio de Igualdad, para participar en el acto. Del Valle considera que esto es importante debido a la carga simbólica que ello conlleva con respecto a la dignidad de los antiguos reclusos: «Homenajeamos a todas las personas que fueron internadas y torturadas allí durante el franquismo. Su lucha no fue en balde», reconoce. Además, añade que esto no solo va del pasado, sino también del presente: «Nos va a hacer recordar permanentemente a toda la sociedad que sin la diversidad no se entiende la democracia».
Ante la pregunta de por qué quería contar su historia, Octavio se mostró tajante: «Quiero contar todo esto para que se sepa. Para que la juventud, la de hoy, sepa lo que fue la homosexualidad, cómo la reprimían… cómo pretendían reprimirla». Él murió en el año 2018 con, por suerte, cierto reconocimiento institucional gracias al trabajo de Víctor y su equipo, pero su memoria y la de tantos que sufrieron lo mismo que él debe seguir siendo conservada. Sobre todo ahora, en una época en la que casi un 20 % de jóvenes, según una encuesta reciente, considera que en la dictadura franquista se vivía mejor. A tenor de estos datos, parece más que necesario que las nuevas generaciones conozcan este tipo de testimonios para que comprendan, de una vez por todas, que la dictadura fue muchas cosas, pero ninguna de ellas un periodo amable. Y mucho menos para aquellos que vivían alejados de la norma y que tan solo pretendían vivir en paz. Una paz que, de la noche a la mañana, les fue arrebatada sin ningún tipo de conmiseración.




