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Sira Rego, ministra de Infancia y Juventud: «Las grandes plataformas están haciendo caja con la explotación infantil»

Rego huye de la prohibición total de acceder a las redes sociales a los menores, pero apuesta por un sistema regulado que rebata, entre otras cuestiones, el «falso» concepto de libertad planteado por los tecnoligarcas como Elon Musk

Actualidad Iván Gelibter
Sira Rego en una instantánea previa a la entrevista de SIX. Virginia Carrasco
Actualidad Iván Gelibter

Cuando este Gobierno echó a andar tras las elecciones de julio de 2023, hubo quien auguró que la cartera de Infancia y Juventud tendría un recorrido limitado. Sin embargo, el tiempo parece haberles quitado la razón, toda vez que resulta evidente que buena parte de los problemas presentes y futuros tienen que ver con las nuevas generaciones de hombres y mujeres que crecen en España. Ante ello, la titular de este ministerio, Sira Rego, se pronuncia de una forma muy crítica frente a los nuevos líderes dominantes del mundo, una generación de tecnoligarcas con un concepto tan claro como discutible de lo que supone la libertad en general y la de expresión en particular. Y todo ello en un momento en que la sociedad -y por tanto también los menores- parecen estar más polarizados que nunca. ¿Puede un país solo enfrentarse a esta estructura? ¿Hay que prohibir, dejar hacer o regular? La ministra de Infancia y Juventud responde a todas estas preguntas planteadas por SIX.

-Creo que estamos en un momento en el que la actualidad nos está llevando un poco por lo que ocurre en Estados Unidos, con los tecnoligarcas… y cómo las redes sociales están afectando. Estos días declaraba Mark Zuckerberg en Estados Unidos en un juicio relacionado con esto. Por eso, antes de entrar en materia, quería preguntarte: ¿qué radiografía hace ahora mismo de lo que tiene que ver con las redes sociales y cómo afecta a los menores? Porque creo que no todo el mundo tiene la misma sensación.

-La radiografía que hacemos parte de un análisis previo. Hemos hecho un trabajo profundo para ver cómo están las violencias contra la infancia en términos generales y también la violencia en el ámbito digital. Hay muchos elementos: violencia física, psicológica y sexual. Los datos son bastante malos. Quiero señalar que las personas más afectadas —o las realidades más afectadas— son niños y niñas racializadas, niños y niñas LGTBI y, fundamentalmente, las niñas también. Ahí tenemos un primer foco.

Y, en relación particularmente con las redes sociales, tengo que decir que estamos bastante preocupados, porque el análisis que hacemos es que las redes, por esta configuración que tienen, son un espacio absolutamente desregulado. Aunque aparentemente permiten cierta horizontalidad y muchas posibilidades —que también las ofrecen—, en la práctica la falta de regulación está exponiendo a múltiples violencias a la infancia. Y a las infancias vulnerables o en situaciones complejas, todavía más: niños y niñas de entornos familiares vulnerables, niños y niñas que sufren violencia en otros espacios físicos… El ámbito digital, de alguna manera, lo está promoviendo más.

-Hace 10 o 15 años, redes como Twitter (ahora X) eran un campo donde la gente debatía, donde se conocían personas… y ahora parece que todo se ha convertido en un campo de odio. No sé si cree que la sociedad ha cambiado o es que las redes han cambiado.

-Las redes están configuradas de una manera que no es neutral. Por eso, cuando digo que no están reguladas, es que no hay leyes que pongan límites para que la convivencia en ese espacio —que es público, aunque sea digital— tenga un mínimo de orden, para que podamos participar con garantías, con derechos y libertades, igual que en el espacio público físico.

En el ámbito digital esto no ocurre. Entonces se disparan las violencias y las situaciones de acoso. Y además tenemos otro problema —y quiero decirlo claramente—: el algoritmo está diseñado de tal manera que promueve la dinámica de odio, promueve la desinformación y promueve patrones adictivos. Antes, cuando no había pantallas, podías sufrir una situación terrible en el centro escolar, pero cuando te ibas a casa desconectabas. Tenías oportunidad de estar con amigos, personas adultas, familia… en un espacio que no reproducía necesariamente ese patrón. Ahora ya no. Ahora sufres violencia escolar y, por la naturaleza de las redes sociales, la falta de control y la programación del algoritmo, te lo llevas a tu casa. Es 24/7 la sensación de estar en una espiral de violencia, y eso está siendo muy problemático y, en algunos casos, dramático.

Por eso estoy convencida de que lo que nos corresponde, por lo menos al Gobierno desde el terreno que nos toca, es regular y legislar para intentar que ese desorden, esa ‘ley de la selva’, deje de serlo y poner así límites a las plataformas y a la gran industria.

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La ministra durante la entrevista en el plató de SIX. Virginia Carrasco

-¿Hasta qué punto un país solo puede ir contra todo esto?

