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De «¿estás segura?» a «no lo pareces»: estas son las frases que aún soportan las lesbianas

Hay expresiones que se repiten tanto que ya forman parte del cansancio cotidiano de muchas mujeres homosexuales y bisexuales

Comunidad Alba Tenza
Comunidad Alba Tenza

Hay días en los que nos sentimos pitonisas. Conocemos a alguien o nos introducimos en una situación nueva y en nuestro subconsciente se activa una especie de listado de todas aquellos comentarios que sabemos que en cualquier momento pueden llegar. Muchas veces, no van con mala intención, pero escuchar la misma frase reiteradas veces a lo largo de tu vida solo por sentirte atraída por alguien de tu mismo sexo cansa. Y mucho.

Son comentarios que aparecen en conversaciones familiares, en reuniones con desconocidos, en el trabajo, en ambientes de ocio o incluso en contextos donde esperas que nadie caiga en soltarte algo por el estilo. Ser lesbiana, todavía hoy, implica escuchar una serie de preguntas y afirmaciones que muchas veces terminan agotando.

No hace falta irse a escenas especialmente hostiles para encontrarlas. A veces aparecen en personas cercanas. Otras, en alguien que apenas acaba de conocerte y decide que tiene derecho a opinar, cuestionar o indagar en tu orientación sexual sin ningún filtro. Lo llamativo no es solo que ocurra, sino que siga ocurriendo con tanta frecuencia en pleno siglo XXI.

«¿Estás segura?»

Entre las más habituales está esa de «¿pero estás segura?», como si ser lesbiana fuera una duda pasajera, una etapa o una confusión temporal. La frase, que a menudo se lanza con aparente inocencia, busca acusar que la orientación sexual de una mujer necesita validación externa o todavía tiene margen de «corrección». No se pregunta desde la curiosidad, sino desde la incredibilidad de asumir que una mujer pueda nombrarse con claridad fuera del deseo masculino arraigado socialmente desde principios de la historia de la humanidad.

También persiste otro clásico: «Es que no has probado con el hombre adecuado». Pocas frases resumen mejor una mezcla de arrogancia, ignorancia y condescendencia. Bajo esta idea pronunciada por muchas personas late la convicción de que la homosexualidad de una mujer no es una realidad en sí misma, sino una especie de error solucionable si aparece el hombre correcto

La estética del tópico

A estas frases se suma otra igual de repetida: «Pero no lo pareces». Una expresión que revela hasta qué punto siguen vigentes los estereotipos sobre cómo debe verse una lesbiana. Como si existiera una imagen universal que te hiciera más lesbiana, con lo que la sorpresa que muchas personas muestran ante una lesbiana que no encaja en sus esquemas dice más sobre sus prejuicios que sobre quien tienen delante.

Ese tipo de comentario demuestra que la orientación sexual continúa leyéndose, en demasiados casos, a través de clichés simplistas. Cuando alguien afirma que una lesbiana «no lo parece», lo que realmente está diciendo es que esperaba otra cosa.

Sin embargo, estas no son las únicas frases que circulan por el diccionario de comentarios que estamos hartas de escuchar. También aparece con frecuencia el ya conocido «bueno, mientras seas feliz», pronunciado muchas veces con un tono que parece resignación y una manera de marcar distancia. No expresa una aceptación real, sino una tolerancia tibia, como quien decide no intervenir en algo que en el fondo sigue viendo como raro o incómodo.

Algo parecido ocurre con la pregunta de «¿y quién hace de hombre en la relación?». Una cuestión que encierra la necesidad de traducir cualquier vínculo entre dos mujeres a un esquema heterosexual reconocible. La pregunta no busca entender una relación lésbica, sino forzarla a encajar en un modelo binario donde alguien tiene que ocupar el rol masculino y alguien el femenino. Como si dos mujeres no pudieran construir una relación al margen de esa lógica.

Cansancio acumulado

Lo más desgastante de estas frases no es solo su contenido, sino su repetición. Escucharlas una vez puede resultar molesto; escucharlas durante años termina generando un cansancio inexplicable. Porque obliga a explicar, corregir, rebajar tensiones o decidir constantemente si merece la pena responder. Muchas lesbianas no solo conviven con el comentario incómodo, sino también con la carga de gestionar la incomodidad ajena.

Además, hay una asimetría evidente en todo esto. A una mujer heterosexual no suelen preguntarle quién hará de hombre en su relación, ni si está segura de su orientación, ni si lo suyo responde a una mala experiencia con el sexo opuesto. Tampoco se da por hecho que su identidad sea debatible, anecdótica o provisional. Con las lesbianas, en cambio, esa frontera se invade con mucha facilidad.

En parte, esto ocurre porque la palabra ‘lesbiana’ todavía incomoda a mucha gente. Incluso hoy sigue siendo un término que cuesta pronunciar con naturalidad en determinados entornos. Se rodea, se sustituye, se suaviza o se evita. Y, sin embargo, esa resistencia a decirlo con normalidad forma parte del problema. Porque lo que no se nombra con comodidad tampoco se acepta del todo.

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