Una no siempre tiene la posibilidad ni las ganas de leer el libro de la persona a la que va a entrevistar. Siendo sincera, la mayoría de las veces llegas con lo justo y confías en que no se note demasiado. Esta vez sucedió algo que no entraba en el encargo. Vi que Laura era doctora en psicoanálisis y filosofía y, dada mi obsesión con ambos campos, pedí el libro y me lo leí.
Me reconocí en demasiadas partes, en el análisis, en el deseo, en esa sensación de no terminar de entender quién eres aunque lleves años intentándolo. Había algo más difícil de explicar, una especie de atracción hacia su manera de pensar, muchas ganas de sentarme con ella a hablar durante horas, de ser su amiga, o algo parecido.
Cuando hablamos, esa sensación no se va. Laura piensa en voz alta, se mueve dentro de lo que dice, vuelve sobre sus propias ideas, duda, las matiza y no parece tener ninguna prisa por cerrar.
La conversación gira pronto hacia una pregunta que atraviesa todo el libro: hasta qué punto es posible conocerse. Laura no responde desde un lugar teórico cerrado, más bien se queda en ese punto incómodo donde conviven la intuición y la experiencia.
«Creo que una puede llegar muy lejos en el ejercicio de conocerse, pero hay un espacio inaccesible, un lugar al que el lenguaje no llega».

Ese límite aparece en el libro como un agujero con el que toca convivir, una zona opaca que no se deja traducir. El inconsciente se mueve ahí, permite entender, nombrar, reconocer lo que se repite, y al mismo tiempo deja siempre algo fuera.
«Hay una parte que se puede entender, poner en palabras, elaborar… y otra que no. Y creo que también hay que reconciliarse con ese misterio».
Habla de ese resto como algo duro y persistente, un núcleo que no cede del todo. El análisis amplía el margen de libertad y deja ese punto intacto. Hay momentos en los que el lenguaje alcanza y otros en los que solo queda el balbuceo.
Cuando hablamos de la transferencia, la conversación se vuelve más concreta y se desplaza hacia el vínculo, hacia ese lugar donde el deseo aparece sin rodeos. Seducir al analista, querer gustar, hacerse la interesante, enfadarse cuando no responde como una espera.
«Relacionarse con el otro a través de la palabra es de las cosas más eróticas que puede haber».
El análisis aparece como un espacio de exposición radical. También como un lugar donde se pone en juego el deseo y donde el otro ocupa una posición de saber que una misma no termina de tener sobre sí.
La pregunta ‘¿qué quieres?’ cambia el ritmo de la conversación. Parece sencilla y enseguida se vuelve incómoda. En el libro, ella la esquiva devolviendo otra, «pero ¿hay gente que sabe realmente lo que quiere?».
«Creemos que somos más transparentes a nosotras mismas de lo que somos»
A partir de ahí, explica que muchas veces no aparece una respuesta clara, sino la sensación de que gran parte de lo que hacemos responde a inercias más que a un deseo pensado.
En ese punto la conversación se abre hacia los vínculos. La idea de una identidad autosuficiente empieza a tambalearse. Laura insiste en la dependencia como condición estructural, algo que define nuestra forma de estar en el mundo.
«No somos nada sin el otro. Sin el otro que nos nombra, que nos mira, que espera de nosotros algo».
Ese otro no es solo la pareja o la familia. Son las amigas, el entorno, el cuerpo. La intimidad deja de ser un repliegue y se convierte en una forma de apertura. Pensarse implica asumir hasta qué punto una está atravesada por los demás, y desde ahí el amor aparece solo.
«Estar enamorada es estar disponible. Disponible al riesgo, a la pérdida, incluso al malentendido».

Cuando habla de enamorarse de una mujer, lo sitúa dentro de un contexto, como algo que se vuelve posible en un momento determinado. Cuenta que su contacto con los feminismos y la teoría queer le permitió abrir esa posibilidad, reconocerla y darle forma.
El deseo aparece ahí atravesado por la época, no tiene que ver solo con lo que una siente, sino también con las condiciones que permiten que eso aparezca. La subjetividad no se construye al margen del mundo, se construye con él.
Esa misma lógica atraviesa su forma de pensar la identidad. Las vidas cerradas pierden peso y aparece otra forma de estar más abierta. Ella misma lo dice de forma bastante clara.
«Si la identidad es un proceso, puedes cambiar el proceso todo el tiempo».
La maternidad introduce otra escala. La hija aparece como algo que fija, que altera la relación con la libertad y con la disponibilidad, y que abre una negociación constante con esa nueva forma de estar.
«Hay un temor que aparece con lo definitivo, que es perder la posibilidad de improvisar la vida».
La conversación sigue moviéndose, vuelve sobre el cuerpo, sobre el lenguaje, sobre todo eso que no termina de decirse del todo. Y esa idea se queda ahí, atravesándolo todo.
Como si, al final, no se tratara tanto de entenderse como de seguir improvisando.




