El lunes 27 de abril se celebró en el Ministerio de Igualdad un acto-homenaje a Dolores Vázquez. Fue un intento de pedir perdón sin pedirlo expresamente, pero sin duda ella lo debió vivir como un resarcimiento, aunque no completo, por todo lo pasado. 26 años después del juicio las instituciones han dado un paso adelante para reconocer (sin reconocerlo) que en los años 90 se podía condenar por asesinato a una lesbiana por el hecho de serlo. Hay quien sostiene que la investigación popular, el juicio y el veredicto fueron fallos del sistema, fallos que existen siempre, algo que podría haberle ocurrido a cualquiera, pero cabría otra interpretación según la cual no se trató de simples fallos, sino de la aplicación estricta de prejuicios y estereotipos negativos esperable en un sistema traspasado por la homofobia; lesbofobia en este caso. Hay que recordar que a Dolores Vázquez la condenaron por asesinato sin que existiera una sola prueba en su contra (como llegó a reconocer el propio fiscal en su alegato final), que los indicios que se suponía que sostenían la acusación no eran tales sino estereotipos lesbofóbicos, y que la acusada tenía incluso una coartada que, simplemente, no se tuvo en cuenta. El resultado final del despropósito no fue únicamente una condena gravísima a una inocente, sino que esta condena permitió que el verdadero asesino tuviera aun la oportunidad de matar a otra niña, a Sonia Carabantes. Una joven que se hubiera salvado de haber hecho la policía bien su trabajo. Recordemos simplemente que la policía británica había advertido a la española de que un peligroso delincuente sexual se había instalado en la Costa del Sol, muy cerca de donde ocurrieron los asesinatos y también que al lado del cadáver de Rocío Wanninkhof se encontró una colilla con el ADN del asesino, un ADN que la policía ya tenía fichado por la advertencia de sus colegas británicos. ¿Cómo es posible que no fueran a buscarle?
La realidad, aunque suene dura, es que encontraron a una lesbiana en el entorno de la víctima. Y eso fue suficiente, ya no buscaron más. Y a partir de ahí todo consistió en hacer, como fuera, que Dolores Vázquez encajara en sus prejuicios. El móvil del crimen para la policía y el jurado fueron los celos que sentía hacia la niña asesinada, Rocío, porque se supone que ambas competían por el amor de la madre. La realidad es que Dolores Vázquez quería a Rocío como a una hija, que la niña la consideraba una segunda madre, que ella y Alicia ya no eran pareja pero que Dolores seguía ocupándose de la educación de los hijos de esta. Para la policía resultaba imposible pensar que una familia lesbiana estuviera atravesada por el mismo amor y cuidado que cualquier otra familia. No podía ser. Además, se echaron sobre Dolores todos los estereotipos negativos asociados históricamente a las lesbianas: que era masculina, agresiva, fuerte, mandona, hacía deporte, conducía un deportivo, era jefa, despótica… No podía ser una madre, sino que tenía que ser una ‘madrasta’ en el sentido más peyorativo del término. No era una madre que cuidaba de sus hijos (como así era) sino una mujer resentida por no poder tenerlos, que quiso castigar a una mujer que sí era madre. La relación entre ellas no podía haber sido de amor y familia, sino que tenía que dejarse caer que Dolores se había aprovechado de una mujer sencilla a la que había seducido para atraerla con ella hacia el lado oscuro. Así, Dolores era la mujer malvada (lesbiana) y Alicia Hornos una inocente heterosexual a la que la primera sedujo con malas artes.
Todo esto nos puede sonar hoy estrambótico, pero en aquellos años funcionó hasta el punto de llegar a condenar a Dolores por asesinato sin que poca gente dijera una palabra en su defensa. Pero lo que pasó tampoco hubiera sido posible si los colectivos y opinadores LGTBI hubieran llamado la atención sobre lo que estaba pasando. Pero no nos atrevimos. No nos atrevimos porque, aunque sea complicado de entender, a Dolores se la armarizó, y eso funcionó como freno a su defensa. En todo el proceso ningún medio mencionó una sola vez que fuese lesbiana y que ella, Alicia y sus hijos formaban una familia compuesta por dos madres y tres niños. Nada de esto apareció en los medios porque describir así a una familia lesbiana hubiera sido lo mismo que reconocer que eran una familia normal, como cualquier otra.

No se mencionaba abiertamente pero se insinuaba de manera negativa, dejando que el espacio del silencio lo ocupara la sospecha y los prejuicios lesbofóbicos. Lo que no se nombraba existía sin embargo, pero al fondo de la imagen, como una sombra. No se decía ‘lesbiana’, pero sí ‘amiga íntima’. Se dejaba entrever una relación oscura a la que no se ponía nombre. El silencio deja un hueco que se pue de llenarse de lesbofobia pero, además, impide también la denuncia. Si no hay lesbiana no puede haber lesbofobia. El silencio que sobre la orientación sexual de Dolores impusieron los medios, permitió que en la imaginación de la gente solo cupieran los estereotipos que durante siglos se han vertido sobre las lesbianas. Si no se visibiliza a lesbianas ‘normales’, con todo tipo de aspectos, entonces lo que se impone es lo que la gente tiene en la cabeza acerca de las lesbianas, imágenes negativas. Y eso es lo que ocurrió.
Siempre interpretamos ‘el armario’ como algo que usan las personas LGTBI para esconderse, pero pocas veces hablamos del armario impuesto, del que usa la sociedad para evitar visibilizar las existencias LGTBI como normales, legítimas, iguales, positivas. El armario impuesto impide que las personas LGTBI puedan ver que existe mucha gente como ellos y ellas mismos, que existen familias que viven socialmente integradas, sin dolor, sin discriminación. El armario impuesto funcionó en este caso para que todo lo negativo imaginario se pudiese escribir sobre Dolores, que se pudiese construir una imagen de ella completamente falsa y que, al mismo tiempo, no pudiese disfrutar de la posibilidad de ser defendida por los activistas LGTBI; ese armario impuesto impidió que la operación de lesbofobia de manual que se le estaba aplicando pudiese denunciarse y confrontarse. Uno de los lemas del activismo LGTBI en los 80 y 90 fue ‘Silencio=muerte’ y nunca fue más real que en este caso. El silencio estuvo a punto de conducir a Dolores a la cárcel por más de 20 años.



