La sensibilidad y la honestidad de sus libros hacen que Alfonso Casas (Zaragoza, 1981) tenga legiones de fans que encuentran en sus cómics e ilustraciones algo más que una expresión artística. Para buena parte de su público lector, la obra de Casas se parece mucho al consejo de un amigo o al abrazo de una madre. El autor ha conseguido crear un estilo propio, inconfundible, que, desde la serenidad y el autonocimiento, nos pide que echemos al freno y que miremos en nuestro interior. A lo largo de los años, Alfonso ha conseguido construir una bibliografía introspectiva, analítica y profunda que nunca olvida el humor, las metarreferencias, la ironía y los guiños a la cultura popular. Desde SIX, nos reunimos con él para hablar de ‘Rosa’ (Random comics, 2025), su último trabajo, un tratado sobre el duelo que llegó a las librerías poco antes de Navidad.
Los inicios de su carrera
Sus primeros fans conocieron a este autor por sus ilustraciones de un cómic (hoy descatalogadísimo) que resulta ineludible cuando hablamos de la historia reciente del cómic gay español: ‘Marica tú’ (Glénat, 2010). Pronto emprendió su carrera en solitario y pasó de ilustrar los textos de otros a escribir sus propios guiones. Sin embargo, asegura que «me apetecería volver a colaborar con otros autores. Salir de mí mismo, explorar y enriquecerme con otras visiones. Visitar el universo de otras personas hace el tuyo más grande».

Aunque, a lo largo de los años, ha cambiado varias veces de estilo y de temáticas, y lo que hace hoy queda muy lejos de sus primeros trabajos, sí que hay algo que permanece inalterable desde sus primeros libros: «Mi público está compuesto mayoritariamente por mujeres y personas del colectivo. Desde luego, son a las que me dirijo, con quienes conecto y en quienes pienso cuando imagino la persona que me va a leer».
«Creo que ese público ha crecido conmigo, nos hemos hecho adultos juntos. Y eso es algo precioso», contesta cuando le pregunto acerca de su vínculo con un público lector que, con frecuencia, desarrolla una relación simbiótica con la obra de Casas. «Hemos ido pasando por un montón de etapas vitales y de alguna forma nos hemos acompañado en todas ellas. Muchas de las personas que encontraron mi trabajo en 2012 siguen apoyándome en cada giro de timón que he tomado. Ojalá siga ocurriendo durante mucho tiempo».
Cuando habla de sus «giros de timón», Alfonso Casas hace referencia a lo muy difícilmente clasificable que es su obra. Aunque empezó ciñéndose de forma más estricta a lo que entendemos por cómic tradicional, los últimos libros del autor oscilan entre la narrativa, la novela gráfica y el álbum ilustrado.
«Te voy a confesar una cosa que no le he dicho nunca a nadie. Durante mucho tiempo me impuse a mí mismo ceñirme a unos parámetros concretos para encajar en el ‘mundillo del cómic’. Tenía un fuerte deseo de pertenencia, quería ser visto, formar parte. Creo que como muchas personas del colectivo, he acabado integrando en mi personalidad la búsqueda constante por encajar. Años de terapia más tarde entendí que precisamente mi valor reside en las cosas que me hacen único, no en aquellas que tengo que limar para encajar en ciertos moldes que hacen que me parezca a los demás. Y ese aprendizaje también permeó en como entiendo mi trabajo. Ya no me preocupo por encajar y por eso me siento más libre para investigar y romper los límites de la viñeta. Quiero que las viñetas me den libertad, no que me la quiten».
Esas ansias de libertad, ese gusto por el autodescubrimiento, son dos realidades que impregnan su obra. Y lo hacen en todas las facetas que cultiva el ilustrador: la ficción, lo autobiográfico y lo puramente biográfico, como es el caso de su libro que condensa la vida y la trayectoria del líder de Queen. «Tener la oportunidad de bucear en la historia de Freddy Mercury fue un regalo. Toda la parte de documentación fue fascinante. Su vida y sus composiciones están tan íntimamente ligadas que cuando relacionas sus composiciones con los momentos vitales que estaba transitando, las canciones adquieren una dimensión diferente. Me encantaría tener la oportunidad de escribir e ilustrar otra biografía, siempre que fuera con alguien con el que sintiera algún tipo de conexión. Me encantaría, por ejemplo, escribir e ilustrar una biografía sobre Agustín Gómez Arcos. Menudo sueño. Si alguna editorial está leyendo esto y quiere hacerlo realidad, aquí estoy».

