El 3 de septiembre de 2001, hace casi 25 años, comenzó en España uno de los juicios más infames de toda la historia de nuestro país. Ese día, en el Palacio de Justicia de Málaga no se juzgaba un crimen, sino el modo de vida, el carácter y la actitud de una mujer. «Lo perdí todo. Mi libertad, mi vida, mi voz; incluso mi nombre. Nunca he vuelto a ser la misma, y nunca lo seré», dijo Dolores Vázquez veinte años después de aquello.
El calvario comenzó el 9 de octubre de 1999. Esa fue la noche en que se perdió el rastro de Rocío Wanninkhof, de 19 años. La joven, vecina de La Cala de Mijas, salió de la casa de su novio sobre las 21.00 horas para regresar a la suya con la intención de ducharse y arreglarse. Eran las fiestas de Fuengirola y su plan era reunirse allí más tarde con él y sus amigos. La distancia era de apenas 500 metros, pero nunca llegó a su domicilio.

Las primeras alarmas se encendieron a la mañana siguiente. Su madre, Alicia Hornos, no conseguía localizarla y nadie de su entorno sabía de su paradero. Horas después, inquieta, la progenitora salió a caminar y encontró en un descampado unas zapatillas que rápidamente identificó como las de su hija. También un pañuelo ensangrentado y, alrededor, pequeñas gotas de sangre. Los análisis de las muestras realizadas por la Guardia Civil confirmaron que pertenecían a Rocío. Era la escena del crimen, donde los agentes también recogieron una colilla de Royal Crown, que fue determinante para, años después, resolver el caso.
La búsqueda de la joven se prolongó durante 24 angustiosos días. Finalizó el 2 de noviembre, con la peor noticia posible para su familia.El cuerpo de la joven apareció desnudo -parte de la ropa fue encontrada en una bolsa de plástico- y calcinado cerca de unas pistas de tenis en una urbanización de Marbella, a unos 30 kilómetros del lugar en el que Rocío desapareció. A pesar del avanzado estado de descomposición que presentaba, los forenses identificaron nueve lesiones de arma blanca.

Casualidad o no, muy cerca del cadáver se encontró uno de los carteles con el rostro de la joven que habían repartido los vecinos durante su búsqueda. Los investigadores no pasaron por alto ese detalle, al que dieron un significado que condicionó el rumbo de las pesquisas: el autor era alguien próximo a la familia.
A partir de ahí, la ruptura de la relación sentimental entre Alicia Hornos, madre de Rocío, y Dolores Vázquez -quien había convivido con la familia durante años- cobró especial importancia para los investigadores y se convirtió en el centro de las sospechas. Diez meses después del crimen, el 7 de septiembre de 2000, Dolores salía de su casa de Mijas esposada y acusada del asesinato.
No había pruebas biológicas, ADN ni había testigos oculares, pero sí “indicios” a los que la Guardia Civil se aferró para sostener que Dolores era la autora. De acuerdo con el informe del Cuerpo, uno de estos indicios era que había demostrado ser “fría, calculadora, colérica y teatrera”. También se argumentó que Rocío conocía a su agresor porque se había hallado un pañuelo con el que supuestamente se limpió, y se interpretó el ensañamiento del asesinato como una prueba de odio personal.
La acusada siempre mantuvo la misma versión: la noche que desapareció Rocío ella estuvo en su casa, cuidando de la hija de su sobrina, de dos años, y de su madre, que estaba convaleciente. Salió a tirar la basura un momento y a comprar un paquete de tabaco en un restaurante que quedaba enfrente de su casa. Pero nunca la creyeron. Dos días después de su arresto se decretó su ingreso en prisión provisional.
A pesar de la ausencia total de pruebas, el jurado popular condenó a Dolores por el asesinato de Rocío Wanninkhof. Tras la lectura del veredicto, las personas presentes en la sala estallaron en un sonoro aplauso, incluidos algunos de los periodistas que cubrían el caso. Aquello fue el final de un acto en el que su orientación sexual y un supuesto carácter vengativo ejercieron como única (pero eficiente) herramienta para condenarla.
El 3 de septiembre de 2001 comenzó el juicio en la Audiencia Provincial de Málaga bajo una expectación sin precedentes. No hubo ni una sola renuncia entre los miembros del jurado popular. El país llevaba meses consumiendo un juicio paralelo en los medios de comunicación, en el que Dolores sería juzgada por su apariencia -«demasiado masculina», decían las crónicas- y su supuesta «represión homosexual».

