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Día de la Visibilidad Lésbica

«Bollera», una palabra que pasa de insulto a identidad según quién la pronuncie

Entre el insulto, el humor y la reapropiación, distintas mujeres del colectivo explican qué les genera un término que la RAE recoge como una forma despectiva, malsonante y coloquial de referirse a una lesbiana

Comunidad Alba Tenza
Comunidad Alba Tenza

En una fiesta, en una conversación entre amigas, en una pancarta o en una camiseta puede sonar a orgullo. En un pasillo de instituto, en la calle o en boca de alguien que busca hacer daño, puede seguir sonando a insulto. La palabra es la misma, pero no siempre significa lo mismo. El término «bollera» arrastra a sus espaldas una historia de burla, señalamiento y violencia, aunque en los últimos años también se ha convertido para parte del colectivo en una forma de pertenencia.

La Real Academia Española no recoge «bollera» como una entrada independiente, sino dentro de «bollero, ra». En su primera acepción, el Diccionario de la Lengua Española define el término como la persona que hace o vende bollos. En la segunda, en femenino, aparece como «lesbiana», con las marcas de uso «despectivo, malsonante y coloquial». Es decir, la propia institución registra el peso ofensivo que ha tenido y todavía conserva esta palabra en determinados contextos.

El camino exacto por el que una palabra vinculada al oficio de hacer o vender bollos acabó utilizándose contra las mujeres lesbianas no está cerrado del todo. Lo que sí permanece es el imaginario popular alrededor del término, casi siempre vinculado a dobles sentidos. «El término bollera pienso que viene de amasar. Siempre me he podido imaginar esa escena erótica jugando con una «amiguita» con la harina. Capaz que a las primeras lesbianas de la historia las pillaron con las manos en la masa», cuenta entre risas Lupe González, conocida como Lupe la Barbera por su propio negocio y creadora de eventos que llevan el término en cuestión en su nombre.

A su lado aparecen otras explicaciones que evidencian cómo el origen de la palabra se ha ido completando también desde el humor y la imaginación colectiva. Natalia Alcalde lo lleva al terreno de la pastelería: «El término bollera viene de la pastelería, no hay pan sin bollo». Asimismo, Pilar Muñoz resume la idea con una frase parecida: «De bollo, pan con pan, comida de diosas, sí, me va como anillo al dedo». Melani Pinzón, en cambio, cree que puede venir de «su similitud con la vulva», aunque reconoce que tiene «un origen clarísimo desde la burla».

Ese componente de burla no es casual. El término forma parte de una familia de palabras populares que durante años han servido para nombrar el deseo entre mujeres desde el desprecio o el chiste. Ahí aparece también «tortillera», otra voz utilizada de forma despectiva contra las mujeres lesbianas. Victoria Videla, uruguaya, lo relaciona directamente con ese campo: «El término bollera se utilizó desde siempre despectivamente hacia nosotras, comparándolo con tortillera, mujer que elabora comida, no se entiende, pero ahí está».

Una palabra que no todas viven igual

Victoria marca distancia con el término reconociendo que no le pertenece, no le gusta y no lo usa para nombrarse. «La sociedad lo usa como insulto, excepto nosotras. A mí particularmente nunca me gustó ese término, me defino lesbiana; bollera no me representa», explica. También introduce el matiz geográfico: «Que conste que solo se usa en España el término bollera, en el resto de habla hispana, tortillera, pájara, arepera…Siempre se usan intentando insultar».

Por otro parte, la duda sobre el origen de este término también es común entre muchas chicas del colectivo. Alba García, de Linares, tampoco tiene claro de dónde viene: «Ni idea, nacería como insulto supongo», afirma. Para ella, el término sigue cargado de esa lectura: «Ahora mismo creo que se sigue asociando más como insulto, aunque parte de la sociedad lo haya normalizado y le haya quitado esa parte negativa». Su relación con la palabra depende del espacio y de quién la pronuncie. «No me gusta la palabra, pero depende del ambiente y la confianza no me resulta incómoda», añade.

