Es curioso, o sospechoso, como la categorización dentro de la industria de la música pop a veces etiqueta a su convenir cuando llega el mes de junio o el estreno de un disco nuevo, pero omite lo evidente con respecto a ciertas bandas. Esta premisa se ajusta a la realidad de los primeros años de vida de la banda californiana MUNA, que estos días anuncia su vuelta con un nuevo disco, ‘Dancing On The Wall’, a la venta el próximo 8 de mayo. Se presenta con un single adelanto de título homónimo, que es ya otra gema de su discografía. Reúne la emoción y vulnerabilidad de sus temas más sentidos, un Roland TR-808 súper afinado, y las cosas claras: «esperaría eternamente mientras te esté esperando a ti. Puedo sentirte tan cerca, como el tiro de piedra (Oh-oh)». Una introducción a su nueva etapa, consagrada tras tres discos casi perfectos (siempre mejor que perfecto) y con un recorrido precoz como las referentes sáficas increíbles que son. Y a estas alturas, es desconcertante que no estén consideradas la mejor banda femenina de su época, y por supuesto, la mejor banda de chicas queer del mundo. No sólo por la identidad de Katie Gavin, Josette Maskin y Naomi McPherson; sino, además, por su carácter activista.
Tras el brillante éxito de su álbum homónimo de 2022, MUNA canaliza ahora la energía ansiosa e incierta de vivir en un Los Ángeles definido por la tensión política, la degradación medioambiental y las silenciosas presiones de la precariedad millennial. El resultado advierte un disco íntimo y espectacular a la vez, un mundo pop construido con garra, ingenio y resonancia emocional, una banda sonora para corazones que arden y observan el caos a su alrededor al mismo tiempo. Pero ¿qué es lo que hace a MUNA merecedoras de este título? Principalmente sus canciones. Casi todas ellas alcanzan un status poco habitual: son himnos guitarreros para gritar orgulloses en sus conciertos, y a la vez parecen diseñadas para ofrecerte la experiencia top (o bottom) en la pista de baile.
En su discografía destacan ‘Number One Fan’, que es irónica, ácida y con un estribillo irresistible; ‘Anything But Me’ que es lo que necesitas cantar dando saltos cuando por fin has sacado a ese pesade de tu vida; o ‘What I Want’, literalmente una rave en código Z extrapolada como la merecida celebración que te has ganado después de una difícil semana. Pero también gestos simbólicos y políticos como ‘I Know a Place’, un espacio seguro musical que narra la historia de una persona queer ayudando a otra tras una mala noche, un rayo de luz ante el camino a casa por la calle sintiendo que el espacio público es peligroso; ‘Crying on the Bathroom Floor’, que reúne todos los elementos de la categoría ‘temazo’ para bailar el desamor, tiene un sintetizador que te lleva a los cielos y relata la experiencia del primer gran desamor; y ‘Home By Now’, la canción que conjunta lágrimas y abrazos en sus conciertos, y que expresa a la perfección ese momento en el que se sostiene la incertidumbre del amor. Y su tema más nicho, la fantástica y premonitoriamente queer ‘It’s Gonna Be Okay, Baby’, que te enternece simplemente con su primera estrofa: «Te vas a mudar a Nueva York / Y experimentarás con el comunismo / Le harás sexo oral a una chica / Después de leerle algo de Frantz Fanon».
Y es que, en su carrera, tuvo que haber un ‘I Know A Place’ para que existiese, cronológicamente, un ‘Silk Chiffon’. Este single, que fue el adelanto de su álbum ‘MUNA’ (2022), las convirtió en referentes por varios motivos: representa la vida queer después del armario, es un dueto con la inmensa Phoebe Bridgers (justo en el momento en el que MUNA ficha por su sello Saddest Factory Records), y sobre todo, destruye cualquier tipo de codificación pasada: el deseo lésbico se vive explícito con alegría y esperanza, con mucha luminosidad. Un tema descrito por la guitarrista Naomi McPherson (que se identifica como no binarie) como «una canción para que los adolescentes se den su primer beso queer».
Musicalmente, MUNA ha desarrollado una evolución poco habitual en el pop reciente a través de sus tres discos: ‘About U’ (2017) exploraba la ansiedad afectiva a través de un synth-pop nocturno, ‘Saves the World’ (2019) sonaba como una crónica emocional post-ruptura marcada por la inseguridad generacional, y ‘MUNA’ (2022) tejía a la perfección su estilo y narrativa: guitarras abiertas, estribillos expansivos y una voluntad casi política de alegría. Y todo esto llevado a la puesta en escena genera un espacio donde principalmente una cada vez mayor comunidad queer disfruta con seguridad ante la banda, en el escenario, en el que habitualmente pronuncian mensajes defendiendo identidades trans y no binarias; discursos contra leyes anti-trans en EE. UU, y generando apoyo público a jóvenes queer en contextos de los Estados más conservadores de EE.UU. Y es que MUNA se localiza en esa línea que se ha ido difuminando en los últimos años entre el sonido indie y alternativo y el pop, en el que lo queer es responsable de parte de su desdibujamiento y en el que se sitúa cómodamente, viviendo la dualidad de la seguridad y la inseguridad del momento.
