Estados Unidos es uno de esos países que nunca deja de sorprenderme, casi siempre en el peor sentido posible. La serie ‘The Hunting Wives’ no hace más que ponerlo en evidencia de manera desconcertante.
Su visionado es una experiencia extraña. No porque conmueva, sino porque es tan excesiva y tan torpe por momentos que una no sabe si está ante una sátira deliberada o ante un despropósito sin control. Todo chirría y, sin embargo, todo convive.
La serie se articula alrededor de dos figuras femeninas que funcionan, al menos en apariencia, como polos morales. Por un lado está Sophie, la ‘buena’, interpretada por Brittany Snow, una mujer aparentemente progresista, recién llegada a ese entorno conservador, que observa con perplejidad el mundo que la rodea. Por otro lado, Margo, la ‘mala’, encarnada por Malin Åkerman, carismática, excesiva y magnética. Una figura que no disimula su relación con el poder ni su desprecio por cualquier límite moral.
En este segundo personaje hay un detalle especialmente revelador. Su estética, la peluca y el maquillaje remiten de forma inquietante a Donald Trump. Lo que no queda del todo claro es si estamos ante una parodia o ante algo que no pretende serlo.
Sophie, además de ocupar el lugar de ‘la buena’, transmite una sensación constante de vulnerabilidad. Parece moverse en un entorno que no termina de dominar, siempre un paso por detrás de lo que ocurre a su alrededor. Me recuerda demasiado a una amante estadounidense que tuve como para dejar pasar el paralelismo; tanto en el aspecto como en el tipo de vida y en esa normalidad progresista capaz de convivir con estructuras profundamente conservadoras.
Después de un romance fugaz en Buenos Aires, viajé a Estados Unidos para visitarla. Pasamos unos días en la casa que su familia tenía junto a un lago en Montana, un lugar de postal en plena naturaleza. Entre los planes habituales había uno para el que no estaba preparada: disparar. Apretar un gatillo apuntando a platos que volaban por los aires era un pasatiempo más. Las armas no aparecían como amenaza, sino como ocio. No había nada explícitamente violento en la escena y, sin embargo, todo me resultaba profundamente inquietante.
‘The Hunting Wives’ no es una serie sutil ni elegante. Hay sexo, alcohol, violencia, armas y una sensación constante de aburrimiento de clase alta que busca salidas cada vez más extremas. Su verdadero interés, sin embargo, no está tanto en lo que muestra como en la forma en que permite ser leída. Conforme avanzan los episodios, la pregunta es inevitable ¿Para quién está hecha esta serie?
La respuesta parece ser todos los públicos a la vez. Algo parecido a lo que ocurrió con la película española ‘Los domingos’, capaz de generar lecturas ideológicamente opuestas sin incomodarse demasiado entre sí. En ‘The Hunting Wives’ sucede lo mismo. Para un público conservador puede funcionar como una fantasía de poder y transgresión controlada; para uno progresista, como un retrato grotesco del privilegio y la hipocresía moral. Lo verdaderamente inquietante es que ambos pueden sentirse cómodos con lo que ven, convencidos de que la serie confirma su propio marco moral.
La serie no interpela ni corrige, tampoco ofrece pedagogía ni propone salidas. Simplemente observa. Y es justo ahí donde reside tanto su fuerza como su trampa. No hay redención ni aprendizaje, ni un punto en el que el relato nos tranquilice. Nos deja mirando un espejo que devuelve una imagen exagerada, sí, pero peligrosamente reconocible.
‘The Hunting Wives’ es un disparate. Pero es un disparate fascinante precisamente porque no intenta ordenar el caos que muestra. Y en ese sentido dice mucho más de Estados Unidos, y de Texas como su laboratorio ideológico, que cualquier discurso explícito. Incomoda no porque sea ficción, sino porque se parece demasiado a la realidad.