-No somos el único país, pero sí es verdad que estamos teniendo iniciativas a muchos niveles. Y esto está haciendo que otros países miren con simpatía el trabajo que se está haciendo en España para abordar desde sus gobiernos opciones de protección a la infancia y de límites a las plataformas, que están haciendo caja con la explotación infantil. Al final, el hecho de que tengas a un niño o una niña enganchado a una red configurada para que estés infinitamente mirando, consumiendo y dejando tus datos ahí para que hagan negocio… es un problema. Un solo país tiene margen para hacer cosas, pero nosotros estamos en la Unión Europea, y ahí hay estructuras y herramientas para poner límites, por ejemplo, a X (antes Twitter), pero no solo a esa plataforma. Lo que decimos es que ninguna empresa puede estar por encima de la ley. En Europa hay una directiva que dice claramente que cuando una plataforma incumple sistemáticamente, hay posibilidad, por ejemplo, de cerrarla. Eso forma parte de la ley europea.

¿Nosotros qué estamos diciendo? Que se aplique la ley con todas sus garantías. Hay expedientes abiertos a algunas plataformas porque están vulnerando derechos fundamentales. Lo que no es normal es que X genere una inteligencia artificial que haga que se desnuden imágenes de miles de niños y niñas y se compartan. Eso es una barbaridad: pornografía infantil y vulneración de derechos fundamentales. Alguien tiene que decirle a X: esto no puedes hacerlo. Igual que a nadie se le ocurriría que en el mundo físico hubiese un local abierto al público donde se vendiera alcohol o drogas a menores.

-Los tecnoligarcas dicen que en España empieza a haber censura por hablar de regulación. Igual llegamos a un punto en el que alguien plantee que los niños tengan plena libertad para fumar con 11 años, porque total, no vamos a ser censores.

-Claro, pero al final es un falso dilema y un falso concepto de libertad. La libertad de Elon Musk para explotar a nuestros hijos no es libertad. Es abuso. Abuso y libertad son cosas muy diferentes.

-¿No cree que hay una parte de la sociedad a la que le está calando ese discurso de que la libertad es lo que dice Elon Musk?

-Puede ser, pero ahí tenemos que hacer una pedagogía colectiva. Nosotros también tenemos derechos y libertades, y queremos ejercer la libertad de que nuestros hijos e hijas crezcan con derechos en plenitud y sin sentirse acosados o explotados en un entorno digital. Esto también es libertad. El debate de la libertad es filosófico e histórico. Libertad es crecer con derechos; libertad es tener un médico en la sanidad pública; libertad es una educación con garantías en la educación pública; es igualdad de oportunidades. No puede ser que alguien diga que su libertad de explotarme está por encima de mi libertad como ser humano.

Pienso por ejemplo en el mensaje de Telegram de Pavel Durov: nos llegó un mensaje a todos diciendo que el Gobierno de España censura y roba la libertad. Es curioso: la libertad que él tiene para mandarnos un mensaje a todas las personas… y la libertad que no tenemos los demás para contestar y que nuestro mensaje le llegue también a todas esas personas. Si hablamos de libertad, equiparemos libertades. Pero esto es una falacia: es la libertad que exigen ellos para seguir explotándonos y seguir haciendo caja a costa de nuestros derechos. Y además, tú nunca vas a tener la misma oportunidad que tiene Elon Musk de decidir, de saber, de salir de una burbuja o de dirigirte en igualdad de condiciones a otro. Cuando metes la variable económica en la libertad, al final es la libertad de ganar dinero, básicamente.

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Rego durante la entrevista. Virginia Carrasco

-Cuando se habla de limitar el uso de redes sociales a los menores, surge un debate interesante. Muchos menores LGTBI que lo han pasado mal en sus centros escolares o en sus familias han encontrado a través de redes sociales a iguales; un refugio. Hay gente que dice: si se les impide el acceso, ¿dónde van a encontrar eso? ¿Dónde van a encontrar información sobre, por ejemplo, ser trans o una infancia más disidente?

-Por eso soy muy partidaria de regular. En el regular hay una parte que es acompañamiento para disfrutar con garantías y derechos en el entorno digital, porque el entorno digital ha venido para quedarse. Regular es que haya normas para que estemos bien y podamos usarlo con seguridad. Poner límite a quienes hacen caja y abusan de nuestros derechos y libertades, bien. Todo esto permite entender que el entorno digital es una oportunidad. Nos queda trabajo para que sea un espacio seguro, sí, pero estamos en ello. Y esto es interesante para las infancias y juventudes LGTBI, porque es verdad que en el entorno digital encuentran un refugio. Como sociedad tenemos que ser garantistas para que ese espacio sea seguro y pueda seguir siéndolo.