Y es que la presencia de personajes del colectivo siempre ha sido esencial en la bibliografía de Alfonso Casas independientemente del formato en el que se haya expresado: «En mis historias de ficción siempre he dibujado personajes del colectivo, quizá porque pese a ser ficción a menudo contenían cierta dosis de realidad. Cuando mi trabajo giraba principalmente en torno al amor, mis personajes eran gays porque esa era mi vivencia. Desde que empecé a crear el ‘universo monstruoso’ los temas sobre los que escribo han empezado a ser más introspectivos, pero en lo poco que el personaje interactúa con el exterior siempre ha aparecido dibujada su pareja. Incluso en ‘Todas las Personas que Fui’, cuando el personaje tiene la oportunidad de encontrarse con su yo adolescente, se hace una referencia evidente a una infancia queer».
La serenidad que envuelve a este ilustrador es dicotómica, contradictoria. La paz que Alfonso transmite choca de frente con las pequeñas guerras cotidianas que sus lectores sabemos que acontecen en el interior de su cabeza; su extremadamente discreta imagen pública parece no encajar con su generosidad a la hora de compartir públicamente sentimientos y vivencias que, socialmente, siguen considerándose tabú. En esa intersección entre lo público y lo privado, entre lo íntimo y lo expuesto, reside el equilibro de su obra. Porque, aunque sus libros son extremadamente personales, sus historias son tan universales que pueden conectar con muy distintas personas. Y es que, por distintos que seamos en lo más superficial, de alguna forma, todos somos bastante similares en lo más profundo de nuestro ser.

«Soy una persona tremendamente tímida, casi hasta lo patológico (no es casualidad que uno de los monstruos que me acompañan habitualmente sea la ansiedad social). Sin embargo, cuando me planteé hablar sobre ciertos temas, pensé que solo podía hacerse desde la verdad. Yo confío mucho en el público lector y creo que se nota cuando un trabajo está hecho desde la honestidad, igual que se percibe cuando intentas fingir una emoción. Si voy a hablar de emociones, tengo que intentar hacer un trabajo real, aunque eso suponga exponerme a unos niveles tan íntimos. Creo que el arte tiene la posibilidad de poner encima de la mesa algunos temas y generar una conversación sobre ellos para que así dejen de ser un tabú, y yo intento aportar mi granito de arena para que eso ocurra escribiendo desde mi propia experiencia, aunque a veces eso signifique quedarse en pelotas (emocionalmente hablando)».