La fiscalía sostuvo que la acusada, mientras hacía deporte, se encontró con Rocío, discutieron y la mató. Ignoraron la coartada de Dolores porque ni la niña a la que cuidaba, debido a su corta edad, ni la madre, que estaba muy enferma, podían corroborarla. También los registros telefónicos que la situaban hablando por teléfono a las 22:34, apenas media hora después del momento estimado de la muerte. La Guardia Civil defendió que tuvo tiempo para cometer el crimen, esconder el cuerpo y volver a su casa.
La vista oral duró 16 días y, tras 30 horas de deliberación, el jurado emitió su veredicto: culpable. Siete votos contra dos. Dolores Vázquez rompió a llorar sobre los hombros de su abogado mientras el público aplaudía. Fue condenada a 15 años de prisión y a pagar 18 millones de pesetas por un asesinato que no cometió. En total, pasó 519 días en la cárcel. 17 meses por un crimen cuyo autor continuaba suelto y que volvería a actuar.

25 años después de la condena, el Gobierno de España —a través del Ministerio de Igualdad— le pidió perdón de forma oficial. Lo hizo el 26 de abril, el Día de la Visibilidad Lésbica, un acto simbólico pero con mucho trasfondo.
De ‘Loli’ (así se llama a ella misma) nunca se dijo literalmente que fuera lesbiana, pero se construyó toda una mitología acerca de dos amigas «muy amigas». Una era la madre separada con tres hijos; la otra, una malvada mujer que las había tenido prácticamente encarceladas. Y frente a una ruptura, la terrible venganza que solo podía haber cometido ella.

Su letrado, Pedro Apalategui, no se rindió y apeló la sentencia ante el Tribunal Superior de Justicia de Andalucía (TSJA), que admitió su recurso al detectar que el fallo carecía de base probatoria y no se había respetado la presunción de inocencia.

El 1 de febrero de 2002, la resolución fue anulada y se ordenó la repetición del juicio. Dolores salió en libertad bajo fianza de 30.000 euros una semana después, aunque la familia de Rocío luchó judicialmente para que regresara a la celda.
No volvió a la cárcel ni tampoco a sentarse en el banquillo de los acusados. Desde el principio, Dolores sostuvo que el asesino seguía en la calle y el tiempo le acabó dando la razón, de la forma más trágica posible, porque volvió a actuar el 14 de agosto de 2003. Otra joven, Sonia Carabantes, de 17 años, desapareció en Coín tras la última noche de feria. Su cuerpo fue hallado cinco días después en un paraje de Monda.
El giro en el caso Wanninkhof se produjo tras analizar el ADN hallado en las uñas de la última víctima, que coincidía al 99% con el del cigarro de la marca Royal Crown que apareció en la escena del crimen de Rocío. El rastro no apuntaba a Dolores, sino a un ciudadano británico con condenas previas por agresiones sexuales en su país: Tony Alexander King.
La historia estaba construida y el público de acuerdo. Tan solo un diminuto retén de abogados, periodistas y activistas se atrevió entonces a plantear un relato alternativo. Una narrativa minoritaria que demostró ser la única verdad real y también judicial. Pero para ello tuvo que morir Sonia Carabantes, y solo entonces —y también fruto del azar— se encontró al verdadero culpable… o al menos a uno de ellos.
La detención de Tony King se produjo el 18 de septiembre de 2003 en Alhaurín el Grande y derrumbó toda la teoría construida contra Dolores Vázquez. King confesó el asesinato de Rocío (aunque luego se retractó parcial o totalmente en diversas versiones), confirmando que fue un ataque al azar, sin el móvil de odio que la acusación sostenía para incriminar a Dolores.

Un mes después, el juzgado levantó todas las medidas cautelares sobre ella y ordenó la devolución de su fianza.
El 17 de octubre de 2005 comenzó el juicio contra King por el asesinato de Sonia Carabantes. El británico fue condenado por la Audiencia Provincial de Málaga a 36 años de prisión por estrangular mortalmente a la menor, a ocho por el de agresión sexual y a otros cinco años por el de detención ilegal, así como una indemnización por el grave daño ocasionado a sus familiares.

Un año después, el 20 de noviembre de 2006, King volvió a sentarse frente a un jurado popular, esta vez por el crimen de Rocío Wanninkhof. En esta ocasión los investigadores sí lo señalaron como único autor del asesinato, despejando cualquier participación de Dolores Vázquez, y admitieron los errores en su investigación inicial. Tras varias sesiones, el veredicto de culpabilidad fue unánime. El 21 de diciembre, la Audiencia lo condenó como autor responsable del asesinato de Rocío con la circunstancia agravante de despoblado, a la pena de 19 años de prisión, además de indemnizar a la familia de la víctima.
Un cuarto de siglo después, el nombre de Dolores Vázquez resuena en el imaginario de la sociedad española, y lo hace, efectivamente, con la sensación de injusticia. Pero lo que sufrió Loli no sólo fue un error judicial, sino también la víctima de la caza de la lesbiana, de la diferente, de la odiada. Y esto sí parece que ha desaparecido de la mente de los españoles. Por eso, 25 años después de la condena, toca volver atrás para insistir en que los hechos que se olvidan están condenados a repetirse.
TEXTO: Iván Gelibter e Irene Quirante
GRÁFICOS Y MONTAJE: Sara I. Belled