Ese matiz se repite en buena parte de los testimonios. No es solo qué palabra se dice, sino desde dónde se dice. No suena igual en una conversación de confianza que en una frase lanzada para ridiculizar. No tiene el mismo peso cuando una mujer del colectivo se nombra a sí misma que cuando alguien la utiliza para señalarla desde fuera.

La lingüista Sara Engra Minaya aborda esa tensión en el estudio ‘Análisis actitudinal de la palabra bollera en Madrid: de la agresión a la reapropiación’, publicado en 2022 en ‘Estudios Interlingüísticos’. La investigación analiza los usos ofensivos y reapropiados del término y parte de una idea clave: la orientación sexual de quien lo pronuncia influye en cómo se interpreta la palabra. En el propio estudio, la autora señala que «bollera» funciona como un caso de «reapropiación insular», pues puede usarse dentro del grupo como término de solidaridad o complicidad, pero fuera del colectivo tiende a percibirse como ofensivo.

Del insulto a la fiesta

Lupe lo tiene claro. Para ella, la palabra sigue siendo utilizada como insulto por parte de la sociedad, pero también puede perder fuerza si se transforma desde dentro. «Yo me siento súper orgullosa, ya que mis eventos se titulan ‘Nobollodramaparty’. Poco a poco vamos quitándole peso a ese insulto, transformándolo para normalizarlo y reírnos nosotras mismas de ello, al igual que en el colectivo se ha ido haciendo con la palabra maricón», apostilla.

En ese gesto está una de las claves de la reapropiación: coger una palabra que siempre se ha lanzado como ataque y convertirla en un lugar seguro. No borrar su historia, sino disputarla. No negar que haya dolido, sino impedir que solo pueda ser usada para hacer daño.

Cristina Ruiz imagina otro origen posible: «Creo que bollera viene de otra época donde era divertido reírse de las lesbianas, como insulto, pero me gusta pensar que viene de alguna sáfica con influencia, que existió hace siglos en otra España y en vez de poetisa fue repostera. Trabajando en alguna panadería prestigiosa haciendo los susos, las locas, los croissants, se le hizo la boca agua pensando en ‘su amiga’ con la cual vivió hasta el resto de sus días. Un término dulce, divertido e irónico, como nosotras las sáficas», relata.
Para Cristina, lo importante vuelve a estar en la intención. «Para mí ni para mis amigas es un insulto, con maricón o tortillera ocurre lo mismo, depende de la intención de los labios que lo dicen», explica. Y añade una imagen que resume cómo parte del colectivo ha transformado muchas palabras que nacieron contra él: «Les cuirs somos supervivientes natas, nos han dado limones y hemos hecho una limonada deliciosa, hemos abrazado cada insulto y lo llevamos como armadura».

«Me sienta bien ser bollera»

Natalia Alcalde no asocia la palabra con un insulto. «Es la forma que tengas de interpretar, a mí me sienta bien ser bollera», asegura. Melani Pinzón también reconoce la carga antigua del término, pero lo vive desde ese mismo orgullo: «Es un término antiguo que claramente ha ido evolucionando y, aunque no puedo meterme en la cabeza de todo el mundo, en la mía suena genial».

«Bollera» no ha dejado de ser insulto en muchos contextos. Sigue arrastrando una historia de violencia verbal contra las mujeres lesbianas y contra quienes han sido leídas como tales por no encajar en una sociedad normativa. Pero tampoco pertenece ya solo a quienes la usan para hacer daño. Parte del colectivo la ha transformado en orgullo, en identidad y en una forma de reconocerse. Para algunas mujeres sigue siendo una palabra incómoda. Para otras, una palabra con la que presumir. Para muchas, depende del día, del contexto y de la boca que la pronuncie.

Quizá por eso cada día está más viva: porque todavía está en debate. Porque puede ser una herida, pero también armadura. Porque puede sonar a insulto en una calle y a casa en una fiesta. Porque, al final, no todas las palabras pesan igual cuando las dice quien antes tuvo que escucharlas como un ataque.

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