Aunque ha pasado por varias etapas creativas, la obra de Casas es perfectamente identificable desde sus inicios y en ella se puede intuir cierto hilo conductor: «Mi madre me dijo una vez que aunque había hecho muchos libros diferentes (ya fueran álbumes infantiles, biografía ilustradas o cómics autobiográficos) todos tenían algo que los unía y de alguna forma se sabía que estaban hechos por la misma persona. He pensado mucho en esa frase, y supongo que en todo mi trabajo hay más de mí mismo de lo que seguramente pretendía a priori. Así que quien piense que me conoce por mis libros, seguramente tendrá algo de razón».
Su «universo monstruoso»
«Dibujar a mis monstruos es mi manera de hacerles frente. Ponerles cara y cuerpo al miedo, la ansiedad o al síndrome del impostor me ayuda a reconocer su voz y a no confundirla con la mía. Gracias a ellos he creado un lenguaje que me sirve para explicarme y explicar un montón de temas, y por eso le tengo tanto cariño a estos personajes». Así describe Casas a los personajillos que lo están acompañando en su actual etapa creativa. ‘MonstruosaMENTE’, ‘Las orejas al lobo’, ‘Todas las personas que fui’ y ‘Rosa’ son obras independientes que comparten varias cosas: tratan distintos temas relativos a las emociones y a la salud mental, son libros protagonizados por el alter ego del autor y el personaje protagonista está constantemente acompañado (muy a su pesar) de unos personajillos que «personifican» los miedos, las angustias y las dificultades de ese personaje protagonista.
Con respecto a su «fase monstruosa», el autor le cuenta a SIX una noticia exclusiva que hará las delicias de sus mayores fans: «Precisamente por el cariño que le tengo a mis monstruos quiero darles el final que merecen. Así que sí, habrá (al menos) una última aventura monstruosa».
Aunque todavía quede algo lejos en el horizonte, Alfonso se enfrenta a la idea de iniciarse en una nueva etapa creativa con miedos, pero también con la esperanza de saber que tiene a su espalda una verdadera legión de admiradores de su trabajo: «Cada cambio de temática o estilo siempre me ha dado un poco de vértigo. A menudo pienso: ¿seguirán ahí los lectores si cambio de estilo? ¿Les interesará una nueva propuesta o esperan siempre lo mismo de mí? Sin embargo, estas preguntas no me han detenido hasta ahora, porque a veces para seguir siendo uno mismo, hay que cambiar. He dado muchos saltos (tanto de temática como gráficos) a lo largo de mi carrera profesional y he tenido la suerte de que muchas personas me han acompañado en el trayecto. Ojalá seguir contando con su apoyo en la siguiente aventura una vez se acabe la etapa monstruosa».
‘Rosa’, un abrazo al duelo
En su último trabajo, ‘Rosa’, Alfonso Casas explora las fases del duelo. Su alter ego se tiene que enfrentar al devastador proceso de perder a su madre y en las páginas de este libro, a la vez, busca y ofrece consuelo. Y lo hace sin dar lecciones y sin abrazar lo melodramático. Siempre desde el amor y la esperanza. «’Rosa’ explica mi experiencia en un proceso que es muy personal pero a la vez tan universal como es el duelo. Pero eso no me convierte en ningún experto, solo en una persona que está lidiando con ello y haciéndole un hueco en su vida como puede. Creo que el duelo tiene dos partes, la primera llena de resistencia y dolor, y una segunda de aceptación y amor. Para mi esta historia es el camino que conecta ambas partes. Sería feliz si estas páginas acompañan a los lectores en ese trayecto».

Este libro tiene algo de terapéutico: es un cómic que ayuda a sanar. En esa comunión plástica entre autor y público lector se produce una comunicación bidireccional que, de alguna forma, ayuda a ambas partes: «Una de las cosas más increíbles que me ha pasado como autor es la posibilidad de conectar con el público. Es como si con mis libros construyera medio puente y el público, con su experiencia, construyera la otra mitad y nos encontrásemos en el medio. Sinceramente, es lo que da sentido a mi trabajo y en gran parte es el motor para seguir haciéndolo (porque si la idea es hacerte rico seguramente no escogería como profesión dibujante de cómics). Cada día recibo mensajes de personas que han leído ‘MonstruosaMENTE’ o ‘Todas las Personas que Fui’ y que me dicen que han encontrado en sus páginas las emociones que ellos no habían conseguido expresar con palabras. En el caso de ‘Rosa’, recibo mensajes de personas explicándome su experiencia con el duelo, y cómo las páginas del cómic les hacen sentir acompañadas y comprendidas. Eso es algo que el Alfonso que soñaba con ser dibujante de cómics jamás llegó a imaginar».
El «Alfonso que soñó con ser dibujante» cumplió su sueño y, con él, hizo que la vida de sus lectores fuese un poco mejor y, por lo tanto, que el mundo se convirtiese en un lugar más humano, más tierno, más habitable.