-Sí, porque ojo: puede ser que un chico de 13 o 14 años piense que puede ser trans y busque información. A lo mejor encuentra a alguien que le aporta muchísimo, pero también puede encontrarse con un discurso supertránsfobo en la misma red social. Parece que lo que tiene de beneficioso convive con lo dañino.

-Con esa supuesta libertad, tienen libertad para desinformar, pero yo también tengo derecho a recibir información veraz. Yo quiero que, si un niño o una niña trans entra en una red social para informarse, acceda a información veraz, que le sirva, que le acompañe, que sea un espacio de refugio. Y eso hay que garantizarlo. ¿Cómo? Regulando el entorno digital e imposibilitando la desinformación y los bulos. Para mí no es una cuestión de no acceso, sino de establecer mecanismos tecnológicos, aplicaciones y garantías para que estar ahí se haga con seguridad.

-¿A estas alturas estamos a tiempo de controlar al monstruo?

-Todo va a una velocidad vertiginosa. Estábamos trabajando en la ley de entornos digitales seguros en un marco básico para empezar a profundizar luego, y ya teníamos el desafío de la IA. Está el tema del derecho a la identidad digital de niños y niñas, el ‘sharenting’ (compartir imágenes), los riesgos de compartir imágenes de menores, la monetización… Vamos legislando, pero el desafío es gigantesco. Dicho esto, llamaría a la tranquilidad. Cada vez hay una noción mayor en la sociedad: esta conversación se está teniendo en las familias, con amistades… Hay más conciencia de que el móvil y la pantalla dan oportunidades, pero también riesgos. Y es necesario poner límites. En esa conversación social —que generará ideas, marcos, pactos y alianzas— el Gobierno tiene que legislar. Y ahí sí quiero decir que hay cierta voluntad transversal de buscar límites, ordenar, acompañar y hacer pedagogía.

-Parece optimista.

-Sé que es difícil, pero creo que socialmente estamos en el camino de hacerlo.

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El periodista y director de SIX, Iván Gelibter, junto a la ministra Rego durante la entrevista. Virginia Carrasco

-Estamos centrando mucho la conversación en lo digital, y tiene sentido, pero da la sensación de que quizá tampoco está funcionando todo lo que debería en las aulas. Cuando la gente recurre en exceso a las redes, quizá es porque no está encontrando cosas en otros sitios. Hoy muchos menores creen que lo que dice su profesor no vale nada, y que importa lo que diga el ‘youtuber’ que siguen. ¿Hay algo que no se está haciendo bien en las aulas? ¿O es que el mundo ha cambiado tanto que ya da igual lo que diga el profesor?

-El mundo ha cambiado. Y no creo que haya nada irreversible. Es bueno que tomemos conciencia y conversemos sobre cómo está el mundo. Creo que hay una epidemia de soledad no deseada: muchas personas se sienten solas en muchos momentos y no quieren estarlo. Eso genera una manera de estar en el mundo muy diferente. Afortunadamente vivimos en un país donde las redes humanas —familia, amigos— todavía son poderosas, y eso nos hace parar y mirarnos. En otros países es mucho menos importante.

Es verdad que esto genera miedo, sospecha del otro, y estar en las aulas de otra manera. Las redes sociales tienden a aislarnos; están diseñadas para aislarnos. Pero también estamos en un momento en el que mucha gente quiere recuperar la vida en común. Tenemos que estar en alerta: hay un sentido común que se está instalando y puede ser peligroso. Pero hay oportunidad de romperlo: reformular las redes para evitar ese aislamiento y hacernos preguntas incómodas. Quizá tengamos que ir a un modelo pedagógico donde la gestión de las emociones y la empatía forme parte del currículum para romper soledades, sospechas y ese peaje que paga lo diferente en el espacio público. Ya está bien.

No puede ser que hace unos años tuviéramos la percepción de que podíamos caminar por la calle siendo como quisiéramos, amando a quien quisiéramos, sin riesgo, y que ahora eso se convierta en un elemento de riesgo para muchas personas. Todo esto tiene que ver con una mutación social.

-Volviendo a las aulas. Da la sensación de que la generación Z ha aportado cosas nuevas: por ejemplo, en estadísticas LGTBI mucha gente se considera bisexual, o aparecen identidades no binarias, queer… Lo tienen muy claro. No sé si los profesores y los adultos lo tienen tan claro para acompañar. Parece haber una brecha generacional grande.