Cuando Katie Gavin, Josette Maskin y Naomi McPherson comenzaron a publicar música a mediados de la década pasada, parecían situarse en un territorio familiar: synth-pop emocional, herencia indie, letras confesionales generacionales. Pero bajo esa apariencia reconocible ocurría algo distinto. En la identidad de MUNA se escriben canciones siempre asumiendo que el sujeto de la canción podía es una mujer deseando a otra mujer. Ese gesto aparentemente pequeño alteraba toda la gramática emocional del género, y es el que nos ha dado una carrera precoz y adelantada: MUNA ponen el cuerpo en su trabajo artístico, siguiendo la estela de Tegan and Sara o Indigo Girls.
Además, el grupo nunca ha temido pronunciarse ante ciertas cuestiones. Entre sus manifestaciones están las que dieron a Pitchfork en 2022, comentando que «el mundo sigue siendo tan increíblemente opresivo para tantos miembros de nuestra comunidad que sigue siendo radical ser feliz»; o a Billboard en 2019 sobre el impacto de la música pop en la adolescencia, Katie explicaba que «cuando tenía 12 años, habría significado mucho para mí saber que algún miembro de una banda era visiblemente queer». En 2023 el grupo se pronunció tajantemente en una entrevista con la revista People con respecto a las narrativas anti-drag queens en EE-UU: «no van a conseguir asustarnos hasta hacernos desaparecer. En 2023 hay más personas queer que nunca en la historia». Esto y otras circunstancias las llevó a ser incluidas en el Pride50 de la revista LGBTQ+ Queerty, una lista que reconoce a figuras que impulsan visibilidad y aceptación queer a nivel cultural. Pero además, esta esencia que sortea el media-training se materializa en sus conciertos, como el de The Greek Theatre, en Los Ángeles, a toda pastilla en los cascos para percibir este culto.
Algo que supieron trasladar muy bien a su propio podcast ‘Gayotic with MUNA’: un programa algo desconocido en España pero que es un ejemplar archivo de experiencias compartidas en nuestro crecimiento y desarrollo como personas LGTBIQA+, y que cuenta con invitades como Finneas, Monét X Change, Palehound, Allie X, Trixie Mattel, Julien Baker, Lucy Dacus, Meg Stalter, Avery Tucker, Bowen Yang, Hanif Abdurraqib o las mismísimas Tegan and Sara. El éxito de su álbum homónimo de 2022 demostró algo que la industria había tardado en comprender: el público no necesitaba que lo queer fuese suavizado para resultar universal. De hecho, necesitamos más bandas visiblemente queer, y que además estén politizadas. Porque la música pop es clave en la dirección que nuestras vidas puedan tomar, y en muchos casos ésta es la principal. MUNA es el ejemplo de una generación de artistas cuya identidad es la base de su relato, no un deseo encarcelado.
Llamarlas «la mejor banda del mundo» puede parecer una provocación, pero en realidad describe un cambio histórico, y sobre todo una calidad musical excepcional que se escapa a los ojos patriarcales. No porque no existieran artistas lesbianas antes, sino porque pocas veces coincidieron tres elementos a la vez: relevancia pop, autoría explícitamente queer y un lenguaje generacional. Sin artificios ni ‘polaris’ MUNA llaman a las cosas por su nombre, te abrazan cuando lo necesitas con canciones bonitas, y te animan con melodías y ritmos de estadios. No existe una banda similar con integrantes masculinos que reúna estas características tan generacionales a la par que artísticas.
El nuevo single continúa esa línea, pero introduce una madurez distinta: bailar contra la pared, permanecer en movimiento incluso cuando la euforia convive con la soledad. La dualidad ha sido siempre el núcleo de MUNA. Si la tristeza, el desamor o la decepción te acecha que te pille junto a tus amigas, y que siempre suene la música para que no te sientas en soledad. Mientras llega mayo y su nuevo disco, es recomendable regodearse en su discografía en tiempos de poca certeza, productivismo y masculinidades tóxicas. Katie, Josette y Naomi son, en realidad, esas compañeras que con la alegría y generosidad de sus miradas te dieron siempre la mano, e hicieron que pudieses alejarte de la pared y empezar a bailar con ellas mientras la vida sigue, aunque sea desde la inocencia de tu habitación.