-Necesitamos un paso más allá. Por eso comentaba de lo emocional y de la empatía a nivel curricular. Y por eso es tan importante la figura de coordinación de bienestar en los centros educativos. También es importante seguir trabajando el currículum afectivo-sexual en el ámbito académico, en la escuela. Todo esto forma parte de un sistema de coordenadas que permite que los profesionales de la educación vayan formándose y adquiriendo herramientas para acompañar a niños y niñas: dejar que se expresen, que sean, que hablen, que hagan preguntas, que esas preguntas tengan respuesta y que vayan acompañados. Sí creo que ha habido un punto de inflexión: hay una generación joven con una mirada más amplia y diversa. Es una maravilla, porque ves a personas más jóvenes y sus sistemas de referencia y códigos ya son completamente diferentes. Pero también hay que alertar de que hay una reacción a esto.

-La parte negativa. Estos mismos estudios dicen que cada vez hay más varones jóvenes en posiciones ultras, como reacción y en muchos casos basados en cosas que no son ciertas. ¿Cómo se cambia esa dinámica?

-Hay una parte que tiene que ver con lo hablado: los entornos digitales como vehículo donde se organizan relatos falsos. Necesitamos pedagogía y que la escuela haga ese trabajo. Eso ayudaría a acompañar a chicos y chicas en un camino diferente. Hay mucho trabajo por hacer. Pero este terreno adquiere hegemonía porque hay muchos canales que sostienen esos relatos. Y también hay una cuestión de percepción: hay un grupo de varones no desdeñable que siente que ha perdido privilegios cuando no es así. Lo que se plantea es que tengamos las mismas oportunidades.

-Quizá a veces haya que decir que, efectivamente, los hombres han perdido privilegios, pero que eso no es negativo.

-Y aquí, si me permite: perder un privilegio no es perder un derecho. Eso es lo que tienen que diferenciar algunos hombres. Nadie está cuestionando que todo el mundo tenga los mismos derechos. Se está cuestionando que para que tú tengas un privilegio, hay detrás una persona con un perjuicio. Estamos hablando de equidad e igualdad como elemento central: si no, algo está mal, y hay una parte de la población —históricamente las mujeres— que sale perdiendo.

-¿Qué es lo mejor de la generación Z?

-Me encanta la pregunta. Lo mejor es que no les importa incomodar, no les importa cuestionar marcos. Son profundamente creativos y creativas. Están impugnando estructuras con las que hemos crecido durante generaciones y han puesto debates en el centro que son generosos: les interpelan a ellos, pero también a generaciones mayores.

Por ejemplo, el asunto de la salud mental. Estaba en una esquina y hemos tenido que reconocer que es central. No solo como cuestión individual, sino como estructura social colectiva: habla de cómo es mi vida y por qué es así. O debates políticos de primer nivel, como el límite del trabajo asalariado: por qué tengo que trabajar como persona explotada. Es un debate honesto: por qué tengo que aceptar un trabajo de miseria y malvivir. Si hay tan buenos datos económicos, lo justo sería que hubiera mejores salarios. Si no, la macroeconomía habla de lo bien que le va a unos pocos, no de lo bien que le va al conjunto. Están abriendo debates interesantes. Tengo millones de cosas más positivas.

-¿Y lo peor de esta generación?

-Lo peor no sé si es algo que tengan ellos y ellas, sino el momento que les ha tocado vivir. Es una generación a la que le toca vivir grandes cambios de paradigma. Es la generación que afronta la crisis ecosocial y tiene que pensarse el futuro en un planeta heredado y medio destrozado por sus mayores. Y esto es terrible. Somos responsables del planeta que les dejamos. El cambio climático está aquí. Es la primera generación que vive el entorno digital con toda su dimensión, además en una primera época sin regulación. En cuanto haya una regulación mínima, las siguientes generaciones crecerán seguramente de otra manera.

Y es una generación que se enfrenta de forma más dramática a la crisis de la vivienda. Una crisis compleja de resolver. Les toca vivir en unas coordenadas de país y de mundo muy difíciles.

-Hemos hablado de dos ámbitos: redes y aulas. Quiero hablar de un tercero: el deporte, donde se escucha (especialmente en el fútbol) constantemente el insulto ‘maricón’. ¿Qué se puede hacer ahí?

-De nuevo, hace falta ser exigentes como sociedad y plantear mucha pedagogía, programas, apoyo y ampliación de todo lo que tiene que ver con la diversidad en el deporte, desde mi punto de vista.Llama muchísimo la atención: parece un espacio paralelo a la propia sociedad, como si se aceptara que la diversidad y las distintas identidades y orientaciones no hayan llegado al mundo del deporte. Desde el Ministerio estamos viendo cómo podemos trabajar específicamente esto porque nos preocupa mucho. Estamos viendo cosas muy dolorosas: que en un deporte como el fútbol prácticamente no haya personas LGTBI, y que tenga un coste tan enorme visibilizarse. Como sociedad tenemos un desafío, porque el deporte es un lugar donde se generan muchos referentes y queremos que haya referentes de la diversidad —identidades y orientaciones— en todos los espacios de la vida. El deporte es uno más. Ahí nos toca trabajar muchísimo.

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